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    Crítica | Instinto maternal

    ¿Amenaza o paranoia?

    Crítica ★★★☆☆ de «Instinto maternal», dirigida por Olivier Masset-Depasse.

    Bélgica, 2018. Título original: Duelles. Director: Olivier Masset-Depasse. Guion: Olivier Masset-Depasse, Giordano Gederlini. Productores: Jacques-Henri Bronckart, Olivier Bronckart, Bart Van Langendonck. Productoras: Savage Film / Versus Production. Fotografía: Hichame Alaouié. Música: Renaud Mayeur, Frédéric Verccheval. Montaje: Damien Keyeux. Reparto: Veerle Baetens, Anne Coesens, Mehdi Nebbou, Arieh Worthalter, Jules Lefebvres, Luan Adam.

    En ocasiones, no hay mayor enemigo para una película que se estrena sin demasiado bombo o información que le preceda, que un título poco atractivo. Instinto maternal podría ser cualquier telefilme dramático o de intriga (o una combinación de ambos géneros, como viene siendo habitual) de esos que pasan por televisión en la sobremesa y que muchas veces nos paramos a ojear hasta que nos vence el sueño, sin temor a perdernos un desenlace que no viésemos venir desde el minuto uno. Pues ese es el poco sugerente título con el que llega a las pantallas españolas Duelles (2018), tercer trabajo de Olivier Masset-Depasse, un realizador que, hasta el momento, se había caracterizado por plasmar temas espinosos y pegados a la realidad social, como fueron los casos de Illégal (2010) –ganadora del Premio SACD en Cannes–, que mostró el angustioso drama de una inmigrante rusa que luchaba por no ser expulsada de Bélgica, o el telefilme para Canal+ Santuario (2015), controvertida visión francesa del terrorismo de ETA. Un currículum, el de este director, aún breve pero lo suficientemente interesante como para que esta nueva película suya merezca una oportunidad, sobre todo, teniendo en cuenta que atesora cualidades más que de sobra para contentar a los amantes del buen cine de suspense. Masset-Depasse ha aparcado para la ocasión ese tipo de historias que despierten acalorados debates políticos o sociales y se ha dejado seducir por el puro placer cinéfilo, jugando a emular a los grandes del género, aquellos de los que no esconde su admiración y reconoce haber tomado como ejemplos para afrontrar su particular adaptación a la gran pantalla de la novela negra de Bárbara Abel Derriere la Haine, que traslada su historia a la Bruselas de la década de los 60, sin duda, una época mucho más chic para propiciar que, por ejemplo, los responsables de los departamentos de dirección artística o vestuario puedan lucirse emulando a un tipo de cine más clásico en un relato que otorga absoluta prioridad a los personajes femeninos, ya que los masculinos adoptan una actitud más bien pasiva ante los hechos que se narran, permaneciendo siempre en un segundo plano a pesar de que estos les salpican tanto como a ellas. Esto posibilita que nos encontremos ante un filme de actrices, en el que ellas brillan por encima de unos compañeros de reparto simplemente correctos.

    La historia en sí es francamente sugestiva. Presenta a dos mujeres, Alice y Céline, de personalidades completamente opuestas que, a través de los años, han cimentado una amistad tan estrecha que casi se podría equiparar a ese vínculo de plena confianza que existe entre hermanas de sangre. Junto a sus maridos, que también guardan una excelente relación, y sus respectivos hijos, Théo y Maxime, ambos de 8 años y compañeros de juegos inseparables, conforman una especie de familia, más unida, si cabe, por el hecho de vivir en dos casas adosadas. Todos llevan una cómoda y placentera vida burguesa que transcurre sin sobresaltos entre fiestas de cumpleaños sorpresa que cada amiga organiza para la otra, cenas conjuntas o actividades escolares con los niños, hasta que un desafortunado suceso rompe tanta armonía y, de paso, pone a prueba, de una forma cruel, la amistad entre Alice y Céline. La muerte de Maxime en un accidente casero es el detonante de un cúmulo de reproches, ya que la madre del niño culpa a Alice de no haber sabido actuar de manera correcta para evitar el fatídico desenlace. Este es el punto de partida de Duelles –mejor quedarse con el título original, mucho más certero a la hora de resumir esa dualidad tan presente en la historia, con cada una de las dos mujeres viendo reflejada en la otra lo peor de sí misma–, un filme que comienza como un drama costumbrista que, por la estética y el tratamiento cromático que Hichame Alaouié, parece evocar a los grandes melodramas de Douglas Sirk, aquellos protagonizados por féminas con vidas aburguesadas –la Jane Wyman de Obsesión (1954) y Solo el cielo lo sabe (1955) funciona como mejor ejemplo– a las que los imprevisibles caprichos del destino sacan de su zona de confort, pero desde que acontece la desgracia (algo que no tarda en suceder, ya que la cinta no se distrae demasiado en demorar la intriga, haciendo gala de un ritmo ágil), sus guionistas comienzan a alejarse de la contención y la sobriedad inicial (esas mujeres que se esfuerzan por mantener las apariencias y las buenas maneras en todo momento) de la propuesta para deslizarse hacia los derroteros más lúdicos del thriller psicológico propio del maestro Hitchcock. En este sentido, funcionan con gran precisión ciertas escenas que consiguen crear una gran tensión sin abusar de artificios, concretamente aquella que tiene como protagonista al pequeño Théo acercándose al atáud donde yace su amigo para despedirle y que culmina con una reacción inesperada en el infante. Si bien Hitchcock era reacio a trabajar con niños, esta historia sabe aprovechar con inteligencia la crueldad que, muchas veces, va implícita en la inocencia infantil.


    «Duelles no es una gran obra de suspense ni pretende serlo pero sí se descubre como un pequeño placer culpable, revestido de una apariencia clásica y elegante, pero con mucha mala baba en su interior». 


    Duelles no es sin embargo, un producto que intente abrazar la trascendencia de los modelos de los que bebe sin ningún pudor. Únicamente, sus responsables se divierten homenajeando a aquel tipo de cine desde los encuadres rebuscados, el look de una de sus protagonistas, la estupenda Veerle Baetens –la inolvidable Elise de Alabama Monroe (Felix Van Groeningen, 2012)–, con ese cabello rubio platino que replica a la musa hitchcockiana tipo Tippi Hedren, los constantes guiños a algunos de los grandes éxitos del maestro del suspense, desde La sombra de una duda (1943) a Encadenados (1946) –esa taza de té que podría esconder (o no) veneno– y una juguetona partitura musical de Renaud Mayeur y Frédéric Verccheval que bien podría haber firmado el mismo Bernard Herrmann. Esta falta de complejos hace que la película resulte más que simpática como entretenidísimo ejercicio de estilo. Hay que agradecer, además, que Masset-Depasse haya optado por no tomarse demasiado en serio una historia que se mueve constantemente entre realidad e imaginación, ya que el espectador no se atrevería a asegurar hasta qué punto la amenaza que la despechada Céline (perfecta Anne Coesens) es verdadera o si nace del propio sentimiento de culpa de la cada vez más paranoica Alice. Para cuando la película destape todas las cartas, esta ya se ha desmelenado por completo, cayendo en unos excesos más propios del Brian De Palma menos controlado que de Hitchcock y entrando en una espiral de lugares comunes y situaciones tan forzadas (algunas de sus imágenes más violentas, que son escasas, llegan a coquetear, incluso, con el giallo italiano) que casi bordean la parodia y que solo la entrega de sus fascinantes actrices (y del niño Jules Lefebvres, dotado de una sorprendente madurez en la mirada pese a su corta edad) consigue encauzar hacia un tramo final que se sale de lo habitual en este tipo de productos comerciales, arriesgando a la hora de llevar hasta las últimas consecuencias las acciones de sus personajes. Duelles no es una gran obra de suspense ni pretende serlo pero sí se descubre como un pequeño placer culpable, revestido de una apariencia clásica y elegante, pero con mucha mala baba en su interior | ★★★☆☆


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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