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    Crítica: Girl

    Not woman enough

    Crítica ✷✷✷✷ de Girl, de Lukas Dhont.

    Bélgica. 2018. Título original: Girl. Director: Lukas Dhont. Guion: Lukas Dhont, Angelo Tijssens. Duración: 100 minutos. Edición: Alain Dessauvage. Fotografía: Frank van den Eeden. Música: Valentin Hadjadj. Productora: Menuet bvba / Frakas Productions / Topkapi Films. Diseño de vestuario: Catherine Van Bree. Diseño de producción: Philippe Bertin. Intérpretes: Victor Polster, Arieh Worthalter, Valentijn Dhaenens, Oliver Bodart, Tijmen Govaerts. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    Como dijo Barbara Kruger en su obra maestra Untitled (1989): «Your body is a battleground». Una imagen, acompañada de ese rótulo tan característico de la artista en letras blancas y subrayado en un intenso rojo, que sugiere el conflicto de género. Pese a que la pieza apunta hacia cualquier persona que se haya visto subyugada o condicionada de forma política o social a consecuencia de su sexo, cobra un significado todavía más poderoso al hablar de la transexualidad o las personas transgénero. En efecto, el cuerpo de alguien en conflicto consigo mismo es, por necesidad, un campo de batalla donde se libra una extenuante guerra por la libertad; una contienda que afecta principalmente a dos niveles: el interno –propio del individuo y su necesidad de autoaceptación– y el externo –relativo a lograr la aprobación de la sociedad–. La dialéctica que supone la presentación del cuerpo físico y la democratización de la propia identidad que surge en ambos niveles retóricos será el punto de partida de Girl, la ópera prima de Lukas Dhont quien, lejos de caer en la simple perversión del problema, o la presentación de un conflicto sensacionalista, erige una cinta de gran sensibilidad cuya principal virtud reside en la naturalidad y la comprensión con la que se construye la historia. Una historia que, como decíamos, fundamentará su base argumentativa en torno al cuerpo de su protagonista, que servirá como registro tácito de todos los cambios producidos en esos dos niveles, externo e interno, conforme Lara vaya abriéndose camino a través de uno de los períodos hormonales más complicados de la vida: la adolescencia. Encontramos un patrón común, una respuesta coincidente e interiorizada que servirá a la protagonista para escapar, o abstraerse, de la incertidumbre y la frustración que acompañan cada mirada de desconfianza, cada insulto de sus amigos, cada gesto de incomprensión de un desconocido, o cada mentira piadosa oculta en una intolerable condescendencia protectora por parte de su familia: el sufrimiento. Porque una cosa hay que tener clara cuando se es una chica de 15 años con pene, la incomprensión y el desconsuelo van a formar parte de cada día de su vida.

    El realizador aprovecha la ocasión para poner frente a nosotros ciertas conjeturas y presunciones que solemos hacer, por muy comprensivos que pensemos que somos, a la hora de etiquetar todo aquello que pueda escapar de la cishomonormatividad. —¿Quién te ha dicho que me gustan los hombres?, responde Lara a su padre cuando éste, tratando de normalizar el diálogo con su hija, asume que se siente atraída por el sexo masculino, sin tan siquiera intentar indagar, más por incomodidad que por despreocupación, si además de no sentirse identificada con su propio cuerpo, también le gustan las personas del sexo opuesto. Cada conversación nos acercará un poco más a Lara en este minucioso proceso de descubrimiento por el que somos guiados de la mano de Victor Polster, el actor que da vida a la protagonista con una interpretación tan acertada y meticulosa que en la presentación de la película en Cannes, el público no podía comprender que Polster no fuera, en efecto, transexual. En cualquier caso, la cinta no sólo destaca por la encomiable actuación de su personaje principal, sino por el uso de elementos narrativos que podrían parecer estereotipados pero, de forma metafórica, logran aportar una profundidad diegética asombrosa al relato. Uno de ellos será la danza. Lara es una bailarina de gran talento que disfruta de esta disciplina, tanto por su valor artístico, como por la feminidad que los roles elegidos para el baile y el propio atuendo le ofrecen. El ballet supone una meta en sí mismo en ese arduo recorrido de configuración del propio cuerpo, sin embargo, cuando los procesos hormonales internos, propios de la adolescencia, comiencen a actuar en su contra, como un temporizador biológico que marca una cuenta regresiva hacia lo que supone el desarrollo físico del adolescente masculino, Lara tendrá que enfrentarse con formidable fuerza de voluntad a los estragos de esa transformación indeseada que, hasta ahora, había logrado disimular. Una etapa de rápidos cambios, marcada por la evidente hipertrofia muscular y el rápido crecimiento de las extremidades, lo que origina una notable pérdida de flexibilidad y agilidad, algo que la pondrá en una evidente desventaja con respecto al resto de sus compañeras de baile.


    «Fue Baudrillard quien acertó a decir que «todas las contradicciones de la sociedad se reflejan y se resumen a nivel del cuerpo», entendiendo por contradicciones precisamente lo que nos muestra Dhont en esta película: el papel que cada individuo ha de representar en sociedad con independencia del precio que haya de pagar por ello».


    Así es como el director presenta la pubertad mediante una metáfora paralela al cambio de sexo. La ansiedad por completar la transición a su nueva vida como mujer, el estrés por dejar atrás una identidad con la que jamás simpatizó, el miedo al fracaso, la urgencia de que ese cambio se haga, por fin, efectivo… todo se acentúa a consecuencia de la irrebatible presencia de la adolescencia como lacerante recordatorio de su equivocada masculinidad. Así pues, para luchar contra este hándicap, Lara aprenderá a vivir con el sufrimiento; tanto el interno, al ser víctima de una constante humillación –muchas veces no intencionada– por parte de amigos y conocidos quienes, incapaces de vencer la curiosidad, denigrarán a la protagonista mediante miradas imprudentes y cuchicheos descarados; como el externo, pues la joven no dudará en someter su cuerpo a un dolor extremo como castigo autoinducido y motivado por la frustración de ver su imagen reflejada en un espejo. En lo que puede parecer una corrección disciplinaria del gesto y la posición de baile, Lara destroza sus pies, amoratados y llenos de heridas a consecuencia de la búsqueda de posturas imposibles para una mujer de su altura y musculatura, sin embargo, lo verdaderamente importante aquí es entender que ese castigo hacia su propio físico viene del desprecio que siente hacia un cuerpo indeseado. Fue Baudrillard quien acertó a decir que «todas las contradicciones de la sociedad se reflejan y se resumen a nivel del cuerpo», entendiendo por contradicciones precisamente lo que nos muestra Dhont en esta película: el papel que cada individuo ha de representar en sociedad con independencia del precio que haya de pagar por ello. El discurso posmoderno acerca de los roles de género está forjado a base de predicamentos ambiguos que promueven un ideal de belleza desligado de lo saludable o placentero, provocando así una distorsión de nuestra apariencia y una disconformidad personal constante que origina todo tipo de obsesiones que, como demostrará Girl al final de su metraje, pueden llegar a decisiones drásticas y muy peligrosas. El cuerpo es maltratado a consecuencia de las exageradas exigencias físicas de la danza. Las heridas en los pies de Lara componen una alegoría de tipo contradictorio entre la belleza del arte y la desagradable visión del dolor que, al mismo tiempo, sugiere un símil idóneo con el lento y doloroso proceso de cambio de sexo. La visión de esos pies ensangrentados, así como el intento de ocultar sus genitales mediante el doloroso acoplamiento de los mismos a la parte posterior del muslo con cinta aislante, sirve como metáfora del transexual que contempla su propio cuerpo como algo desagradable, que le resulta extraño y hasta repulsivo.


    «Girl trata así sobre la superación, la resiliencia y la lucha personal desde una perspectiva que llama a la comprensión y el respeto desde su misma edición y montaje, gracias a esos movimientos pausados y armónicos con los que la cámara parece abrazar a la protagonista al tiempo que la acompaña en sus coreografías».


    Por fortuna, la protagonista siempre encontrará un rayo de esperanza al que aferrarse a pesar de tanto dolor interno y externo. Una promesa en forma de fecha de operación con la que todos sus problemas desaparecerán para siempre, o, al menos, cambiarán por otros de índole diferente. Una esperanza que funciona como arma de doble filo pues, de incumplirse la fecha señalada o prolongarse con excusas médicas de irrefutable argumentación, podría llevar a que esa frustración y desesperación iniciales se multiplicasen a causa del desánimo, motivando ese acto desesperado e irreflexivo de desastrosas consecuencias. Girl trata así sobre la superación, la resiliencia y la lucha personal desde una perspectiva que llama a la comprensión y el respeto desde su misma edición y montaje, gracias a esos movimientos pausados y armónicos con los que la cámara parece abrazar a la protagonista al tiempo que la acompaña en sus coreografías. Por muy sabia que sea la naturaleza, en ocasiones, no podría estar más equivocada. | ✷✷✷✷ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 66ª edición del Festival de Cannes


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