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    Cine online: Final Portrait: El arte de la amistad

    La eterna insatisfacción del genio

    Crítica ✷✷✷ de Final Portrait: El arte de la amistad (Final Portrait, Stanley Tucci, Reino Unido, 2017).

    Reino Unido. 2017. Título original: Final Portrait. Director: Stanley Tucci. Guion: Stanley Tucci. Productores: Nik Bower, Gail Egan, Ilann Girard. Productoras: Olive Productions / Potboiler Productions / Riverstone Pictures. Fotografía: Danny Cohen. Música: Evan Lurie. Montaje: Camilla Toniolo. Dirección artística: David Hindle. Reparto: Geoffrey Rush, Armie Hammer, Tony Shalhoub, Sylvie Testud, Clémence Poésy, James Faulkner.

    El cine se ha encargado de mostrarnos, a través de un sinfín de títulos de toda índole, cómo es el complicado mundo interior de los artistas. Grandes genios se han asomado en la gran pantalla, representados por excelentes actores que se mimetizaron a la perfección con ellos, dejándonos ver cómo eran las personas que se escondían tras sus obras, casi siempre seres excéntricos y con existencias atormentadas por circunstancias de lo más diversas. Kirk Douglas entregó una de sus más celebradas interpretaciones dando vida al pintor Vincent Van Gogh, condenado a la locura por su continua sensación de fracaso, en El loco del pelo rojo (Vincente Minnelli, 1956), mientras que otros intérpretes como Charlton Heston, Ed Harris, Salma Hayek, Francisco Rabal, Anthony Hopkins, Andy García o John Malkovich también fueron aplaudidos por sus caracterizaciones de artistas como Miguel Ángel, Jackson Pollock, Frida Kahlo, Francisco Goya, Pablo Picasso, Amedeo Modigliani o Gustave Klimt, respectivamente, en sendos biopics más o menos académicos. Mucho más arriesgadas y artísticas fueron la monumental Andrei Rublev (1966), en la que Andrei Tarkovsky nos regaló la biografía del monje pintor de la Rusia del siglo XV, o Caravaggio (Derek Jarman, 1986), la esteticista visión de la vida de Michelangelo Merisi. Sin duda, las biografías de pintores ilustres han acabado constituyendo, por sí mismas, un interesante subgénero que ha hecho las delicias de los aficionados al arte. El último en apuntarse a esta corriente ha sido Stanley Tucci, conocido actor secundario norteamericano, ocasionalmente involucrado en las tareas de dirección. Con su ópera prima, Big Night: Una gran noche (1996), había logrado varios premios importantes para su guion, destacando los de Sundance y los Independent Spirit, y, si bien sus incursiones como realizador han sido escasas, lo cierto es que no se le pueden negar a su cine ciertas inquietudes para alejarse de lo comercial. Final Portrait: El arte de la amistad (2017) es su quinta película como director y en ella ha querido realizar una aproximación a la figura del pintor y escultor suizo Alberto Giacometti.

    La cinta nos traslada al bohemio París de 1964, con el escritor y crítico de arte James Lord acudiendo a la capital francesa después de haber sido invitado por Giacometti, después de una entrevista, para que le sirviera de modelo para un retrato. Aquel iba a ser un trabajo sencillo, que no llevaría más de unos pocos días para ser completado, pero acabó complicándose de tal manera que se extendió hasta varias semanas. ¿Los motivos? La difícil personalidad del artista le llevaba a no estar nunca satisfecho con su obra, encontrando deficiencias en los trazos que le llevaban a destrozar cada lienzo para volver a comenzar de nuevo desde cero. Durante estas jornadas de trabajo en común, el pintor y Lord estrecharon su relación de amistad, al mismo tiempo que el segundo fue testigo de la azarosa vida de un indisciplinado Giacometti que encontraba serios problemas para alcanzar la inspiración y la concentración necesarias para poder llevar a cabo el dichoso retrato que, por una de esas ironías de la vida, terminaría siendo reconocido como una de sus creaciones más célebres. Conoció cómo era de explosiva la relación con su esposa, Annette, con la que pasaba del amor al odio según el estado emocional que el pintor tuviese cada día, así como los escarceos con su amante Caroline, una joven prostituta que también le servía de musa para algunos de sus trabajos y que despertaba en él su faceta más alegre y apasionada, aquella donde aparcaba momentáneamente su carácter huraño, maniático y, por qué no decirlo, déspota y desagradable. Que el filme esté basado en un libro del propio Lord, contando, en primera persona, cómo fue la experiencia de posar para Giacometti para aquel retrato, beneficia a este personaje en la película, donde se erige como el verdadero protagonista de la función, ya que es a través de sus ojos, desde donde el espectador irá descubriendo las diferentes caras del artista que le inmortalizó en el lienzo. También ayuda a que Final Portrait no sea un biopic al uso el hecho de que su historia se centre, únicamente, en el corto espacio de tiempo que duró la colaboración de sus protagonistas, en lugar de hacer un recorrido pormenorizado de la obra y milagros de la vida de Giacometti.

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    ▲ FINAL PORTRAIT, de Stanley Tucci | Vértigo Films ©.

    «Una cinta un tanto errática, condicionada en exceso por las características intimistas del proyecto, aunque, no por ello, menos atractiva, sobre todo por su esmerada puesta en escena, la maravillosa banda sonora de Evan Lurie, capaz de acentuar cada uno de los distintos estados de ánimo del artista y el concienzudo modo en que se muestra cómo puede llegar a ser de sacrificado ese proceso creativo que lleva a los grandes genios a culminar sus mejores obras».


    Stanley Tucci, también artífice del guion, se ha decantado por huir de los tópicos más recurrentes del género para ofrecer una obra bastante personal, de estructura eminentemente teatral. Una pieza de cámara que, a pesar de estar ambientada en el precioso París de la década de los sesenta, prefiere perderse entre las cuatro paredes del destartalado y gris estudio de Giacometti, poblado por sus particulares esculturas (muchas a medio hacer), que transmite una imagen decadente de una persona que, no obstante, poseía una fortuna escondida en el lugar. La película se recrea en las distintas sesiones de trabajo, contraponiendo la caótica manera de actuar del pintor (y su lenguaje sucio y socarrón) con la inquebrantable paciencia de Lord, que soportaba con estoicismo las largas horas de inmovilidad, aun cuando veía, con estupor, que todos aquellos esfuerzos acababan siendo tirados a la basura. No cabe duda de que Geoffrey Rush, ganador de un Oscar por encarnar a otro genio, el músico David Helfgott, en Shine (Scott Hicks, 1996), y con notable experiencia en este tipo de personajes pasados de rosca, como demuestra su Marqués de Sade de Quills (Philip Kaufman, 2000), es el actor perfecto para dar vida a Giacometti. Su actuación es carismática, envolvente e incluso divertida, logrando algo que parecía imposible: que alguien que engañaba a su esposa con prostitutas y reconocía fantasear con violar y asesinar a dos mujeres para poder conciliar el sueño, termine ganándose (dentro de lo que cabe) la simpatía del público. Frente a él, un Armie Hammer que, con su imponente porte de galán, se revela mucho más comedido, casi impasible. El choque entre ambos actores y la química que ambos desprenden, es lo que mejor funciona en una película que, pese a su escueta duración (no llega a la hora y media de metraje), a veces resulta algo aburrida y repetitiva. A ello contribuye que el resto de personajes que conforman el círculo del artista están dibujados con mucho menos acierto, aunque hay que mencionar los buenos trabajos de Sylvie Testud y un irreconocible Tony Shalhoub como la mujer y el hermano del pintor. Final Portrait es, por lo tanto, una cinta un tanto errática, condicionada en exceso por las características intimistas del proyecto, aunque, no por ello, menos atractiva, sobre todo por su esmerada puesta en escena, la maravillosa banda sonora de Evan Lurie, capaz de acentuar cada uno de los distintos estados de ánimo del artista y el concienzudo modo en que se muestra cómo puede llegar a ser de sacrificado ese proceso creativo que lleva a los grandes genios a culminar sus mejores obras. | ✷✷✷✷✷ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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