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    Crítica | Todo el dinero del mundo

    Al final todos pagan lo que deben

    Crítica ★★★ de Todo el dinero del mundo (All the Money in the World, Ridley Scott, 2017).

    Uno de los primeros afectados por el movimiento contra la violencia de género que desde hace unos meses está removiendo la industria del cine norteamericana, destapando encubrimientos pasados de acosos sexuales y tratos degradantes cuyas víctimas no se atrevieron a denunciar en su día, ha sido Kevin Spacey. La revelación de otro intérprete más joven que sufrió un intento de abuso por el famoso actor décadas atrás ha sido el inicio de sucesivas confesiones y acusaciones que han puesto un cierre anticipado a la carrera de este último. Esto se ha manifestado en su salida de la siguiente temporada de la serie House of Cards y en la decisión inédita de sustituirle en la última película que debía estrenar, cuando todo estaba casi a punto, faltando pocos retoques en su postproducción. El valiente mérito de la decisión se ha atribuido a Ridley Scott, con el beneplácito del estudio Sony, del resto del equipo y especialmente de sus dos estrellas Michelle Williams y Mark Wahlberg. Pero la responsabilidad recaería de forma especial en la montadora Claire Simpson, de experiencia en el gremio y que curiosamente tuvo que encargarse este año de sacar adelante como fuera posible otra cinta de producción accidentada, El muñeco de nieve (The Snowman, Tomas Alfredson), aunque en ese caso compartiera responsabilidad con nada menos que Thelma Schoonmaker. Simpson, ganadora del Oscar por Platoon (Oliver Stone, 1986), parece en cualquier caso un valor seguro al que recurren directores de toda índole con montajes peliagudos a la vista, como efectivamente ocurre en esta Todo el dinero del mundo.

    Detenerse en estas consideraciones editoriales es relevante porque la película destaca por ello desde el comienzo, alternando con estilo un tanto irregular los tiempos en la narración que nos va introduciendo John Paul Getty III (Charlie Plummer), nieto del magnate petrolero Jean Paul Getty. Su fortuna billonaria suscitaría la codicia de sus familiares y subordinados, pero también de gente fuera de la ley, tales como los secuestradores italianos del mentado joven, afincado a la sazón en Roma con su madre (Williams) y hermanas. Scott y su guionista David Scarpa se centran pues en este acontecimiento y sus secuelas, no sin antes ofrecernos un resumen de las experiencias y el carácter que convertirían al patriarca en lo que sería en 1973: un viejo arrogante y egoísta, presunto ilustrado, misántropo y a la vez con aires de filántropo... Algo así como un monstruo al que todos admiran y quieren imitar pero nadie se atreve a tratar con cercanía y repudian en la intimidad, rasgos que al Spacey que conocemos ahora le habrían servido para darnos una interpretación más que interesante. En su lugar es Christopher Plummer el que los recoge, más ajustado a la edad real del personaje y por tanto sin necesitar dosis de maquillaje ni especiales acondicionamientos o ensayos, ya que tuvo que aceptar y encarnar el papel en pocas semanas. Y el resultado ha sido exitoso, hasta el punto de granjearle al veterano actor una nominación al Oscar, aunque en la misma con toda probabilidad también hayan intervenido las razones externas a las que antes nos referíamos.

    «El saber hacer del director inglés logra unificarlo todo y darle un propósito esencial, que se adquiere por acumulación y se percibe a un nivel superior: la corrupción que lleva consigo el dinero, a mayor o menor escala, y la alienación que provoca».


    La sombra de Getty, con todas sus connotaciones, es pues alargada, ya que gran parte del metraje gira en torno suyo aunque solo en pocas escenas entre en campo, por lo general en su mansión de la campiña inglesa. Mientras tanto son su enviado a la capital italiana Fletcher Chase (Wahlberg) y la madre del desaparecido los que acaparan la atención de la trama principal y los medios de comunicación, mientras intentan negociar con los delincuentes una salida amistosa del embrollo, toda vez que Getty se ha negado a pagar el rescate. Un tercer foco se desplaza al lugar del crimen, una casa abandonada donde están reteniendo a Getty III, en condiciones por naturaleza precarias aunque no inhumanas, en particular gracias a la atención que enseguida le profesa uno de los secuestradores, decisivo en su desenlace. De hecho a esta víctima no parece perturbarle en exceso su mala suerte, o al menos no proyecta tal sensación, probablemente acostumbrado a seguir con pasividad el destino que para él tenía preparado su familia, y a no temer nada que pudiera obstaculizar su camino. Pero esto conlleva que, salvo en un último acto donde lógicamente las apuestas suben, hasta entonces no nos preocupe demasiado esta situación, quizá también por el modo un tanto impersonal y seco que emplea Scott para contárnosla.

    La historia en su conjunto está pues diseñada de tal forma que se suceden los hitos respetuosos con las respectivas biografías, incluyendo divertidos detalles como la cabina telefónica que Getty haría instalar en la citada mansión, pero más allá de este personaje no se profundiza demasiado en los demás, teniendo en cuenta que la premisa debería haberles dotado de bastante más desarrollo. Es el caso de Gail Harris, madre de Getty III y nuera de Getty, que más allá del trauma un tanto amortiguado que sufre, avanza a duras penas en su relación con Getty o con Chase, lo cual de hecho se confirma en algunas escenas en que ella parece actuar o reaccionar a destiempo, entorpeciendo sus interacciones. No es seguro si es culpa de Williams, de Scott, de Scarpa o de Simpson, o de los cuatro, pero algo falla en la fluidez dramática, en este y otros supuestos, algo que también se comprueba en cierta anarquía fotográfica o en motivaciones un tanto cuestionables en el libreto. En cualquier caso el saber hacer del director inglés logra unificarlo todo y darle un propósito esencial, que se adquiere por acumulación y se percibe a un nivel superior: la corrupción que lleva consigo el dinero, a mayor o menor escala, y la alienación que provoca. No es un mensaje novedoso, pero se trata aquí de manera convincente y con más ironía que solemnidad, lo cual se agradece. Sin esta interpretación superior, y el valor igualmente foráneo que proporcionan a Todo el dinero del mundo sus circunstancias de postproducción, queda un thriller más o menos anodino, con algún fallo menor pero en su conjunto bien ambientado, eficaz y solvente. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2017. Dirección: Ridley Scott. Guion: David Scarpa (basado en el libro de John Pearson). Productoras: Imperative Entertainment / Panorama Films / RedRum Films / Scott Free Productions / TriStar Productions. Fotografía: Dariusz Wolski. Montaje: Claire Simpson. Música: Daniel Pemberton. Diseño de producción: Arthur Max. Dirección artística: Samy Keilani, Andrew Munro, Massimo Pauletto y Gianpaolo Rifino. Decorados: Letizia Santucci. Vestuario: Janty Yates. Reparto: Michelle Williams, Mark Wahlberg, Christopher Plummer, Romain Duris, Charlie Plummer, Timothy Hutton. Duración: 132 minutos.


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