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    Crítica | Lucky

    Ungatz

    Crítica ★★★★ de Lucky (John Carroll Lynch, 2017).

    «La vejez en los pueblos. El corazón sin dueño. El amor sin objeto. La hierba, el polvo, el cuervo. ¿Y la juventud? En el ataúd».

    Así de elocuente se mostró Miguel Hernández para tratar de transmitir el doloroso transcurrir del tiempo. El cine sobre los estragos de la vejez suele tener un propósito muy concreto, un mensaje, bien sea reconciliador, como el mostrado por David Lynch en Una historia verdadera (the Straight story, 1999), con el odiseico viaje del testarudo Alvin Straight, tratando de recorrer 500 kilómetros en tractor para hacer las paces con su hermano antes de que cualquiera de los dos pase a mejor vida; o redentor, tal y como expuso Alexander Payne en Nebraska, con aquel inolvidable Woody Grant aferrado a la promesa de un inexistente premio con la desesperada esperanza de poder dejar algo en herencia a su hijo y compensar así, con dinero, años de carencia afectiva. En cualquier caso, muy pocos son los realizadores que se han atrevido a retratar la vejez como un período de constante temor, de incomprensión, de desconexión con el mundo y, eso precisamente, es lo que hace John Carroll Lynch, siguiendo las enseñanzas del propio Miguel Hernández, en su debut en la dirección: Lucky, que toma su nombre del apodo con el que todo el mundo conoce a este singular nonagenario. Un hombre construido con una personalidad tan fuerte y particular que evitará dolorosas comparaciones, así el filme se aleja del dramatismo descarnado de los últimos momentos de la vida de una persona, para componer una carta pseudofilosófica de despedida. Una misiva ajena a toda condescendencia o a la tan de moda asertividad, pues Lucky ya no tiene porqué molestarse en decir lo que no piensa o hacer lo que no le apetece ya que, cualquier día, puede ser el último. Este sentimiento de terminación se presentará con fuerza en la conciencia del protagonista cuando un día sufra una pérdida de su control motriz y caiga al suelo de forma aparatosa. Tras la caída, el anciano acudirá resignado y a la espera de un pronóstico desalentador a la consulta del médico, donde se enterará de que, realmente, no tiene nada de qué preocuparse, su forma física es inmejorable e, incluso, el doctor le recomienda seguir fumando porque sus pulmones están en perfecto estado, un extraño caso que es atribuido a la suerte (haciendo honor a su apelativo) y a una especie de inmunidad a la nicotina desarrollada por fumar demasiado, lo que le lleva a pensar que dejar el tabaco lo mataría. Tras este diagnóstico que bien parece sacado de un capítulo de Los Simpsons, el hombre, lejos de sentirse aliviado, se verá invadido por un incontrolable temor a la muerte.

    Lucky, sin familia con la que consolarse o de la que preocuparse, seguirá con sus mismos hábitos y sus costumbres diarias, dedicando cada día a disfrutar de la solitaria rutina —que no soledad—, rodeado de amables conocidos que le sirven el desayuno, le venden sus paquetes de cigarros, lo ayudan con las palabras difíciles de los crucigramas y lo reciben con un Bloody Mary cada vez que abre las puertas de Eve’s, ese bar de parroquianos al que acude invariablemente cada noche a hacer balance del día, del año o de su vida entera, dependiendo del estado de ánimo en el que se encuentre. Existe en sus instintivos paseos por el pueblo un momento particular y liberador, que el director se esfuerza por subrayar de forma enfática, esperando que el espectador saque unas conclusiones específicas de la personalidad del personaje. En éste apreciamos cómo el anciano, muy calmado e imperturbable por lo general, lanza sonoros improperios a un destinatario anónimo al pasar por un lugar muy característico del que sólo acertamos a ver el arco amarillo que enmarca su entrada. Ya en la recta final del metraje, cuando vemos que el protagonista se prepara para encarar ese pintoresco lugar en el que dar rienda suelta a un ejercicio de desahogo blasfemo, Lucky se detiene y permanece en silencio por un momento, contemplando lo que hasta ese momento no había hecho más que despreciar. La cámara entonces nos desvela el sujeto insultado que, casualmente, también se presenta con el nombre de Eve’s, otra referencia bíblica más a ese paraíso original y, al mismo tiempo, a la personificación de la injusta culpa y del pecado: Eva. Surge frente a nosotros un jardín custodiado por un pequeño querubín. Todo parece indicar que las injurias de días anteriores eran una forma de negación al más allá, a la muerte y, ahora, tras los acontecimientos, las conversaciones y las reflexiones existenciales generadas tras la caída, comienza un periodo de aceptación en el que ese entorno ya no le resulta tan desagradable o temible, sino que es contemplado con la serenidad y la belleza propias del descanso eterno.

    «Un mensaje de tranquilidad con el que Lucky/Stanton se despide con una sonrisa para seguir caminando hasta el fin de sus rutinas, gracias a una interpretación de genio con el que consigue una composición muy cuidada del retrato humano sin que resulte artificial».


    Toda esta secuencia vendrá precedida de un monólogo en el que Lucky revela a sus amigos la única verdad universal que realmente importa. Un concepto que discurre entre un pesimismo abrumador y la mayor de las certezas, pero que nadie está preparado para que se lo recuerden mientras busca otro tipo de verdades en el fondo de una botella. Así que, pregunta algo desconcertada la dueña del bar, ¿Qué se supone que tenemos que hacer ahora, conocedores de esa verdad? En ese instante y tras una breve pausa retórica, en la que Lucky sopesa si la pregunta es una simple reflexión en voz alta de la mujer o realmente busca de un apoyo moral para afrontar sus palabras, la película nos proporcionará uno de los momentos más sinceros y melancólicos del cine moderno cuando el protagonista, alcanzando la máxima lucidez y la comunión absoluta con su yo interior diga: sonreír, mientras acompaña la palabra con la mueca de felicidad más triste que jamás se haya visto. Sólo entonces, enciende su cigarro como culminación del pecado y de lo prohibido, y abandona el paraíso por su propio pie, con la certeza de que su misión, ese hipotético sentido de la vida sobre el que la película discurre entre las palabras verticales y horizontales de los autodefinidos de los periódicos, ha sido satisfactoriamente concluida.

    La película sirvió de trágica y enternecedora despedida del mítico actor Harry Dean Stanton, quien, como si se hubiera estado interpretando a sí mismo a lo largo de todo este filme, fallecería poco antes del estreno oficial. Como añadidura metafórica al homenaje existencialista que compone la cinta, hemos de mencionar la estelar aparición de David Lynch, en el papel de Howard, el mejor amigo de Lucky, quien ha perdido a su tortuga y, por lo tanto, a su futuro heredero. Esta situación hace que el protagonista pierda la paciencia y se enfrente con el abogado que lleva el testamento de Howard, tratando de que su amigo vea lo irracional que resulta dejar todo lo que ha conseguido en vida a una tortuga que, además, se ha dado a la fuga. “Pero las tortugas pueden durar hasta 200 años”, expresa con preocupación su afligido compañero de cócteles, tratando de otorgar algo de sentido a sus acciones. Sin embargo, hará falta mucho más que esas palabras para que Lucky acepte que “hay cosas en este mundo que son superiores a nosotros… y las tortugas son una de ellas”. Todo llegará, no obstante, como una epifanía reveladora que hará que el protagonista empiece a ver en la efímera condición de todo lo existente una especie de consuelo o de paliativo que le indica que el sufrimiento no es algo que tenga que ver con la mala suerte –el colmo de la ironía para alguien apodado afortunado–, sino aquello que finalmente nos une a todos y nos hace humanos. Un mensaje de tranquilidad con el que Lucky/Stanton se despide con una sonrisa para seguir caminando hasta el fin de sus rutinas, gracias a una interpretación de genio con el que consigue una composición muy cuidada del retrato humano sin que resulte artificial, una belleza de contrastes que se funde en el alegórico abrazo con una camarera que representa la unión entre la soledad interior y el amor fraternal. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Título original: Lucky. Director: John Carroll Lynch. Guion: Logan Sparks, Drago Sumonja. Duración: 88 minutos. Fotografía: Tim Suhrstedt. Música: Elvis Kuehn. Productora: Superlative Films / Divide / Conquer / Lagralane Group. Distribuida por Magnolia Pictures. Diseño de vestuario: Lisa Norcia. Diseño de producción: Almitra Corey. Intérpretes: Harry Dean Stanton, Ed Begley Jr., Beth Grant, James Darren, Barry Shabaka Henley, Yvonne Huff, Hugo Armstrong, Bertila Damas, Ron Livingston, Ana Mercedes, Sarah Cook, Amy Claire, Ulysses Olmedo, Mikey Kampmann, Otti Feder, Mouse, Pam Sparks, David Lynch, Tom Skerritt. Presentación oficial: South by Southwest Film Festival, 2017.


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