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    Crítica | Jappeloup. De padre a hijo

    Jappeloup. De padre a hijo

    ¡¡Corre como el viento, Perdigón!!

    crítica de Jappeloup. De padre a hijo | Jappeloup, Christian Duguay, 2013

    La superación personal a través del deporte ha sido siempre un argumento recurrente. Ya sea en televisión o en cine, nos encanta ver cómo una persona es capaz de sobreponerse a sus propios demonios para dar un salto de fe rompiendo con todo, lanzándose a los riesgos de llevar a cabo su empresa personal. Es un género agradecido y fácil. Un cineasta con más de 20 años de experiencia debería saberlo. Christian Duguay debutó en los 90 como impulsor de las continuaciones de la seminal Scanners de David Cronenberg. Es un superviviente en la industria, cazador de cualquier historia, importa poco el género. Se ha especializado en televisión dando cobijo a actores de Hollywood de toda índole. De estrellas en decadencia necesitadas de trabajo (Shirley McLaine), a jóvenes prometedores camino del ascenso (Mila Kunis). Jappeloup se introduce en la épica del subgénero hípico desde el mayor de los convencionalismos, demostrando, no con cierta decepción, que todavía queda público dedicado a estas historias; en este caso, la de un joven abogado decidido a sacrificar su carrera y su posición para llevar a cabo el sueño de su vida (recalquemos el componente inspiracional, que aquí es importante): formar parte del mundo de la equitación. El carisma lo aportará el protagonista, algún actor de cierto renombre encantado de conocerse, feliz en su posición de ejemplo viviente, referente real de alguna noticia de portada hace años, que al parecer, alguien ha considerado que merece película.

    Duguay utiliza la caligrafía del asombro autodirigido, la del subrayado fácil: caballo corriendo, desaparición del sonido, corte, contrapicado del animal saltando a cámara lenta, corte, fin de salto con ralentí continuado, y una grandilocuente banda sonora recalcando la secuencia entera. Canet se muestra evidentemente cómodo en su personaje. Durand podrá ser una figura real pero su tratamiento en la ficción es la de dar dirección a una historia previsible, y no precisamente porque esté documentada. El actor francés, autor del guión, ha escrito desde la manipulación, no cómo forma de libre interpretación, caso de Diane Arbus en Fur, sino para ejercer parte de la formula: intensificar las problemáticas del personaje hasta límites cinematográficos exigidos, alternando entre la faceta privada y pública. Pero aunque el resultado sea una filme en apariencia correcto, que ha sabido envolver su fealdad formal con una fotografía vistosa de buenos encuadres y contraste intenso, lo cierto es que en el fondo la falta de gusto del director se evidencia en cada campeonato. Cada escena pretende ganar en espectacularidad a la anterior, cada una acumulará un segundo más de cámara lenta, cada salto será grabado de forma más rimbombante y cada victoria será todavía más merecedora de celebrarse. Todo hasta llegar a un climax donde convergerán las tensiones acumuladas.

    Jappeloup. De padre a hijo

    Un final donde adquiera sentido la continúa silueta del caballo recortada en los atardeceres, o a través de los árboles, corriendo en travelling o en grúa. En el campo o en el estadio. Si enfocamos su mirada tal vez encontremos empatía. Más quisiera. Duguay no es Spielberg, mal que le pese. Y Jappeloup no reúne el carisma que si tenían otros, incluido Belleza Negra; por mucho que intente implicarnos contándonos su nacimiento al inicio. Y en un filme que lleva su nombre por título, eso no es buena señal. O eso, o existe una falta de coherencia importante. El centro es Durand y su ascenso hasta los Juegos Olímpicos, la perdida de su padre o el nacimiento de su hijo. El grueso del metraje lo ocuparán las competiciones eso sí, buena noticia para los amantes de la hípica, aunque Duguay se empeñe en una dirección artificiosa y un montaje en el que 10 cortes son el promedio para ilustrar las malas caídas del jinete. El conjunto formal acaba resultando enervante en su afán por coger al espectador de la garganta con el objetivo desesperado de implicarlo en la exaltación narrativa. Duguay retrotrae a la memoria dos cintas en las que su trabajo se ha reflejado bien de cerca: Seabiscuit y War Horse. Sacar de contexto alguna de sus escenas podría incluso llevar a confusiones.

    Jappeloup. De padre a hijo

    De cualquier forma, tampoco podemos cuestionar al director o al guionista por haber exprimido esta historia como más les convenía. Han resaltado un componente nacionalista que explota en la última secuencia con una fuerza increíblemente arrolladora, reuniéndose en un sólo segundo todos los tics de estilo de la película: música, ralentís, montaje, grandes planos abiertos, y por supuesto lágrimas de victoria. Y cuando optas por ese exaltamiento en el contexto de una ficción que implica a una figura respetada en el país, contando su vida con un lenguaje y un tono que a la gente le resulta familiar y cercano, y llegas en el momento oportuno no es extraño que tengas un éxito nacional asegurado. La película reunió en sólo dos semanas a más de un millón de espectadores, recaudando cerca de 10 millones de euros. Pero el éxito no cabe buscarlo en ninguna razón demasiado compleja. Según la Navaja de Ockham, el razonamiento más sencillo será siempre el más acertado. Duguay ha entregado a Francia su propia cinta de superación con aroma a Hollywood. Ellos solo podían responder de la misma forma que hemos hecho nosotros en muchas ocasiones ante este tipo de filmes. ★★★★

    Gonzalo Hernández
    redacción Madrid

    Francia. Canadá. 2013. Título original: Jappeloup. Director: Christian Duguay. Guión: Guillaume Canet. Intérpretes: Guillaume Canet, Marina Hands, Daniel Auteuil, Lou de Laâge, Tchéky Karyo, Jacques Higelin, Marie Bunel, Joël Dupuch, Fred Epaud, Arnaud Henriet. Fotografía: Ronald Plante. Productoras: Acajou Films, Pathé, Orange Studio. Fecha de estreno oficial: 13 de Marzo de 2013 (Bélgica).

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