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    Editorial | Sopitas para el espectador

    La gran belleza, de Paolo Sorrentino

    A dos meses de que se concedan los premios Óscar, llegan las interminables listas con lo mejor (y lo peor) del año y el cine, una fiesta condenada a sobrevivir, se pregunta cómo encajar en tu agonizante rutina. Independiente o comercial, o todo a la vez, nunca ha sucumbido a la histeria desaforada, ni al inquietante frenesí de su propio statu quo. No se resignen: no hay ninguna luz al final del túnel. Sólo películas, y mucha (des)información. Críticos de cine que imitan a sus críticos de cine favoritos; críticos de los críticos de cine que critican las críticas de estos profesionales que a su vez sospechan de otros críticos. Un follón, ¿verdad? Entretanto, la vida sigue y nada pasa pero la "industria española" corre serio peligro. Y huele a 2014, qué dolor. Mi consejo: prueben a no verbalizar las sensaciones que les reporta el cine. Fin. Comienza la sesión. Si me disculpan, voy a tuitear este artículo.


    texto| Juan José Ontiveros.
    edición| Emilio Luna.

    Los estadounidenses son insuperables vendiendo su(s) producto(s). Nada escapa a su triunfal sentido del marketing. Ya sea en el campo del show business que engloba las artes escénicas y el cine, o en ese otro "universo aparte" que es el deporte, con el béisbol y el fútbol americano y la NBA como máximos exponentes, aquel país todavía neonato despunta por encima del resto. De ahí su opulencia en el cine: Hollywood marca la pauta y los demás nadan a contracorriente de su turbulento oleaje económico. El poder de las majors se extiende hasta lugares ocultos, incluido el inconsciente colectivo, y ya comienza a disfrazarse de alternativa dentro del nada excepcional circuito indie, término oblicuo cuyo marchamo se funde con el mainstream que impera en la cartelera internacional. Multisalas ("multi" es un prefijo que evidencia la homogeneidad) que multiplican por dos o tres un solo título, de manera que, si la película A posee un target comprendido entre los 13 y —por ejemplo— los 65 años y, más aún, llega avalada por una gran distribuidora, verá incrementado su poder de atracción y seguramente sus ingresos en taquilla. Todo depende de su box office en, oh, Estados Unidos: el patrón que mide el recorrido comercial de cualquier película más o menos estrenable —que no presentable—. Allí se escriben, producen y realizan una media de 700 proyectos al año, de los cuales 500 pertenecen exclusivamente a la Meca del Cine. Minucias en comparación con la no poco boyante Bollywood, que regurgita filmes como si fueran churros. Pero son datos que a duras penas si asombran, pues nuestra (mal llamada) industria produce la escalofriante cifra de 120-140 títulos en un año hábil. En síntesis: una centena de obras —con sus respectivas ilusiones y talento, o no, depositados en una ensoñación real— que pasarán sin pena ni gloria por la cartelera de los cines, que prestigian el blockbuster en detrimento del cine más barato. No solo porque la cuota de pantalla del cine español (establecida en un 25% por la Ley del Cine de 2007) no se ha cumplido, ni se cumplirá, sino porque la aspiración primera de muchos (cada vez menos, dado el sangrante panorama) directores es estrenar a toda costa, en cualquier sala, para más tarde (quizá en esta vida) recibir el dinero de las subvenciones. Para ingresarlo sin haber invertido previamente en marketing mix, valor capital en toda producción que aspire a ser (re)conocida más allá de los colegas del autor.

    Tengo ganas de ti

    Desde Twitter, a través de numerosas personalidades (cronistas, "aspirantes a", aduladores, cuatreros miopes, necios de bajo y alto copete profesional y gente-que-pasaba-por-allí), percibo una cierta banalización del medio que contrasta directa y fuertemente con la euforia desmedida del que piensa en el adjetivo antes que en el Cine. De alguna manera, esos instrumentos han desviado el debate real: no existe en España ninguna industria; si acaso, dos o tres popes que sustentan ese mismo concepto ilógico. Nos informan que tal o cual índice se ha visto reducido o aumentado respecto al curso anterior, o al anterior, o al anterior. Los números se encogen y expanden como un ente provisto de vida. A veces no importan: sólo están ahí cuando duelen, cuando hay que arrojarlos, o cuando llega el ministro Montoro a decir: "El IVA cultural no se ha visto reducido". Yo le arrojo a usted una cifra sonrojante y sálvese quien pueda. A veces, en cambio, los números son tan útiles como reveladores.. En 2012, el cine español sobrevivió a la hecatombe gracias a Lo imposible, que hizo honor a su título; y a Las aventuras de Tadeo Jones, y a la fiebre poligonera de Tengo ganas de ti. "La cuota de pantalla aumentó un 19,5 por ciento en 2012, frente al 15,6 por ciento del año anterior", publicaba El Mundo. ¿Cómo acabará este año, entonces? Sé que no se han hecho esa misma pregunta, pero es que yo voy por delante, que para eso soy el autor no subvencionado de este artículo.

    Pues bien, la cosa está muy malita. Sin más. Con o sin factchecking. Con o sin periodismo de datos. Válgame Ana Pastor, o el fracaso en taquilla de un filme extraordinario, hipnótico, de una belleza casi muda. Que aspiraba a comer, y ha sido comido. Que soñaba con deslumbrar con una dosis permanente de contención. Se titula Caníbal (crítica), y nadie —salvo tú y yo y unos pocos miles de españoles— la ha visto. Porque, con o sin culpables a los que señalar, sus 61 copias no han dado para mucho. Porque tampoco eran muchas. No si las comparamos con las 602 de la recién estrenada Frozen: El reino del hielo (crítica), última fábula de los estudios Disney. Supongo que Martín Cuenca no pretendía competir, sino ofrecer la que es su mirada, su pausa existencial. Su diferenciación. Y sin embargo, el cine solo parece grande cuando llega a más espectadores en menos tiempo. No cuando cala más profundo en unos pocos que, también, escondían su apetito.

    Caníbal, de Manuel Martín Cuenca

    Los españoles, en fin, somos únicos destruyendo. Y dorando la píldora al colega de turno. Y si este es poderoso, mejor. Y si hace películas, aún mejor. Y si es nuestro vecino... Glup. En tal caso, a la hoguera. En un pueblo tan cainita como el español, hay quien asegura que ese cine es malo precisamente por ser español. Y no. Es malo cuando empieza mal, y es malo cuando acaba peor: sin verse. Era malo cuando exhibidores y distribuidoras ganaban mucho mientras a nosotros nos dejaban sin acomodadores y a los pies de las palomitas y los combos de nachos con queso y perritos calientes y regalices, con la lámpara del proyector a baja potencia, degustando cicuta con las espinillas llenas de cardenales gracias a "ese maldito escalón que no vi". Todo iba bien. Teníamos a Torrente, el brazo tonto de la ley; teníamos a Amenábar (¿quién lo mató?) y Almodóvar (que rima con Amenábar, y cuya última creación, Los amantes pasajeros (crítica), es la segunda película española más taquillera de este año con 5.000.000 de euros, solo por detrás de Mamá (crítica), con 8 millones, y superando los nada desdeñables 3,4 de Las brujas de Zugarramurdi (crítica) ). Pero tranquilos, ahora contamos con la fórmula: el Otro Cine Español Que No Se Ve, o sí, pero a medias o en unidosis y en festivales de género. También contamos con una gran nómina de críticos de cine que adjetivan mucho y muy bien; ¡tenemos revistas que hacen preguntas! ¡Y Thor contesta a todas! ¿Qué más podemos pedir? ¿La perfección, la variedad? ¿La sensatez? Pues, no existe. Sólo hay un mercado único que, de tanto en tanto, regala buenos productos.

    Lo digo desde ya: quiero un cine donde quepan todos y sin coartadas mercadotécnicas. Salas con acomodadores que te acompañen hasta tu butaca, tu trono durante las próximas dos horas. Porque el cine necesita a sus vigilantes. Sin esa figura, el templo nunca volverá a exhalar la misma autoridad de antaño. Si desembolso entre 8 o 12 euros por una entrada de cine (asegura Carlos Marañón que "el cine no es caro ni barato. Son las películas, en todo caso, las que resultan caras o baratas"). Una pirueta retórica que, no sin razón, se hunde por sí misma, pues el cine son las películas y todas cuestan igual. Es decir, entre 8 y 12 euros. Un precio altísimo, ya sea La gran belleza (crítica) o esa cosa titulada After Earth (crítica). Indistintamente. Y no recurran al salvoconducto del día del espectador, ni a la discriminación positiva del carné de socio: si no eres joven ni veterano, si no asistes entre semana, pagas más. "Son lentejas", se intuye en ese subtexto. Tampoco repitan la recurrente frase de analista burgués: "Una copa cuesta diez euros, y aun así los pagamos tranquilamente". Hay miles, tal vez millones de personas, que cada fin de semana privan —como forma de ocio, de socializar si cabe— a la intemperie alcohol comprado en tiendas regentadas por chinos. Y hay otros muchos que ni siquiera prueban el whisky o la ginebra porque no pueden permitírselo o no quieren, o porque, ¡abracadabra!, son abstemios. Guárdense la demagogia corporativa.

    After Earth

    En resumen: el cine es caro porque los sueldos son miserables, sin más. Y es nuestra obligación exigir unos mínimos de calidad en las salas que frecuentamos, y oponernos a las políticas vejatorias. Esta devaluación sistemática viene de muy lejos, es de siempre. Y afecta sobre todo a los que no trabajan en el mundo de la información, quienes a día de hoy solo hacen —bien porque no quieren, bien porque no les dejan— la O con un canuto mientras dialogan sobre lo divino y lo humano o la basura que estaban viendo justo antes de empezar a roncar. Por eso decía yo al principio que los estadounidenses son insuperables cuando se trata de vender su cine. Ellos, al igual que nuestros vecinos del norte, no son cainitas por naturaleza, no destrozan arbitrariamente a los que triunfan, ni a los que desean triunfar o promocionarse. Ellos rentabilizan, protegen, defienden su marca. Hollywood es el faro del entretenimiento desde que la fiebre del oro engañó al historiador. Pues no eran riquezas materiales lo que anhelaban los auténticos soñadores, sino la luz del sol. El instante en que el crepúsculo se confunde con el amanecer. Pura noche sin hiatos. El plus de calidad que aporta el cineasta dúctil, en definitiva. Que se atreve a innovar y se gana al respetable. Sin concesiones ni complejos absurdos. Como Shannon Sailes, el acomodador de los Detroit Pistons que, durante un tiempo muerto en el Palacio de Auburn Hills, se arrancó a bailar Don't Stop 'Til You Get Enough de Michael Jackson.

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