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    Crítica | Despedidas

    Despedidas

    LA MELODÍA FINAL

    crítica de Despedidas | Okuribito, Yojiro Takita, 2008

    La suave mano de una mujer acaricia con detenimiento la madera de un féretro, mientras habla sobre lo que significa la muerte para ella. Él, un músico que ha abandonado su sueño tras reiterados fracasos de su orquesta, se siente nervioso asimilando cada palabra que la asistente de su jefe esboza. Pero más que nervio, podríamos hablar de ansiedad. Daigo Kobayashi se encuentra iniciando una nueva etapa en su vida. De regreso a su pueblo natal tras mudarse junto a su esposa, huyendo del bullicio y la intranquilidad que en la ciudad impera, busca un empleo para poder solventar sus gastos. Antes, tuvo que renunciar a su tesoro más preciado hasta entonces: su chelo; y en medio de un mar de intrigas y pensamientos sobre su futuro decide, contra todo pronóstico, aceptar un trabajo que en su vida pensó realizar. ¿No resulta curioso saber que muchas veces obtenemos lo que jamás imaginamos? ¿Cuántos no han renunciado a sus sueños por ver truncados los mismos, o quizás por no persistir en el intento? Bajo esta símil se desarrolla un interesante planteamiento sobre los sueños y el destino. Rafael Barreti dijo una vez: “Desprenderse de una realidad no es nada: lo heroico es desprenderse de un sueño”; y esto bien podría aplicarse al personaje principal de la película Despedidas, quien ahora tiene un trabajo que consiste en la realización de un ritual para darle la despedida final a los cuerpos de las personas que abandonan este mundo.

    Quizás suene contradictorio pero Despedidas es un bello homenaje a la vida; un relato humano y sensible que combina con una destacada precisión la belleza de la música con la figura despiadada de la muerte, saliendo airosa en el intento, porque traspasa la pantalla y consigue emocionar, venciendo cualquier estímulo de manipulación. La película está llena de muchos simbolismos que van desde el inicio mismo hasta su final tan conmovedor como poético. La película habla sobre la renuncia en muchos sentidos. Primero está la renuncia de Daigo a su formación, a sus sueños; habiendo sido criado desde muy pequeño en la música, dándolo todo por ello, hasta que por cuestiones ajenas a él debe decir adiós. La dureza y la crueldad de una decisión tan complicada está matizada con mucho carácter en Masahiro Motoki, quien realiza una destacada interpretación, convenciendo en los momentos de mayor intensidad dramática (porque la película está cargadas de esos momentos) como en los que se necesita algo de humor. Luego está la renuncia al hiriente pasado que Daigo aún tiene arraigado en su vida, referido a la ausencia paternal, la cual es mucho más difícil sanar. Pero antes de llegar a eso, Daigo deberá aprender que en la vida hay mucho más allá que solo buena música y aplausos; aprenderá que en todo trabajo se puede descubrir algo de poesía cuando se lo realiza con motivación y entrega; aprenderá que el embalsamiento de los cuerpos no es un trabajo despreciable, por el contrario puede ser el trabajo más humano de todos, ya que el objeto de ello es la presentación de este caparazón de polvo dejando el mundo, adornado frente a los más cercanos familiares, como si de una postal para el recuerdo se tratase, en otras palabras, la vida dignificada en la muerte. Daigo aprenderá que su trabajo es maravilloso y que el asco y desprecio que sentía a lo que hacía en un inicio cambiará prontamente al comprender la magnitud e importancia que conlleva su labor; también aprenderá a hacer oídos sordos a las críticas que su entorno vociferará en su contra, entorno que incluye a su esposa, una mujer abnegada y leal que en determinadas circunstancias le pondrá las cosas difíciles a su esposo (estupenda Ryoko Hirosue). Daigo aprenderá que el ritual mortuorio puede convertirse en una bella sinfonía, entonada con el mayor de los detalles; verá su obra terminada al contemplar los rostros de los difuntos, hermosos, llenos de vida, aun tratándose de la muerte más desgarradora. Pero sobre todo Daigo aprenderá a perdonar.

    Despedidas

    Despedidas dramatiza sin exagerar, y emociona en los intervalos justos. Muestra sin fisuras muchas prácticas de la cultura japonesa, entregándolas como un suave bocado que se consume mientras se escucha la melodía febril y diamantina de un chelo tocado mientras el viento sopla. La presencia del viento es constante en el filme. Daigo aparece tocando su instrumento en las colinas, mientras la cámara recorre escenas llenas de intimismo. Por su parte, el simbolismo de la piedra es hermoso y de suma coherencia: La textura lisa significa tener la mente en paz, la textura rugosa significa el interés por los demás. Su importancia nos llevará a un desenlace de lujo, en donde en última instancia, y como expresé anteriormente, Daigo aprenderá a perdonar. Un final repleto de emoción contenida, donde la muerte como eje motor de todas las acciones se tomará su lugar. Pero antes de llegar al mismo, el personaje central habrá evolucionado y se habrá preparado para el encuentro final con su progenitor; y no solo para encontrarse con él, sino para enfrentarse a la vida, como un ser transformado y con otra óptica, y ante todo libre de prejuicios. Quizás muchos necesitemos un “encuentro” con la muerte para cambiar de perspectiva. O quizás no. Quizás solo baste decirle a ese ser querido cuánto se lo ama. Todavía no es tarde, y más cuando una cinta como Despedidas te incita a ello con una delicadeza e intensidad abrumadora. De esos baldes de agua tibia que de vez en cuando uno necesita. Yojiro Takita, gracias. ★★

    Daniel Bermeo.
    Cine Asia.

    Japón, 2012. Director: Yojiro Takita. Guion: Koyama Kundo. Productora: Amuse Soft Entertainment. Presentación oficial: Montreal 2008. Fotografía: Takeshi Hamada. Música: Joe Hisaishi. Intérpretes: Masahiro Motoki, Tsutomu Yamazaki, Ryoko Hirosue, Kazuko Yoshiyuki, Kimiko Yo, Takashi Sasano, Tôru Minegishi, Tetta Sugimoto, Yukiko Yachibana, Tatsuo Yamada.

    Despedidas poster
    Casanova, su último amor

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