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    Panóptico | El increíble hombre pensante

    El último hombre en la Tierra

    panóptico | Richard Matheson
    texto | Pedro José Tena.

    Casi todos los que nos hemos acercado a la escritura creativa en algún momento de nuestras vidas y, sobre todo, los que de alguna manera hemos pretendido hacer de ello algo más que un pasatiempo, compartimos un sueño común: ser capaces de escribir esa historia que conecte con un gran número de lectores y que, al mismo tiempo, sea capaz de hacerles reflexionar, sentir, vibrar y emocionarse. No se trata sólo de un interés crematístico, sino que detrás de ello está también la necesidad de comunicar, de inventar mundos o de hablar sobre el existente desde nuestro prisma particular. Buscamos una manera propia de narrar y de dar salida a esa imaginación que, a veces, no nos deja en paz y que en otras ocasiones, habitualmente cuando más se la necesita, hace caso omiso a nuestras súplicas y nos deja abandonados en mitad de la inopia. La mayoría no consigue nunca dar con la clave, encontrar esa gran historia que le sirva para darse a conocer y poder empezar a vivir de sus palabras e ideas. Otros, los más afortunados y talentosos (aunque, desgraciadamente, esto no siempre es así), logran la hazaña de convertirse en escritores y hasta de pasar a la Historia gracias a una de sus obras, por mucho que las demás no estén a la altura. Y luego hay gente como Richard Matheson…

    Soldado de infantería durante la II Guerra Mundial, cuando Matheson volvió a los Estados Unidos se matriculó en Periodismo y se graduó en 1949. Sólo un año después, consiguió que le publicaran por primera vez uno de sus relatos de manera profesional. Fue en la revista Magazine of Fantasy and Sciende Fiction y su título fue Born of Man and Woman (Nacido de hombre y mujer). Matheson sólo tenía 24 años y poco sospechaba que acabaría convirtiéndose en uno de los autores más importantes de la literatura fantástica del siglo XX, por mucho que sus dos primeras novelas editadas pasaran algo desapercibidas. La tercera, Soy leyenda (1954), grabó sin embargo para siempre su nombre con letras de oro dentro del género de la ciencia-ficción. La terrorífica historia de Robert Neville y, sobre todo, la manera en la que plasmaba la soledad de un hombre aislado en un mundo lleno de vampiros, caló tan hondo en el imaginario colectivo que ha sido llevada al cine de manera oficial hasta en tres ocasiones: El último hombre sobre la Tierra (The Last Man on Earth, Ubaldo Ragona, 1964), El último hombre… vivo (The Omega Man, Boris Sagal, 1971) y Soy leyenda (I Am Legend, Francis Lawrence, 2007), además de influir de forma notoria en La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968), entre otras. Matheson ya había tocado el tema vampírico con anterioridad en uno de sus mejores relatos, El vestido de seda blanca (1951), que nuestro compañero José Luis Forte (con cuya sabia opinión quise contar para este panegírico) describe como “una pieza maestra tan breve como demoledora” en la que Matheson “aunaba la mirada inocente de la niñez con la realidad terrible de poseer una naturaleza monstruosa”. Y ahí está la clave tanto de este relato como de Soy leyenda: se trata de presentar “la visión de los hechos desde el prisma del monstruo, lo cual nos hace entenderlo y no verlo como tal”. Así, Soy leyenda es quizá “la gran obra sobre la comprensión y la aceptación del que es distinto a través de un punto de vista que nos lleva a plantearnos la cuestión de quién es de verdad el monstruo” (Forte dixit). Esta sería la gran historia por la que reza la mayoría de aspirantes a escritores: apocalíptica, pesimista, pero también capaz de conectar con una amplia mayoría y de ser reflexiva, intimista y espectacular al mismo tiempo. Matheson podría haber vivido el resto de su vida del prestigio obtenido gracias a Soy leyenda y aun así seguiría siendo un autor importante. Pero él estaba hecho de otra pasta: esa de la que están compuestas las mentes privilegiadas de unos cuantos elegidos, capaces de superarse a sí mismos cuando parece que han tocado el techo de su creatividad.

    El increíble hombre menguante

    De este modo, el escritor volvió a dar en el clavo con El hombre menguante (1956), transformando lo que aparentemente era un relato de fantasía en un reflejo de los temores del hombre de los años 50: su nuevo papel en una sociedad que ha vivido la liberación de la mujer mientras él estaba en la guerra y que, en consecuencia, supone una amenaza para su masculinidad y su sentido de utilidad. Esto es servido por Matheson como un cuento de ciencia-ficción, en el que un hombre comienza a menguar sin solución alguna y debe enfrentarse a un mundo que ahora le parece desconocido y lleno de peligros, por mucho que sea aquel en el que siempre ha vivido. La adaptación cinematográfica no tardaría en llegar, El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, Jack Arnold, 1957), una obra maestra a la altura de la novela que sirvió para popularizar aún más el nombre del escritor. La buena relación de Matheson con los medios audiovisuales fue una clara muestra de su capacidad para impactar las mentes de todo tipo de públicos. Sin ánimo de ser exhaustivos, aquí va una serie de motivos adicionales por los que echaremos de menos al escritor: su asociación con Roger Corman para adaptar al cine varios relatos de Edgar Allan Poe; sus guiones para la serie de televisión Dimensión desconocida (The Twilight Zone), entre ellos el apasionante episodio Nightmare at 20,000 feet; la actualización del terror gótico con la novela La casa infernal (1971), llevada al cine con la estimulante La leyenda de la mansión del Infierno (The Legend of Hell House, John Hough, 1973); el terrorífico minimalismo de Duel (1971), que serviría como base de la magistral El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971)

    Escritor, guionista, creador, en definitiva, Richard Matheson nos decía adiós el pasado 23 de junio de 2013, a los 87 años de edad. Con su pérdida nos quedamos sin uno de los mayores generadores de ideas que nos ha dado la literatura, además de un excelente argumentista que tuvo la suficiente inteligencia como para no desdeñar el papel del cine y la televisión como método para llegar a las masas y hacerlas reflexionar. Se nos va un autor total, capaz de reinventarse y de probar distintos géneros; alguien que consiguió dejar como legado no una historia memorable, sino varias, y que tuvo una influencia reconocida en los trabajos de otros grandes escritores como el también finado recientemente Ray Bradbury o Stephen King. Pero, parafraseando a lo que él mismo escribió para el final de El increíble hombre menguante, y asumiendo que esto suena a tópico, Matheson “todavía existe”. Y, gracias a su inmortal obra, siempre lo hará.

    Richard Matheson
    A media voz

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