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    Crítica | Simon Killer

    Simon Killer
    crítica de Simon Killer | Antonio Campos, 2012.
    sección Talents | Festival Internacional de Cinema D'Autor de Barcelona 2013.

    Al ritmo del It Takes A Muscle To Fall In Love de Spectral Day, la imagen aérea de una Paris casi irreal, lucha por imponerse ante unos colores que lo inundan todo. Es el despertar de su protagonista, Simon (Brady Corbet), un joven norteamericano que huye de su ciudad natal para superar la ruptura con su última pareja (¿imaginaria?). Allí, bajo el techo de una amistad casi invisible, el protagonista busca pasar página. Es entonces cuando una imagen vuelve a repetirse con insistencia: la ciudad vista desde el aire, convertida ahora en la maqueta a la que parecía remitir las imágenes de la ciudad con la que se abre el nuevo largometraje de Antonio Campos tras Afterschool (2008), mientras Simon la sobrevuela. Solo el grueso cristal que protege la miniatura de las pisadas, la separa de su protagonista mientras éste la recorre juguetonamente. La planificación de estas secuencias y la exposición inicial de los problemas del protagonista explicados prácticamente a cámara dejan entrever, sin embargo, el viaje interior a la psique de Simon que propone su máximo responsable, cuyo trayecto parece evolucionar hacia un estado final de tintes claramente pesadillescos. Porque en Simon Killer (EE.UU, Francia, 2012) nada es lo que parece. Ajeno y extraño en un lugar que no conoce la ciudad va materializándose en algo vivo y amenazante. Y entre oscuros callejones y prostíbulos escondidos la verdadera naturaleza de un cada vez más errático personaje se despierta a la vez que se desmorona la empatía de un espectador progresivamente acorralado sin lugar al que huir, mientras el experimento de Campos acaba revelándose en toda su intensidad.

    Simon Killer

    Una misma empatía de la que parece carecer un personaje movido por impulsos cada vez más primarios. Porque para Simon, follar parece ser la única salida que le permite saciar su abismal vacío emocional. No deja de resultar sintomático aquella secuencia en la que, después de fracasar en su primer intento por ligar con dos chicas de la ciudad exhibiendo un francés que parece hablarlo o entenderlo mejor de lo que aparenta, se masturba delante de la pantalla de su ordenador mientras consume pornografía. La (cómica) imagen de Simon, a oscuras en el cuarto de baño de su apartamento, interrumpiéndose continuamente para liberar una mano que le permita seguir dando instrucciones desde el teclado a la que espera al otro lado de la webcam, revela no solo el patetismo de su personaje sino también la superficialidad en la que parece moverse. Pero la búsqueda de un cuerpo con el que satisfacer su anhelo sexual tiene pronta respuesta en el vulnerable personaje de Victoria/Nora (Mati Diop), una joven prostituta de pasado traumático que ve en la aparente amabilidad y el carácter retraído de Simon el refugio desde el que afrontar una nueva oportunidad. Un personaje desesperado que ni siquiera cuestiona la patente falta de empatía de Simon al explicarle un pasado lleno de horror. Mientras una trama para conseguir dinero fácil hunde la propuesta de Campos en los terrenos del neonoir, Simon, convertido en parásito y ajeno al drama del otro, empieza a revelar su verdadera cara cuando la presión al personaje hace que la violencia latente y el clima opresivo que hasta entonces había estado bajo superficie, se vaya adueñando progresivamente de la película. La madre del personaje, continuamente mencionada y, nunca de manera casual, solo brevemente vista a través de la pantalla de un ordenador, aparece como una sombra constante en la pisque de Simon y en el broche (el objeto) que siempre lleva encima, parece concentrar toda su figura. Es el desorden afectivo y el contraste entre un ser repulsivo y enfermizamente preocupado por el bienestar propio (a costa de la desgracia ajena) y la casi infantil forma de relacionarse con su madre lo que construye un personaje tan primario e inmaduro como monstruosamente inestable y peligroso.

    Simon Killer

    Llevando al extremo el punto de vista mediante un uso del lenguaje audiovisual marcadamente narrativo (donde el sonido y el empleo de la música adquieren una importancia capital), Campos plantea una obra fuertemente psicológica, en la que la distancia de la cámara en las diferentes secuencias de sexo que pueblan la película o el descabezamiento de los personajes mediante el encuadre, enfatizan el desapego emocional de su rol protagónico y el materialismo por el que rige su existencia, ya sea el de la mujer como puro objeto y recipiente con el que saciar su apetito sexual (físicamente o virtualmente) o el dinero para seguir manteniendo su particular castillo de naipes. Por esa misma razón, por no sentir nada más allá de lo puramente físico, Simon rechaza ver el rostro en el momento que mantiene relaciones sexuales, ignorando la identidad ajena para focalizar su máximo interés por un cuerpo que tanto desea. Mientras el juego genérico difumina los límites de Simon Killer y sumerge sus imágenes en un contexto de materialismo y superficialidad tan desencantado como descorazonador, el embrionario estado psicopático de su personaje principal empieza a eclosionar en el seno de una juventud desnortada y sin rumbo, consolidando la voz propia de un cineasta tan interesante como prometedor. ★★★★

    Daniel Jiménez Pulido.
    crítico cinematográfico.

    Estados Unidos, Francia, 2012, Simon Killer. Dirección| Antonio Campos. Guión| Antonio Campos.  Productora| FilmHaven Entertainment, BorderLine Films. Presentación| Sundance 2012. Música| Daniel Bensi, Saunder Jurriaans. Fotografía| Joe Anderson. Intérpretes| Brady Corbet, Mati Diop, Constance Rousseau, Michael Abiteboul, Solo.

    Simon Killer poster
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