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    ¡ROMPE RALPH! (WRECK-IT RALPH, 2012) | CRÍTICA

    Crítica de '¡Rompe Ralph!' - Wreck-it Ralph review
    GOMINOLAS EN 8 BITS
    ¡Rompe Ralph! (Wreck-it Ralph, Rich Moore, 2012)

    No sé cuántos kilómetros hay entre Emeryville y Burbank, localizaciones de los estudios Pixar y Disney en California. La distancia creativa, sin embargo, es cada vez más difusa. Si en Brave ya se filtraban las influencias del icono del ‘Tío Walt’ sobre el otrora estudio de animación “independiente”, en ¡Rompe Ralph! (2012) se respiran los vientos de cambio que atraviesan ambos mundos. Y aunque esta vez no haya rastro del sello Pixar, aunque las pretensiones y el target pudieran ser diferentes, el maestro de orquesta es el mismo. Se llama John Lasseter, tiene pecas y unas mejillas permanentemente sonrosadas. Es un director creativo de solvencia, que lleva a efectos un privilegiado cargo que, en demasiadas ocasiones, no se corresponde con los méritos. Hace unos años solía contar, no poco asombrado de sus logros, que durante la gestación del libreto de Toy Story tuvo que asistir a unas clases intensivas de escritura de guión. Hoy por hoy es un cerebro que podría cotizar en bolsa. Y de alguna manera, su talento aumenta el valor real de esa factoría de los sueños. Así es el tótem de Disney, un triunfador que dice esconder la viveza de un crío que sólo quiere sentarse frente a la pantalla para disfrutar de historias originales, imaginativas, estéticamente poderosas, con una técnica en continua progresión.

    ¡Rompe Ralph! trae del disco duro un cortometraje que hará las delicias de todos esos amantes del blanco y negro. Una historia, quizá universal, sobre dos románticos que cruzan sus miradas mientras esperan la llegada del tren. Son jóvenes y van camino del trabajo, absorbidos por el bucle de la rutina. Sin embargo, una ráfaga de viento hace que a él se le escape uno de los folios que lleva consigo. Éste aterriza en la cara de esa elegante joven, que firma involuntariamente con sus labios pintados de rojo (será el único rastro de color). Se ruborizan. Él se disculpa a medias, no sabe qué decir. Y tampoco dirá nada durante los próximos diez minutos. Es un oficinista cuya labor consiste en supervisar formularios en mitad de una sala llena de tipos como él. Sobran las palabras. Si acaso, un ligero balbuceo cuando vuelve a ver a esa morena dentro del edificio que tiene justo enfrente. El cortometraje se titula Paperman. Y habla, como diría Hemingway, de dos personas que se aman, pero aún no lo saben. Un cuento urbano, merecedor del mejor reconocimiento posible: el aprecio del público (con toda seguridad ganará el Oscar). Además, combina admirablemente las tres dimensiones y el trazo primigenio de aquellos dibujos animados que se hacían antes. Desprende el aroma del mejor cine clásico.

    La película que sigue a este corto es algo diferente, no por ello menos destacable. Opuesta en esencia y ejecución, ¡Rompe Ralph! se adivina como un monumento a la cultura pop. Nos acerca al mundo de un villano –en 8 bits – cansado de serlo o de no ser reconocido por su correoso papel: demoler a golpes, partida tras partida, el edificio que es reconstruido al instante por un manitas con un martillo mágico. O sea, el héroe. Y por supuesto, Ralph se siente desplazado, así que decide acudir a una terapia de grupo en la que se encuentran Zangief y Mr. Bison, de Street Fighter; el espectro de Pac–Man; Kano, de Mortal Kombat; Bowser, el feroz enemigo de Super Mario; el Dr.Robotnik, de la mítica saga del erizo azul creado por Sega, y hasta un zombi levemente optimista a pesar de su putrefacción. Pero no le convencen. Ralph decide abandonar su juego, dejando a los vecinos en una situación muy difícil: tras ser avisado de que falta un personaje, el viejo empleado de los recreativos cuelga en la pantalla un cartel que anuncia: “fuera de servicio por mantenimiento”. A partir de ahí, se sucede el homenaje a los videojuegos, en un paseo de marcas que, lejos de provocar antipatía –al fin y al cabo son multinacionales forradas de dinero –, convierten este relato en un derroche de imaginación y momentos cómicos. Durante su viaje en busca de la medalla, Ralph (John C.Reilly, en versión original) conocerá a una pequeña algo repelente, pero entrañable. Conocerá también a soldados del futuro, luchará contra insectos voladores, escalará árboles de caramelo y sorteará toneladas de azúcar. Sus buscadores se verán atrapados en arenas movedizas de Nesquik (atención al golpe de efecto de esa secuencia). Y entretanto, contemplaremos una fascinante interacción entre píxel y usuario, con la certeza de estar asistiendo a un modelo de ocio desaparecido: el trasiego de chavales turnándose a los mandos de las recreativas. Por lo tanto, ya podemos decir que a la maravillosa Frankenweenie le ha salido un duro rival. Una obra que se presenta enérgica desde el título. Un filme que cristaliza en multiverso mainstream.

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    2012, Estados Unidos. Título original: Wreck–It Ralph. Director: Rich Moore. Guión: Phil Johnston. Música: Henry Jackman. Productora: Walt Disney Animation Studios.

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