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    Crítica | Los anarquistas

    Les anarchistes

    Reacción antes que acción

    crítica de Los anarquistas (Les anarchistes, Elie Wajeman, Francia, 2015).

    Algún día el yunque, cansado de ser yunque, pasará a ser martillo. La cita es de Mijail Bakunin, principal referente del movimiento anarquista que alcanzó su apogeo en la segunda mitad del siglo XIX, pues ya en el siglo XX el desarrollo del socialismo y la consolidación de la democracia lo confinarían a hechos y teorías cada vez más marginales. Y es que como revela la frase anterior, la doctrina de Bakunin hacía un llamamiento a la acción violenta y la destrucción regeneradora, rivalizando en su momento con las posiciones de Marx y Engels, pero luego el propio acontecer pragmático de las circunstancias sociopolíticas irían mitigando ese ímpetu inicial. En Francia fue patente esta evolución, ya que justo en 1899 es cuando se constituyó el bloque de izquierdas que en parte puso en peligro el asentamiento de la república hasta entonces en manos más conservadoras, si bien al mismo tiempo la consolidó al materializar su alternancia política y resolver con equilibrio asuntos pendientes como el caso Dreyfus. A ese mismo año clave se remonta Elie Wajeman para ambientar su segunda película como director, presentada el año pasado en el Festival de Cannes e incluida este año en la sección de Memoria del festival Atlántida de Filmin, enmarcándose así en la mirada que este certamen ha dedicado al pasado, el presente y el futuro de Europa.

    Se titula Los anarquistas (Les anarchistes) y gira en torno a las vivencias y acciones de un grupo de individuos representativos de esta corriente en París. En concreto el metraje arranca con la confesión de uno de sus integrantes, la joven Judith Lorillard (Adèle Exarchopoulos), que asegura que se ha unido al movimiento, pese a su peligro y anunciada decadencia, nada menos que por amor, y eso le ha proporcionado la confianza que necesitaba en una etapa tan tumultuosa. Tras los créditos se nos introduce al coprotagonista Jean Albertini (Tahar Rahim), agente de policía al que su superior encarga infiltrarse en la pequeña banda de la que forma parte Judith e informar sobre sus planes y relaciones. Para ello el tal Jean debe abandonar a su prometida y su hogar, aunque tampoco deja demasiado atrás ya que es huérfano y no se le conocen amistades. Esta somera descripción de los dos personajes principales pone ya de manifiesto que Wajeman y su coguionista Gaëlle Macé introducen determinadas escenas para darles a aquellos una motivación y un background característicos, como es natural, pero lo hacen con cuentagotas y no de forma continua. Un buen ejemplo es el de la citada orfandad de Albertini, que interrumpe el relato de base en un instante dado para que él se pase por comisaría, consulte los archivos de su padre y se reúna en casa de quien fue su última mujer para intentar sacar algo en claro de su pasado. Pero al salir de la estancia, donde han aflorado sentimientos a priori impactantes, no se vuelve a saber más del tema ni el mismo ha aportado casi nada a la progresión narrativa.

    Les anarchistes

    «El conjunto y su discurso son meritorios gracias a su cuidado y estudiado tratamiento, pero se traiciona un tanto el mensaje que debería estar en su fondo, que no es otro que el que propugnaba Bakunin con su célebre cita, pidiendo mayor innovación y menos conformismo, más actividad y menos pasividad».


    Es oportuno detenerse en este detalle porque adelanta cierta contradicción que recorre la estructura de esta película. Y es que ésta pretende ser sobre todo un estudio de personajes (character study es el término más preciso en inglés), al relegar a un segundo plano la contextualización histórica o los eventos más significativos. Por razones quizá presupuestarias, los decorados son limitados, destacando entre ellos el piso común que comparten los susodichos anarquistas (de convicción o de acompañamiento), construido con elegancia pero amueblado con austeridad. En otras palabras, no hay un gran despliegue de medios ni de extras, y así el foco se ciñe bastante al grupillo en cuestión, especialmente teniendo en cuenta que las aventuras que corre también son limitadas, ya que el grueso de la historia transcurre al margen de las mismas. Esto no es de por sí un defecto, y en principio es hasta admirable, porque muchas cintas de época suelen desbordarse al trasladarnos fuera de nuestro marco habitual y desviar la atención a múltiples hechos, sin alcanzar la profundidad concreta que deberían respecto a su esencia dramática.

    El problema es que en este caso la mayoría de las interacciones que presenciamos son anticipo, secuela o derivación de propósitos y condiciones más elevados, que se dan por supuestos simplemente con la fecha indicada y la seudo profesión a la que se dedican los implicados. Estos elementos ya deberían introducir el suficiente suspense para que cobraran un significado mayor las secuencias en que se divide el libreto, y sin embargo todo aparece demasiado amortiguado, convincente pero sin chispa. Es algo decepcionante teniendo en cuenta los apasionantes actores que encarnan a los protagonistas. Exarchopoulos nos deslumbró a todos en La vida de Adèle (La vie d’Adèle – Chapitres I et II, Abdellatif Kechiche, 2013), por su innata capacidad para derrochar emoción hasta la extenuación. Aquí hay cierto rastro de ello, en especial en el desenlace, pero se le echa en falta un papel más activo. Por su parte Tahar Rahim, conocido desde Un profeta (Un prophète, Jacques Audiard, 2009), tiene unos rasgos exóticos por nacimiento que aquí se justifican por su apellido de origen italiano, pero no se aprovechan para diferenciar a su personaje de los demás policías que podrían haber cumplido su misión. Y así lo demuestra también su resolución, que resulta algo anticlimática y queda un poco en el aire. Para más detalle, el final contrasta con el comienzo: si éste se prolongaba en un primer plano de Judith durante su citada confesión y resultaba atemporal por aislarse del entorno; aquel nos muestra unas neutrales imágenes de archivo con la llegada de inmigrantes a América, forma habitual de concluir un presunto biopic y quizá otra muestra de la constreñida financiación de esta cinta. Empero lo más relevante es que confirma la paradoja que la recorre: el conjunto y su discurso son meritorios gracias a su cuidado y estudiado tratamiento, pero se traiciona un tanto el mensaje que debería estar en su fondo, que no es otro que el que propugnaba Bakunin con su célebre cita, pidiendo mayor innovación y menos conformismo, más actividad y menos pasividad. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / VI Atlántida Film Fest


    Ficha técnica
    Francia, 2015. Título original: Les anarchistes. Presentación: Festival de Cannes 2015. Dirección: Elie Wajeman. Guion: Gaëlle Macé & Elie Wajeman. Productoras: 24 Mai Productions / France 2 Cinéma / Mars Films. Fotografía: David Chizallet. Montaje: François Quiqueré. Música: Gloria Jacobsen. Diseño de producción: Antoine Théron. Decorados: Denis Hager. Vestuario: Anaïs Romand. Reparto: Tahar Rahim, Adèle Exarchopoulos, Swann Arlaud, Guillaume Gouix, Karim Leklou, Sarah Le Picard. Duración: 101 minutos.

    Póster: Les anarchistes
    El fulgor efímero

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