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    D’A 2016 (IX) | Chevalier + 600 millas

    Chevalier

    El sábado 30, coincidiendo con el fin de mes, se produjo el cierre “oficial” del certamen, con la sesión de clausura en el Teatro del CCCB, donde se repartieron los premios y se estrenó La propera pell (2016), la última cinta de Isaki Lacuesta –uno de los realizadores nacionales más interesantes de la actualidad–, codirigida por Isa Campo. El Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona otorgó el Premio Talents a Andrés Duque por Oleg y las raras artes, el Premio de la Crítica a Baden Baden de Rachel Lang y el Premio del Público a la maratoniana Happy Hour de Ryusuke Hamaguchi. Asimismo, el jurado hizo una Mención Especial a la película John From de João Nicolau. Y mientras todo esto ocurría, descendíamos a los negros abismos de Estados Unidos con 600 Millas (2015), de Gabriel Ripstein, y, sobre todo, con la desgarradora The Other Side (2015), de Roberto Minervini, además de avistar el pozo sin fin de la sociedad superficial y competitiva de nuestros días con Chevalier (2015), de Athina Rachel Tsangari. Tres filmes críticos y mordaces, cada uno a su forma, que dejaron un sabor de boca amargo a quienes los vimos. Menos mal que la siguiente jornada, Día del Trabajador, Día de la Madre y último del Festival, todavía quedó espacio para asistir a la Maratón –compuesta de Trois souvenirs de ma jeunesse, Oleg y las raras artes y John From– o para poder ver otras películas que se nos escaparon, como, por ejemplo, la última de Aleksandr Sokurov –Francofonia (2015)– o esa poética y emocionante mixtura entre La conversación (1974) de Francis Ford Coppola y La ciencia del sueño (2006) de Michel Gondry que fue Aloys (2016) de Tobias Nölle. Un cierre más que digno para una semana repleta de cine tan bueno como necesario.

    Chevalier (Athina Rachel Tsangari, Grecia, 2015).

    En la última década, el cine griego está disfrutando de un resurgir creativo que, si bien no resulta especialmente atractivo para el gran público, dada su apuesta narrativa y/o temática alejada de la evasión más complaciente, sin embargo sí suele contar con presencia regular en los grandes festivales cinematográficos. Por tanto, nombres como Yorgos Lanthimos o Yannis Economides hoy resultan familiares para los cinéfilos de todo el mundo, mientras que la autora del filme que nos ocupa ya despuntó con Attenberg (2010), galardonada a la mejor actriz en Venecia. Chevalier, su tercer largometraje, es una muestra paradigmática de narración alegórica pero “disfrazada” con un atuendo realista. Centrada en una competición entre un grupo de amigos que veranean en un yate para saber quién de ellos es “el mejor en todo” (sic), la directora contrapone el microcosmos del navío, claustrofóbico y agobiante a pesar de su lujo –de ahí los encuadres oblicuos o descentrados, la repetición de gestos o actos, o el uso del fondo del campo–, con la libertad, espaciosa y bella, del paisaje marino (recogida en planos generales sostenidos y estáticos). Con ello, Tsangari erige una potente metáfora del mundo actual, en el que los seres humanos viven de espaldas a la naturaleza, perdidos en extraños “juegos” que se extienden como un cáncer desde arriba –quienes los crean– hasta abajo –quienes los imitan–. No en vano, los seis amigos que conforman el pasaje pertenecen a la elite económica, y la competición que se les ocurre responde a su apatía existencial, víctimas de una obviedad que parecen haber olvidado: el dinero no otorga la felicidad. El consumismo y el materialismo son el efecto de una sociedad machista, amoral y capitalista, donde la autoestima y la plenitud no se adquieren conociéndose a uno mismo –como bien apuntó otro ilustre griego–, sino “venciendo” a los demás. El culto a la juventud, la fragilidad edípica del ego masculino, la competitividad patológica, el acelerado ritmo de vida presente… Todo ello es recogido por la realizadora mediante un irónico y minimalista punto de vista, en el que, a pesar de su continuo y surreal humorismo, se describe un crescendo sostenido de tensión, nacida del rencor o de la envidia que en el fondo sienten de esos “amigos” los unos por los otros. En este sentido, el final de la cinta resulta magnífico como denuncia del control de los poderosos, una pequeña minoría, sobre la amplísima mayoría del resto del mundo. Una obra, en resumen, muy recomendable, cuyo amargo y crítico mensaje se digiere bien gracias a ese sentido del humor absurdo que, a la postre, nos recuerda la propia absurdidad de nuestro sistema económico globalizado, no por ello menos dañino, sino más bien todo lo contrario. Y es que, parafraseando a Einstein, la estupidez humana sigue siendo infinita.

    600 millas

    600 Millas (Gabriel Ripstein, México, 2015)

    El hijo de Arturo Ripstein debuta en la dirección con una cinta seca y de anécdota condensada espacial y temporalmente, que recuerda a la prosa desnuda de los cuentos de Hemingway, Carver, etc., y donde es patente la influencia de la tradición realista de la generación de cineastas mexicanos anteriores, no solo del padre del propio director, sino también de nombres como Luis Alcoriza. Road movie con dos protagonistas enfrentados a un medio hostil y que, por ello, progresivamente deviene una buddy movie, en verdad termina por ser, a la postre, el retrato de esa abisal separación que existe entre Estados Unidos y México, aunque sean dos territorios colindantes. De ahí que esas “600 millas” a la que alude el título del filme no se limiten a describir el trayecto físico realizado por el joven protagonista, Arnulfo (Kristyan Ferrer), junto al agente de la ATF Hank Harris (Tim Roth), sino que básicamente incidan en la distancia espiritual que media entre ambas naciones. Irónicamente, si bien México es una realidad ultraviolenta, machista y corrupta, donde no hay lugar para gente soñadora y débil como Arnulfo, Estados Unidos es el reino de la hipocresía y la manipulación, donde también priman los fuertes y los poderosos, aunque no sea a punta de pistola, y donde, por tanto, tampoco hay espacio para Arnulfo, inepto para mentir y para manipular.

    Según lo dicho, 600 millas juega con las expectativas del espectador para recordarnos que la realidad del tráfico fronterizo en América no tiene nada de épico ni de heroico, y que la violencia que produce nace, en última instancia, de las desigualdades sociales del sistema capitalista, cuyo máximo factótum, como es bien sabio, es Estados Unidos. Quienes se implican en ese mundo, pues, y con independencia del lado de la ley en el que se encuentren, han de ser capaces de soportar y ejercer dicha violencia, lo que significa carecer de escrúpulos morales y de empatía, y anteponer la codicia, la ambición y la autopreservación a cualquier otra cosa. Ello explica que la película oscile desde la comedia costumbrista y absurda hasta la más cruda tragedia, con una naturalidad y elegancia propiciadas por su férrea unidad estilística, marcada por la dilatación del tiempo narrativo y el estatismo de sus planos. Podría decirse, en resumen, que se trata de un apólogo perverso, en el que la moraleja última es que, hoy en día, si eres una Caperucita no te metas en el bosque, porque, si no te atrapa el lobo feroz, será tu propia abuelita quien te devore.

    El jardín

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