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    Seminci 2015 | Día 5. Críticas: El mundo abandonado + Why me?

    El mundo abandonado

    Lluvia y sombras

    Crónica de la quinta jornada de la 60ª edición de la Seminci.

    Ya lo dijo O'Doherty como chascarrillo, venimos aquí a sufrir. Y lamentablemente puede que supiera de lo que hablaba. Es como un secreto que llevas dentro aunque evidente pero que aun así, por precaución y humildad, no te atreves a decir de forma pública. Pero pocas dudas quedan de que, al menos de momento, ya saben, esto es tan cambiante como el mar, esta Seminci no está mostrando un nivel tan alto como por ejemplo la pasada. Uno se sienta en la butaca y los comentarios de alrededor, siempre en voz baja, dejan entrever la sensación común que se confirma al leer a posteriori las críticas. Pero no todo son malas noticias, porque hablan aquellos que tienen el valor en estos días de lluvia de pasear hasta el Cine Broadway que el ciclo de cine finlandés (país invitado en esta edición) es una maravilla. Aparte, como una de las mejores cosas que tiene el certamen: la reivindicación del cortometraje, el menú se completa con “el día del corto español”, programando ciclos dedicados a los mejores cortometrajes de las escuelas de cine más importantes del país, la Ecam y la Escac y con la prestigiosa Noche del corto español, de la que la pasada edición salió nada más y nada menos que un Goya. Y si esto no parece suficiente, el pesimismo no es una actitud válida en día festivo, porque hay vida más allá de las salas: como una fantástica exposición en Las Francesas que recoge los sesenta años de vida del festival; la exposición de fotografía de grandes figuras que hayan pasado por aquí en el Lava, o la Masterclass que ha impartido un tipo con tanta clase como es Fernando Trueba ante una abarrotada Aula Mergelina. ¿La polémica del día? Que por presiones económicas se conceda la Espiga de Oro a un viticultor, hombre en absoluto nada relacionado con el séptimo arte que desde mañana comparte galardón con Woody Allen, José Sacristán o Elizabeth Taylor. Así son las cosas por estos lares.

    El mundo abandonado

    EL MUNDO ABANDONADO

    Die abhandene welt, Margarethe von Trotta, Alemania / Sección Oficial.

    Había cierta expectación por ver el retorno de la realizadora germana Margarethe von Trotta, quien hace ya tres ediciones se alzara con la Espiga de Plata por su notable biopic sobre la filósofa y pensadora Hannah Arendt. Sin embargo, El mundo abandonado, presentada en la pasada edición del festival de cine de Berlín, no parece que vaya a correr desde luego la misma fortuna. Y mucho menos  que ganara el Premio del Público después del sonoro pataleo que se ha llevado. El filme cuenta la historia de Sophie, joven cantante que recibe una llamada de su padre en la que este le relata un increíble hallazgo: en Nueva York habita una mujer que es la viva imagen de su difunta esposa. Inducida por su padre, Sophie viajara hasta Manhattan con la única misión de encontrar a esta mujer, descubriendo secretos familiares cuya existencia jamás creyó posible. Una obra de la que es difícil hablar sin desvelar importantes detalles de la trama, ya que la fuerza e interés que esta contiene vienen de una conversación vertebradora cuya información revelada hace función de perfecto catalizador, permitiendo a la historia avanzar en forma de reacciones emocionales.

    Pero el principal problema reside en que, a pesar de la sugerente propuesta, al libreto le falta una evidente reeescritura, ya que son muchos y graves los problemas que sostiene. Partiendo de una construcción de personajes algo pobre a la que ciertas líneas parecen querer saludar “no seas alemana y vuelve a la cama” (y efectivamente vuelve), el entramado avanza de una manera situacional, basándose por desgracia en no pocas coincidencias. Sin embargo, es el diálogo el mayor lastre, el cual llega a capar las interpretaciones de actrices como Barbara Sukowa, sublime y creíble en Hannah Arendt, extraña presencia aquí. Y similar sensación trasmiten el resto de caracteres, por momentos firmes, en otros absolutamente perdidos. Son las conversaciones que mantienen entre ellos, donando y recibiendo la información que se va revelando; un extrañeza ante la novedad que deviene reacciones que rozan el ridículo. Porque no, esto no es una comedia, pero aquí, en el Calderón, ante un cínico y algo desgastado público ha funcionado como tal. Empero, y como no todo tienen porque ser peros, sorprende la facilidad con la que la germana sabe crear la atmósfera adecuada, esa de la fragilidad de los vínculos familiares, de la tristeza escondida y de las promesas de amor eternas.

    Y la pena es que esta aproximación al mito del döppelganger, de la que pudiera obtenerse, por elementos, una buena reversión, está totalmente desaprovechada. El potencial de la idea inicial se diluye demasiado pronto al transformar el misterio en discusión y esta en absurdo con el que al menos, según cada visión, puede llegar a justificarse el humor, tal y como sucede en la “pelea de hermanos. ¿Y qué hay del aspecto técnico? Piloto automático, apatía que ni provoca (más allá de un desafortunado zoom peckinpahiano) ni busca innovar. Se cumple con lo básico, planos de catálogo y sencilla composición que puede retrotraer al espíritu del telefilme. En definitiva, una oportunidad perdida con un trabajo, que si bien posee cierta belleza y se deja ver, parece estar condenado a caer en todo el olvido que pueda causar una distribución merecidamente insuficiente. [35/100]

    Why me?

    WHY ME?

    De ce eu?, Tudor Giurgiu, Rumanía / Sección Oficial.

    Basada en hechos reales, la trama cuenta la historia de Cristian, un joven y atractivo fiscal cuya carrera está en alza gracias, entre otras investigaciones, a una causa en la que la fiscalía se centra en un superior suyo acusado de corrupción. Con obsesión por ascender y obtener reconocimiento profesional, Cristian, inconsciente hasta el epílogo, volcará su voluntad en unos terrenos peligrosos, los cuales lo llevarán al límite, definiendo su posición como un perro de caza obligado a mantener su buena percha, a vestir caros trajes y a usar tratamientos capilares anticaída que mantengan un éxito sexual que con inherente presión se considera obligado a poseer. Educación dictatorial empapada de sueños occidentales, triunfar o la muerte como dogma inmaterial.

    Entrando en forma, la primera virtud de Why me?, presentada en la Sección Panorama Special de la pasada Berlinale, esa que queda clara desde sus impactantes créditos, es su instantánea creación de atmósfera. Hecho siempre arduo pero todavía más complicado en un thriller de tintes policíacos y políticos. Suciedad física que antecede a la que está por venir, la moral. La cual provoca el hundimiento de un país degradado y pobre sumido en una crisis que es vista como permanente. Reglas del juego bastante claras para todos menos para Cristian, encerrado en sí mismo y con una ceguera hacia los procesos que se esconden detrás de las pesquisas. Y sí, aquí las amenazas son advertencias que deben tomarse en serio. Los amigos no son tan amigos, y los teléfonos son objetos susceptibles de indeseables oyentes. Territorio comanche de violencia encubierta: Charlas, reuniones (privadas o no) y protestas enunciadas ante la incomprensión del ser querido que no siente tal cosa.

    Y sí, la película se mueve y sabe jugar con la atención del espectador, aunque puede resultar demasiado convencional en sus planteamientos de desarrollo, proporcionando por lo general segmentos que poco o nada tienen de innovadores. Estos territorios comunes, unidos a una falta de acción violenta explícita, hacen que las más de dos horas de metraje sean demasiado para el espectador. La historia se recrea demasiado en las continuas amenazas al protagonista, las cuales quedan fijadas, para el espectador, demasiado pronto, propiciando el desvanecimiento de una tensión ya de por sí enlatada. El filme de Giurgiu parte con desventaja desde el primer minuto ya que choca con la exigencia de un género que ya ha ofrecido todos los primas posibles. Y si solo hay una entrada al juego de manera convencional poco espacio queda para la sorpresa a pesar de que se trabaje en terreno exótico y se pertenezca a una de las cinematografías punteras de la actualidad. Empero, posee la cinta de Giurgiu, una de las características que más se valoran del cine rumano contemporáneo: la genuina utilización del plano secuencia como magistral lección y apertura total hacia los personajes; logrando durante el tiempo que este dure que el cine sea un poco más teatral gracias a unas interpretaciones maravillosas que hacen a veces desear que el corte no llegue nunca. Sin llegar a la brutalidad del plano final de la mencionada obra, aquí formalmente el realizador se atreve a ir más allá, cometiendo el atrevimiento de cortar en un mismo plano secuencia varios fotogramas con el efecto de robar comodidad y desestabilizar, maravilla que a bien seguro puede ser vista como terrorismo artístico por cierto purismo de vieja escuela. ¿Lo malo? Que más allá de eso, de los instantes brillantes tanto interpretativos como técnicos, la masa narrativa cohesionadora no está lo suficientemente compacta, dejando una sensación general de insuficiencia o de incomprensión. La forma que engulle al fondo. [50/100]


    Álvaro Martín
    © Revista EAM / Enviado especial a la 60ª edición de la Seminci



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