Lluvia y sombras
Crónica de la quinta jornada de la 60ª edición de la Seminci.
Ya lo dijo O'Doherty como chascarrillo, venimos aquí a sufrir. Y lamentablemente puede que supiera de lo que hablaba. Es como un secreto que llevas dentro aunque evidente pero que aun así, por precaución y humildad, no te atreves a decir de forma pública. Pero pocas dudas quedan de que, al menos de momento, ya saben, esto es tan cambiante como el mar, esta Seminci no está mostrando un nivel tan alto como por ejemplo la pasada. Uno se sienta en la butaca y los comentarios de alrededor, siempre en voz baja, dejan entrever la sensación común que se confirma al leer a posteriori las críticas. Pero no todo son malas noticias, porque hablan aquellos que tienen el valor en estos días de lluvia de pasear hasta el Cine Broadway que el ciclo de cine finlandés (país invitado en esta edición) es una maravilla. Aparte, como una de las mejores cosas que tiene el certamen: la reivindicación del cortometraje, el menú se completa con “el día del corto español”, programando ciclos dedicados a los mejores cortometrajes de las escuelas de cine más importantes del país, la Ecam y la Escac y con la prestigiosa Noche del corto español, de la que la pasada edición salió nada más y nada menos que un Goya. Y si esto no parece suficiente, el pesimismo no es una actitud válida en día festivo, porque hay vida más allá de las salas: como una fantástica exposición en Las Francesas que recoge los sesenta años de vida del festival; la exposición de fotografía de grandes figuras que hayan pasado por aquí en el Lava, o la Masterclass que ha impartido un tipo con tanta clase como es Fernando Trueba ante una abarrotada Aula Mergelina. ¿La polémica del día? Que por presiones económicas se conceda la Espiga de Oro a un viticultor, hombre en absoluto nada relacionado con el séptimo arte que desde mañana comparte galardón con Woody Allen, José Sacristán o Elizabeth Taylor. Así son las cosas por estos lares.