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    Entrevista | Hirokazu Koreeda

    Hirokazu Koreeda

    «Me he descubierto filmando a las actrices como si fuera su padre»


    A la salida del pase de prensa de Nuestra hermana pequeña en el Festival de San Sebastián, los redactores de este medio nos topamos con una escena muy poco habitual: Hirokazu Koreeda estaba junto a la entrada del teatro Victoria Eugenia, saludando a los críticos con una amplia sonrisa y dedicando suaves reverencias, agradeciendo que hubieran acudido a ver su película. La experiencia de dialogar con él refuerza esta primera impresión. Como entrevistado, el director japonés es un tipo de modales agradables, presencia sonriente, que se expresa con prudencia y se toma su tiempo para pensar antes de contestar a las preguntas, como si quisiera hacer sentirse respetado a su interlocutor elaborando respuestas más allá de los automatismos. Y todo ese carácter se ve reflejado fielmente en el estilo de sus películas, del que Nuestra hermana pequeña no es ninguna excepción. Koreeda es un maestro en al arte de contar fábulas que, bajo un ropaje de sonrisas sosegadas, ocultan las heridas sin cerrar de sus personajes, sus intrincados mundos íntimos de temores y sentimientos encontrados. En los últimos años, el cineasta parece haber encontrado en las pequeñas historias de desestructuraciones familiares la forma de seguir escarbando sutilmente en esos mundos. Dando, eso sí, cada vez mayor cabida en sus imágenes a un humanismo basado en el cariño hacia sus personajes, en una suerte de optimismo pese a las inclemencias.

    En Nuestra hermana pequeña parece continuar su inquietud por el tema del legado familiar. ¿Qué es lo que hace que esté tan presente en sus películas?

    En los últimos diez años de mi vida me han pasado muchas cosas relacionadas con este tema. Perdí a mi madre, a mi padre y luego tuve una hija. Quizá sea eso lo que me haga tener interés por la cuestión de las relaciones de sangre. O mejor dicho, de las relaciones familiares. No quiero decir que lo sanguíneo sea importante, aunque en Japón esa creencia está muy extendida.

    ¿Esas pérdidas también han marcado su forma de hacer cine?

    Puede ser. He descubierto que podemos aprender mucho pensando en las cosas que hemos perdido. Pienso en la muerte de mi padre, por ejemplo. Aunque ya no está en el mundo, sé con certeza que tengo una conexión con él. No sé si debida a la sangre o no, pero gracias a él he descubierto que hay maneras de que las personas que ya no están sigan viviendo de algún modo.

    En Still Walking, Kiseki y De tal padre, tal hijo usted señaló como una fuente de inspiración su propia vivencia de sus roles familiares, tanto de hijo como de padre. ¿Nuestra hermana pequeña continúa de algún modo esta tendencia?

    Bueno, hay dos cuestiones que la diferencian de esas películas. Primero, que Nuestra hermana pequeña está basada en un manga del que he querido respetar el contenido original. Y segundo, que las protagonistas son tres hermanas “más una”. Al ser un hombre, y aunque tengo dos hermanas, ese es un mundo que desconozco. Así que hice entrevistas a familias con tres hermanas, para entender cómo es ese tipo de relación. Desde ese punto de vista, mi propia experiencia no está reflejada. Ahora bien, durante el rodaje llegó un momento en el que me di cuenta de que, como director, estaba filmando a las chicas como si fuera su padre. Me sentía en una perspectiva paternal. Así que quizá en esto sí que se haya visto reflejado algo de mi experiencia personal como padre.

    Usted ha tocado muchos géneros. El chanbara (cine de samuráis) en Hana, la fantasía en Air Doll... Pero se le suele identificar con el drama familiar. ¿Se siente más cómodo en este tipo de cine?

    ¿Se me suele identificar con ese género? No lo sé, no me siento especialmente cómodo al rodar historias de familia . Pero... (se queda pensativo durante medio minuto). Acabo de repasar mentalmente mis películas y es cierto, más de la mitad tratan sobre la familia (se ríe). La verdad es que no soy demasiado consciente de ello.

    Quizá por eso le comparen tan a menudo con Ozu

    Bueno, mi caso no es tan extremo como el de Ozu (se ríe). Él decía que lo que tenía era una tienda de tofu, y que eso era lo único que sabía cocinar. En mi caso, creo que también tengo una tienda de tofu, pero a veces hago cocina francesa. O bueno, eso es decir demasiado. Dejémoslo en que también puedo hacer tempura.

    ¿A usted como espectador suelen gustarle los dramas familiares?

    Cuando era más joven sí. Creo que, en cierto modo, como cineasta estoy reflejando las cosas que veía en mi infancia. En los años 60 y 70 había muchas doramas (series) en la televisión japonesa, y la mayoría trataban sobre la vida familiar. Recuerdo una que emitían cada domingo a las nueve de la noche, y que siempre veía con mi madre. Sí, puede que ahí esté mi punto de partida. Creo que cada uno vuelve a sus orígenes, a los lugares de donde viene. Y yo siempre he sido más de televisión que cine.

    En Japón existe una corriente de cine independiente, pero también una industria comercial muy desarrollada. ¿En cuál de las dos se sitúa usted?

    No lo sé. Me encantaría mantener el espíritu del cine independiente, porque valoro mucho trabajar con mis propias ideas. Pero aprovechando los recursos del comercial, porque me gustaría que mis películas las viera mucha gente. Debe existir un término medio, y ahí es donde me y ahí es donde me gustaría estar.


    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / 63ª edición del Festival de San Sebastián



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