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    Crítica | Mia madre

    Mia madre

    El cine, la familia, la pérdida

    crítica de Mia madre (Nanni Moretti, 2015).

    La familia desata las pasiones más íntimas. La muerte de un hijo, de una hermana, de un padre o de una abuela son dramas que forman parte de la vida. La intimidad de ese dolor, que sientes tuyo y de nadie más, es la que Nani Moretti nos invita a observar. En esta ocasión hace con Mia madre (2015) lo que en su día con La habitación del hijo (ganadora de la Palma de Oro en 2001). Son películas distintas pero que suponen una dupla perfecta sobre el duelo. En una la muerte es repentina y llega demasiado pronto, en la otra es un proceso lento que desemboca en lo inevitable. Cada pérdida es única, distinta. Si bien todas conducen al llanto, a la desesperación, a la rabia, a la soledad o a la culpa. El realizador italiano vuelve a retratar el proceso paliativo de las heridas emocionales. Y lo hace muy bien (al menos cuando se ciñe estrictamente a eso). En Mia madre cede el protagonismo a Margherita (Maegherita Buy), su alter ego femenino (relegándose a un papel secundario, como ya vino haciendo en sus dos trabajos anteriores). Directora de cine que se encuentra en un momento vital harto complicado: enfrascada en su último proyecto cinematográfico, en proceso de separación de su pareja, con una hija adolescente y su madre gravemente enferma. El (supuesto) epicentro de la historia es la enfermedad de la madre y los cambios familiares que eso conlleva en general, y los que se producen en Margherita en particular. La protagonista se verá superada por las circunstancias y su único apoyo es su hermano (Nanni Moretti), quien renuncia a su empleo por mera desidia vocacional y para ocuparse de la madre. Los puntos de vista y los múltiples frentes abiertos dotan al último trabajo del cineasta transalpino de una complejidad que no es necesariamente beneficiosa para el devenir narrativo, pero que demuestra su capacidad para elaborar relatos de distintos niveles, ricos en subtextos.

    En esta cara B sobre la pérdida de un familiar Moretti puso el alma. En las entrevistas promocionales comentaba cómo la muerte de su madre, durante el montaje de Habemus Papam (2011), fue la principal inspiración del libreto. Incluso se ayudó del diario escrito por él mismo durante la enfermedad de su progenitora. Una jugada tan pasional como inteligente pues dotó a la historia de lustre en términos de verosimilitud. Nadie puede pasar por alto la rebosante autenticidad de los diálogos en el hospital, sobre todo cuando se sumergen en lo trivial. Hay una escena que captura, sin aspavientos, la vida: Margherita habla con su madre de lo entrañablemente pesados que son unos vecinos que han ido a visitarla. Esa tierna concesión a lo insignificante es uno de los puntos fuertes de la cinta. No obstante, el filme es un rizoma que emite raíces a distintos niveles. Por lo tanto se puede decir que es una obra con muchas películas en su interior. Por separado funcionan de manera extraordinaria. Pero juntas no empastan como debieran. En honor a la verdad hay que decir que el trabajo como cineasta de la protagonista atrapa, aprisiona al cinéfilo. Solo un director experimentado puede captar con tanto tino lo que supone su oficio. A los mitómanos esas secuencias de John Turturro, conduciendo mientras tratan de filmar una toma, les encandilarán. De todas formas en su relación con el resultado final uno no acaba de compartir su relevancia. Es comprensible el afán de Moretti por tratar de plasmar su realidad ficcionada de la manera más fehaciente (entiéndase el galimatías), pero, al juicio del que suscribe, quedaría una película más redonda si hubiese hecho su particular La noche americana (1973) o si se centrase en la tragedia familiar. Podrían resultar al menos dos obras más que dignas de Mia madre.

    Mia madre

    «A una película que emociona y hace reír, que mezcla realidad con fantasía, que juega con la verdad y la ficción se le puede atribuir la magia de tenerlo todo. Al menos de tocar todos los palos que pueden engancharnos a la butaca. Y en gran medida lo consigue… Pero cuenta con el hándicap de tenerlo todo pero sin mostrarse como un todo».


    Nanni Moretti no solo ha trabajado con distintos entornos, y con todos los niveles vitales de Margherita; también ha jugado mezclando la realidad con lo onírico. Abundan las escenas en las que no se sabe si la intérprete principal está fantaseando despierta, está tirando de recuerdos o simplemente está sumida en una ensoñación basada en la culpa. Incluso se puede ir más allá y afirmar que hace confluir la realidad y la fabulación en términos no oníricos ¿Acaso no hace contrastar la vida con la ficción del cine? El espectador se verá igual de confundido tras la primera escena en el set que después de un arrebato nostálgico de Margherita. Sin duda, Moretti estaba decidido a llevar a cabo una obra mayúscula. Un filme lleno de sedimentos, con más capas que la propia Tierra. Sin embargo este castillo de naipes, de ciclópea complejidad, se percibe excesivamente frágil. Al espectador puede asaltarle la duda razonable del cómo. ¿Cómo se sostiene? Lo más probable es que no se halle respuesta. Y en esta historia sazonada con sustratos brillan los actores: John Turturro está deliciosamente exagerado, Margherita emerge como un animal interpretativo capaz de llevar el peso de la cinta y Nanni Moretti posiblemente sea el más comedido y discreto, pero se ajusta de maravilla a su papel.

    A una película que emociona y hace reír, que mezcla realidad con fantasía, que juega con la verdad y la ficción se le puede atribuir la magia de tenerlo todo. Al menos de tocar todos los palos que pueden engancharnos a la butaca. Y en gran medida lo consigue. Tiene ritmo, las interpretaciones son magníficas, hay momentos de desgarradora naturalidad, las historias generan interés… Pero cuenta con el hándicap de tenerlo todo pero sin mostrarse como un todo. No resulta homogénea. El título dice mucho. Mia madre... se ajustaría mucho más a lo visto en pantalla un título como Margherita. Decía Javier Marías, en un encuentro con Vargas Llosa y Pérez Reverte, que con los años se sentía peor escritor. Se había hecho más autocrítico en detrimento de su espontaneidad. Había pasado a darle demasiadas vueltas a las cosas, había perdido la agilidad. Eso que le pasaba al escritor madrileño es extensible a muchos contadores de historias. Cuanto más mayores se hacen más dominan el oficio, pero lo que ganan en complejidad lo pierden en autenticidad. Sus obras siguen siendo disfrutables, con momentos brillantes, pero le pasa como a esos grupos de rock (The Rolling Stones) que ya compusieron sus mejores canciones aunque siguen sonando bien. | ★★★ |


    Andrés Tallón Castro
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Italia, 2015, Mia madre. Director: Nanni Moretti. Guion: Nanni Moretti. Productora: Sacher Film / Fandango / Le Pacte / Films Boutique. Presentación oficial: Festival de Cannes. Fotografía: Arnaldo Catinari. Reparto: Margherita Buy, John Turturro, Giulia Lazzarini, Nanni Moretti, Beatrice Mancini, Stefano Abbati, Enrico Ianniello, Anna Bellato, Tony Laudadio, Lorenzo Gioielli, Pietro Ragusa, Tatiana Lepore, Monica Samassa, Vanessa Scalera, Davide Iacopini, Rossana Mortara, Antonio Zavatteri, Camilla Semino, Domenico Diele, Renato Scarpa.

    Póster: Mia madre
    El fulgor efímero

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