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    Crítica | Jack

    Jack

    El colapso cotidiano

    crítica de Jack (Edward Berger, 2014).

    Estableció Sigmund Freud, hace casi un siglo, que uno de los pilares de la teoría del Psicoanálisis, denominado Complejo de Edipo (según el cual el niño genera repulsa hacia el padre —rivalizando con el modelo dominante— y, a su vez, una atracción hacia la madre) se manifiesta de nuevo durante la pubertad. Este rasgo definitorio, además de otros elementos y procesos mentales modelan la dinámica y los acontecimientos que el espectador presencia en Jack, estrenada en la edición 2014 del Festival de Cine de Berlín. Dirigida por el cineasta Edward Berger y escrita en colaboración con Nele Mueller-Stöfen, esta película lleva por título, en un acto de justicia y coherencia, el nombre de su protagonista. Porque absolutamente toda la narración fluye, se filtra y se presenta desde la óptica de su personaje principal, a las puertas de la adolescencia, que debe hacer de padre y hermano mayor dada la ausencia e irresponsabilidad de su joven madre, hedonista y desvinculada de la responsabilidad como progenitora, incapaz de tomar consciencia de su representación en el desarrollo emocional y psicoafectivo de sus hijos. Esta situación de inversión de los roles de conducta ha provocado que, con una mano, el jovencísimo Jack asuma los cuidados cotidianos de su hermano Manuel y, con la otra, ahuyente a los cuestionables candidatos a sustituto paterno, en una reafirmación como macho alfa, pero negándosele así la posibilidad de disfrutar de la tranquilidad de una infancia al uso. En su mirada contenida se manifiesta cómo las circunstancias en las que ha crecido han precipitado una madurez inusitada, una noción de cuáles son las prioridades impostergables, por encima de la satisfacción de sus propias necesidades más básicas.

    Como ocurre con la mayoría de los productos artísticos, resultaría bastante fácil añadirle a este filme la etiqueta de “cine social”, con todo lo que conlleva. Pero se estaría incurriendo en un error, pues la humilde opinión de quien suscribe estas letras sugiere que todo cine es social: plantea, desarrolla y resuelve —o no—un conflicto, ya sea en clave metafórica, o bien apelando a la representación más fidedigna de la realidad. Muy al estilo del mejor Ken Loach, se nos presenta en Jack un entorno frío, hostil y palpable en el que los personajes se esfuerzan por sacar adelante a su familia mediante los medios de que disponen. El pequeño protagonista de esta historia, tras ocurrir una eventualidad que dispara los acontecimientos posteriores y pone de manifiesto el conflicto anteriormente mencionado, debe dejar de lado su propia condición de sujeto frágil para buscar, junto a Manuel, a la madre, esa presencia etérea, diletante, atravesando un Berlín en el que los adultos exhiben un comportamiento aniñado, inseguro y egoísta. Este elemento se refuerza poderosamente, gracias a la excelente fotografía de Jens Harant, cuya efectividad se observa en cada uno de los planos, austeros y sin embargo de una estética impecable —pues, bien se sabe, el secreto de la belleza artística es eliminar el andamiaje procedimental y darle autonomía a la obra, cimentando el pacto ficcional—, con el uso de la cámara en mano que no se separa ni un instante de aquel rostro atormentado, cortando, si hace falta, a los personajes adultos deliberadamente a la altura de los hombros y reforzando así el brillante trabajo del actor que da vida a Jack, Ivo Pietzcker; un soberbio ejercicio interpretativo que soporta con vigor todo el peso del largometraje. La sobriedad de sus gestos oculta una profunda expresión emocional, ejecutada en ocasiones sin necesidad de abrir la boca.

    Jack

    «Cada paso que Jack da en busca de su madre reverbera en la pupila del espectador. Si tal empatía se genera incluso desde el primer plano, bellísimo y estático, no es pura casualidad, sino resultado de una cuidada atención a todos los detalles».


    Cada uno de los elementos del filme, que se plantea casi como una suerte de thriller, está al servicio del argumento y las interpretaciones, pues no hay aquí efectismo o artificio alguno que distraigan al espectador. La sombra del manifiesto Dogma 95 es alargada y, con los años, se ha demostrado que la parquedad también puede desatar grandes resultados. Todos los planos están rodados en localizaciones de la cotidianidad de la capital alemana —mención aparte merece la toma de la discoteca, casi un descenso a los infiernos, que genera remembranzas de aquel club llamado Rectum, en la magnífica Irreversible, de Gaspar Noé—, la mayoría con luz natural, y la música más ortodoxa brilla por su ausencia, exceptuando algunos momentos, en los que hace acto de presencia minimalista y sutil para dotar la escena de un mayor impacto emocional, sin resultar en absoluto forzado o autocompasivo. Ahora bien, la banda sonora, entendida desde un prisma más amplio —apelando a John Cage, quien demostró la relatividad conceptual de lo musical—, consiste el conjunto sonidos cotidianos, ruidos ambientales urbanos y demás texturas que configuran el paisaje sensorial al que asistimos, creando un entorno verosímil y sin distracciones para acompañar el devenir de los acontecimientos. Cada paso que Jack da en busca de su madre reverbera en la pupila del espectador. Si tal empatía se genera incluso desde el primer plano, bellísimo y estático, no es pura casualidad, sino resultado de una cuidada atención a todos los detalles. En los tiempos que corren, Jack, más que una crítica o denuncia, puede considerarse un espejo de la situación socioeconómica y psicológica actual. Por una parte, asistimos a la autopsia de una generación de jóvenes desempleados o en riesgo de exclusión, un resultado del derrumbe del estado del bienestar que otros cineastas, como el austriaco Ulrich Seidl, han retratado incluso con mayor violencia; por otra, se nos presenta una historia intimista, sencilla, pero tratada de una manera sublime en su contención. La tutela del estado ante individuos absolutamente vulnerables y necesitados o la tragedia de la desestructuración familiar se muestran aquí con crudeza pero sin patetismo impostado. No hace falta recurrir a la peor de las situaciones posibles o evidenciar frontalmente el conflicto para mostrar la miseria personal de un niño ante la adultez forzada por circunstancias ajenas a su control. | ★★★★ |


    Luis Enrique Forero Varela
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Alemania, Francia. 2014. Título original: Jack. Director: Edward Berger. Guión: Edward Berger, Nele Mueller-Stöfen. Fotografía: Jens Harant. Música: Christoph M. Kaiser, Julian Maas. Duración: 98 minutos. Productora: Port-Au-Prince, Cine Plus, Mixtvision, Neue Bioskop Film, West Zero, HR, Arte. Distribuidora: Karma Films. Montaje: Janina Herhoffer. Diseño de producción: Christiane Rothe. Diseño de vestuario: Esther Walz. Intérpretes: Ivo Pietzcker, Georg Arms, Luise Heyer, Nele Mueller-Stöfen Vincent Redetzki, Jacob Matschenz, Odine Johne, Johann Jürgens, Atheer Adel, Anthony Arnold, Amar Saaifan, Justine Ewerth, Celina Rodemann, Patrick Sommenburg, Dolunay Bales, Leon Fürstenau, Maurice Martin, Michael Sideris, Daniela Holtz, Stefan Mies, Johannes Hendrick Langer, Christian Sengewald, Sébastien Jacobi, Johann Fohl, Christian Blümel, Johannes Naber, Victor Pape-Thies, Moritz Virmond, Svenja Liesau. Presentación Oficial: Festival Internacional de Cine de Berlín 2014.

    Póster: Jack
    Feelmakers

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