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    Crítica en serie | American crime (T1)

    American crime

    Cómo afrontar un tema candente

    crítica de American Crime (2015-) | Primera temporada.

    ABC / 1ª temporada: 11 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: John Ridley. Directores: John Ridley, Gloria Muzio, Joshua Marston, Hanelle Culpepper, Nicole Kassell, Sam Miller, Rachel Morrison, Jessica Yu, Millicent Shelton. Guionistas: John Ridley, Diana Son, Ernie Pandish, Davy Perez, Stacy A. Littlejohn, Julie Hébert, Keith Huff, Sonay Hoffman. Reparto: Timothy Hutton, Felicity Huffman, Richard Cabral, Elvis Nolasco, Caitlin Gerard, Benito Martínez, Johnny Ortiz, W. Earl Brown, Penelope Ann Miller, Regina King, Bob Hess, Joe Nemmers, Gleendilys Inoa, David Hoflin, Lili Taylor, Jennifer Savidge, Kira Pozehl, Shelton Jolivette, Gwendoline Yeo. Fotografía: Ramsey Nickell. Música: Mark Isham.

    Y se volvió a obrar el milagro. Los prejuicios –muy fundados por otra parte– que se asocian a las cadenas norteamericanas que emiten en abierto (ABC, CBS, NBC, FOX, The CW) se caen de tanto en cuanto. Entre las olas de policíacos que repiten fórmulas gastadas, series de médicos que no aportan nada nuevo, sitcoms familiares de rancio sentido del humor o dramas legales cuyas dinámicas personales nos remiten a varias décadas atrás, surgen de vez en cuando raras avis, series con ganas de dejar huella a través de talento y ambición. Hannibal, The Last Man on Earth, Fringe o The good wife son algunos ejemplos de esta tendencia cuando funciona, cuando un público encuentra y encumbra lo suficiente a una de esas anomalías (o una cadena está dispuesta a probar que son capaces de ofrecer contenido adulto). A esa variante se inscribe sin duda alguna –y se pone bien alto en la lista– esta seria y concisa American Crime, ejemplar propuesta que demuestra que se pueden producir cosas que no toman por tonto al espectador, y que su creador John Ridley y los ejecutivos de ABC tienen una bienvenida e incómoda voluntad de hacer Arte en formato seriado, no simple entretenimiento. Una propuesta que ha probado ser un éxito de crítica, con diez nominaciones a los Emmy como Serie Limitada (faltando solo Dirección para redondear las seis principales) y unas audiencias nada desdeñables. Y es que estamos ante una auténtica serie limitada, que funciona como relato autoconclusivo –y de qué forma tan contundente concluye– que al renovar ha cambiado de historia y parte del reparto. La segunda, ya en pleno rodaje, repite además intérpretes en nuevos roles, una de las opciones menos usadas pero más interesantes de esta novísima manera de hacer televisión. Si se suma a esto que el creador y su compañero productor Michael J. McDonald han apostado por la diversidad detrás de la cámara (solo hay que mirar la lista de directores, guionistas y hasta montadores para encontrar múltiples mujeres y gente de otras razas, algo no muy común), se ve que las intenciones acertadas han reinado en todo el proyecto.

    El tema en cuestión que esta primera temporada de American Crime trata es el racismo, filtrado a través de una historia con crimen en su interior, como el título indica. El asesinato y agresión a Matt y Gwen Skokie levantará una auténtica tormenta emocional en la pequeña ciudad californiana de Modesto cuando los familiares del hombre fallecido y la mujer atacada y de los múltiples sospechosos se concentren en la zona para tratar de entender las razones del hecho, y vean cómo la justicia y la policía local lo está afrontando. Uno de los sospechosos en la investigación es negro, otros dos latinos, la madre de la víctima es racista y la hermana del sospechoso negro es musulmana, así que no faltan ingredientes para explorar un conflicto quitándole la máscara de la corrección política, una opción de la que Ridley puede valerse porque está hablando de sentimientos en crudo y de personajes en estado de shock. Esta serie no va tanto sobre la resolución del crimen o los avances de la policía sobre el caso, sino la repercusión de todo esto en las familias de los implicados. Pocas veces se ha reflejado la catatonia emocional que algo así provoca con tal verismo, y la eterna disputa de unos personajes que se niegan a escucharse los unos a los otros y están en tensión constante.

    American crime

    «La sensación final que se desprende es la de un férreo control sobre lo contado y sobre los mecanismos necesarios para hacerlo. En ese sentido, este proyecto es admirable, y su ejecución y desarrollo dignos de todo aplauso».


    La voluntad de diferencia de American Crime se puede comprobar desde el mismo arranque, dirigido por el propio creador, y que sirve una propuesta visual cargada de personalidad y estilo, con una cámara que se dedica a recorrer obsesivamente las posibilidades que ofrece el encuadre y que encuentra muy a menudo en los rostros de sus impecables intérpretes (todos y cada uno de los miembros del reparto están perfectos, sin excepciones) el lugar indicado para llevar al espectador durante las escenas, rodadas en muchos casos en una sola toma. Con una despiadada y marcadísima política de montaje que huye del sentimentalismo y las obviedades, los responsables rompen varias reglas no escritas de la seguridad y lo acomodaticio en busca de la honestidad de cada momento, de que todo suene creíble y legítimo. Quizá se pueda de hecho acusar a la serie de excederse en esa búsqueda de la dura Verdad de las realidades descritas, ya que se cae un poco en la concantenación de desgracias y el sentido del humor brilla por su ausencia, como si el oscarizado Ridley asfixiara todo potencial de tomarse un respiro en esta sentida crónica de una desgracia. ¿Está siendo entonces condescendiente o realista? Quizá un poco de ambas cosas, aunque la calidad gana la partida con diferencia.

    De entrada, y esto marca una grandísima diferencia, el lenguaje y lo mostrado no se ahorran crudeza, aunque se evita caer en la pornografía de la desgracia que a veces se usa para enfocar asuntos así. American Crime está enfadada, y con razón, con la sociedad en la que vivimos. Y ABC ha permitido que se digan palabrotas y expresiones malsonantes aunque se usen luego recursos para censurarlos. Lo significativo es que esos recursos son más estilosos que el habitual pitido. Son bruscos fundidos a negro que sacuden al espectador o súbitos enmudecimientos de la palabra que desconciertan. Es decir, hasta al lidiar con las restricciones del tipo de emisión se es capaz de añadir más sentido al discurso final. Respecto a la violencia, puede ser descarnada, ocultada elegantemente o concisa cuando toca. Sin medias tintas ni paliativos. La sensación final que se desprende es la de un férreo control sobre lo contado y sobre los mecanismos necesarios para hacerlo. En ese sentido, este proyecto es admirable, y su ejecución y desarrollo dignos de todo aplauso. La manera en que los guionistas cruzan destinos y gestionan a los personajes y las subtramas en las que están envueltos se las ingenia para que no queden cabos sueltos y todos tengan sus razones expuestas y su tiempo para haber dejado huella.

    American crime

    «En su encadenado de silencios finales, que aúna rachas de tristeza y esperanza, y en su fundido a negro que nos lanza a pensar sobre lo visto y oído es donde nos damos cuenta que haber cambiado tras una experiencia que deja tocado».


    Descubrir la realidad del matrimonio atacado (una perfecta postal de felicidad caucásica), explorar una hermosa historia de amor límite entre dos yonquis muy dañados que logra escapar del tópico, comprobar lo perjudiciales que pueden ser las conductas externas a la hora de tratar de desarrollar un proceso penal (los juicios mediáticos paralelos o la intervención en la historia del personaje de Lili Taylor) o cómo los prejuicios –infundados o no– condicionan la mirada del Otro son algunas de las cosas que hará, y muy bien, la primera tanda de American Crime. Sin ponerle las cosas fáciles al espectador y con alguna salida de tono algo efectista (el viaje onírico de Aubry en el desenlace), estos once capítulos se las apañan para lidiar con un tema candente sin hacer concesiones y emite un diagnóstico tan certero como abrumador. Los implicados se pueden enorgullecer de una evolución de personajes y una manera de plantear los giros y los caminos a los que lleva la historia que sorprenden pero nunca parecen forzados o poco plausibles. En su encadenado de silencios finales, que aúna rachas de tristeza y esperanza, y en su fundido a negro que nos lanza a pensar sobre lo visto y oído es donde nos damos cuenta que haber cambiado tras una experiencia que deja tocado. | ★★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla



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