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    «Blade Runner 2049», de Denis Villeneuve.

    Especial Festival de San Sebastián.
    Cobertura completa de la 65ª edición.

    Sensualidad praxiteliana.
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    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Dos ventanas al vacío.
    «A Ghost Story», de David Lowery.

    Berlinale 2015 | Día 4. Críticas: Knight of Cups, Mr. Holmes, El botón de nácar & Woman in Gold

    Natalie Portman y Christian Bale en Berlín

    Profundidades marinas.

    Crónica de la cuarta jornada de la 65ª edición de la Berlinale.

    Mirando en retrospectiva, el día de hoy ha sido puramente místico, a medio camino entre discursos muy ambiciosos y otros más clásicos. Con Bill Condon entregando el ejercicio más honestamente sencillo de todos a pesar de su inane amabilidad que acaba echando por tierra la oportunidad de reinventar con mayor riesgo la figura de Sherlock Holmes. Por el contrario, Terrence Malick ha retornado a las andadas, despertando división de opiniones en una vuelta de tuerca bastante repetitiva y vacua en torno a al vacío vital de una estrella que, como es habitual en el director, necesita el amor para redimirse. Un más de lo mismo que, cómo no, también ha despertado pasiones a pesar de su nulo avance respecto a la filmografía del director. Algo que Patricio Guzmán intenta también en su personal propuesta, El botón de nácar. Otro documental narrado a voz en off que une localismo y universalidad como ya hiciera en Nostalgia de la luz, con corrección e interés pero sin, mucho menos, la misma pasión. Algo que nos ha faltado, y mucho, en el pase de Woman in Gold. Una producción made in Weinstein, con Simon Curtis tras las cámaras en un filme de oficio bastante mediocre y con una maniquea ideología muy manipuladora que ha terminado por poner la guinda a un día especialmente desastroso y tenso.

    «Él quiere atrapar el instante. Filma y filma buscando ese momento».
    Natalie Portman sobre Terrence Malick.

    Mr. Holmes

    MR. HOLMES

    Bill Condon, Reino Unido, 2015 | FUERA DE COMPETICIÓN

    Mr. Holmes es todo lo que cabría esperar de alguien como Bill Condon; algo amable, con cierta elegancia, buen oficio interpretativo y que no dañe en exceso a nadie. El impedimento para cruzar esa línea entre el riesgo y la seguridad es lo que siempre ha contenido en exceso los trabajos del cineasta, quien desde Dioses y monstruos (1998), parece destinado a la emulación continua de la que sería una obra clave en su carrera. También con Ian McKellen en un papel especialmente crepuscular, encarnado en esta ocasión en la forma de un Sherlock Holmes avejentado y en los estertores de su vida, con problemas de memoria y buscando resolver el que sería su último caso antes de retirarse. Historia que, en la ficción de Condon, su compañero el doctor Watson, adaptaría en una novela que le convertiría en un héroe de la literatura.

    Licencias ficticias de una estructura que alterna los días de Holmes en un refugio de campo con la crónica personal de ese caso adúltero en pos del éxito comercial y que él está empeñado en escribir tal cual ocurrió, incluyendo flashbacks hermosamente rodados sobre las conversaciones que el detective tuvo con una de las sospechosas. Lo que más alegra de Mr. Holmes es la recuperación de algunos talentos poco aprovechados en la industria como Laura Linney, siempre ofreciendo calidad en sus trabajos, y el compositor Carter Burwell, quien ya brillara hace años con aquella hermosa banda sonora para Cómo ser John Malkovich (1999), con patrones musicales parecidos. No es un mal trabajo y, de hecho, puede ser de los más sólidos del cineasta neoyorquino en los últimos tiempos, pero tampoco despierta entusiasmo, situándose en ese páramo de películas correctas que dejan un poso amable en un público para nada exigido. 60/100.

    Knight of Cups, de Terrence Malick

    KNIGHT OF CUPS

    Terrence Malick, Estados Unidos, 2015 | COMPETICIÓN

    Terrence Malick volvió a agitar la platea con Knight of Cups, otro ejercicio de gran ambición conceptual que vuelve a nadar en las mismas aguas que To the Wonder: las de la redención del amor para encontrar la luz, está vez entre las despiadadas calles de Los Ángeles y las piscinas impolutas de los protagonistas. El resultado es una extensión más de su estilo, sin prácticamente ningún añadido nuevo, sin brío ni chispa más que la inerte necesidad de su cineasta de transmitir, como sea, el mismo mensaje una y otra vez, de maneras cada vez menos sutiles y todas ellas derivadas del mismo film: El árbol de la vida. Porque, más allá de las ligeras diferencias geográficas y de caracteres, la esencia es idéntica, con un personaje masculino de personalidad introvertida sufriendo por no encontrar algo real en su vida, algo que le llene con emoción pura; buscando incesante entre las mujeres de Hollywood, todas muy diferentes y todas grandes actrices que deambulan por los espacios, los pasillos y las habitaciones en esa composición de planos tan característica que parece querer captar el momento inexpresable, el sentimiento que se extiende de un pecho a otro, y que sólo se ve en el transitar de personas o en su mirada huidiza. Esa eterna captación del instante único acaba ahogando en la nadería el mundo de Malick. Hay una estructura, pero es casi anecdótica y puramente teórica. Una excusa para la profundidad del discurso, a través de unas cartas de tarot que marcan cada capítulo con nombres como “Libertad”, “Muerte” o “La Torre” en las que cada una de las mujeres que han pasado por su vida expresan sus sentimientos en sentencias cortas y abstractas, a veces tirando de metáforas muy obvias y demasiado expuestas, muy abiertas al ridículo. Incluso para el creyente en Malick, entre los que hasta ahora me incluía, Knight of Cups puede atragantarse por su excesivo ensimismamiento. El director sigue tan empeñado en transmitir la misma idea que tampoco se molesta por cambiar sus formas convirtiéndose, definitivamente, en un gurú de un discurso del que ya es maestro. 58|100.






    El botón de nácar

    EL BOTÓN DE NÁCAR

    Patricio Guzmán, Francia, Chile, 2015 | COMPETICIÓN

    La otra propuesta chilena de la Competición venía de la mano de Patricio Guzmán, director de la excelente Nostalgia de la luz, de la que El botón de Nácar hereda no pocas costumbres. Principalmente, su discurso antropológico sobre la brutal extinción de las tribus de Patagonia para, a través de un elemento neutro como el agua, extender la idea hasta límites espaciales, otorgando al final un retrato certero de la condición humana y cuestionando su egocentrismo en el universo. El filme funciona, posee momentos realmente inquietantes y algunas imágenes hipnóticas que retratan el eterno imaginario de otros mundos, equilibrando la balanza entre misticismo y costumbrismo de una forma única.

    Tal vez se le pueda achacar cierta lentitud en el tempo narrativo y dificultad a la hora de entrar en su dinámica pero Guzmán es un director que sabe cómo exponer sus ideas de manera sencilla y directa y aquí vuelve a conseguirlo. Lo que sorprende es la libertad narrativa de sus documentales y esa facilidad para volar de lo ilusoria a la realidad sin que el cambio resulte forzado, sino con fluidez, hasta llegar al punto necesario, ese en el que un objeto, en este caso un botón de nácar, acabe uniendo todas las corrientes especulativas que sobrevuelan los pensamientos y anécdotas de su director. Los seguidores pueden respirar tranquilos: El botón de nácar sigue portando lo mejor de Patricio Guzmán. 62|100.

    Woman in gold

    WOMAN IN GOLD

    Simon Curtis, Reino Unido, 2015 | BERLINALE SPECIAL

    Cuesta empezar a hablar de Woman In Gold sin ser demasiado injusto, pero tampoco hay mucho a lo agarrarse. Estamos ante una producción prefabricada, sin alma ni verdad, ensamblada por las manos (tijeras) de los Weinstein y con Simón Curtis de cabeza de turco, persiguiendo la estela temática de Monument’s Men y el robo de piezas de arte por parte de los nazis. La idea, como siempre, es impartir justicia mediante el cine, algo que a los productores de Hollywood se les da de maravilla, soltando perlas ideológicas de la manera más ingenua posible en aras de la búsqueda de un público que responda a la más que asegurada campaña de publicidad que se le dedicará a este trabajo. Puede incluso que resaltando unas interpretaciones bastante discretas y a veces criminales (el rol de Katie Holmes es de juzgado de guardia).

    La escritura es vaga, casi automática y buscando una complicidad que nunca funciona, amén de una querencia por acercarse al espectador americano y a su sentido de la equidad, hablando en términos cínicos sobre propiedad y el derecho legítimo de posesión que todo judío establecido en Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial tiene sobre las obras que le fueron robadas. Nadie cuestiona ese hecho, pero la manera que tiene Curtis de plantearlo es muy ridícula, sin escalas de grises y expuesta con demasiada facilidad mediante un desarrollo que huye de complejidades. Realmente poco más hay que decir, pues es un filme que en tres años se emitirá en las sobremesas de los canales privados como el peliculón de la tarde. 40|100.


    Gonzalo Hernández Espinosa
    Enviado especial al 65ª edición del Festival de Berlín


    El jardín

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