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    Americana 2015 | Abrazando la deriva

    Buzzard

    ¿Es posible que las tres películas por las que hemos transitado en este primer día del Americana, aunque con diferentes destinos, sean tres películas que aborden una especie de viaje? ¿No tienen en común (casi) todas ellas la búsqueda de una luz al final del túnel, dar un cambio de rumbo a una existencia mortificadora?

    En Uncertain Terms, el tercer largometraje de Nathan Silver, un treintañero en plena crisis matrimonial acude a la casa de su tía para tomar distancia mientras medita qué hacer con toda la vida construida con una mujer que le ha sido infiel. A su vez, la casa es el lugar de acogida de otras tantas existencias a la deriva, jóvenes embarazadas que no quisieron serlo, rechazadas tanto de sus hogares como por los padres de aquellos hijos alojados en sus vientres. El hombre, convertido sin quererlo en el disparador de las hormonas adolescentes en ese espacio de la feminidad, seductor accidental, encuentra en la fragilidad de una de esas jóvenes una especie de alma gemela. Por otra parte, en Buzzard, Marty, un joven sociópata interpretado por un Joshua Burge a medio camino entre Steve Buscemi y William Fichtner, no sólo se aprovecha del engaño al Sistema para subsistir en una sociedad depredadora, sino de todo aquel del que pueda sacar tajada. Marty se mueve por las grietas, saboteando desde dentro ese mismo Sistema que le da de comer. Pero cuando los mecanismos vigilantes de éste parecen reaccionar, el joven, armado con una especie de guante a lo Freddy Krueger, emprende un viaje de autodestructiva paranoia hacia los territorios de la nada más absoluta.

    Tanto en Uncertain Terms como en Buzzard, segundo largometraje de Joel Potrykus, el viaje parece acabar llegando de nuevo al punto de partida. En el caso de la película de Silver, el viaje se dibuja como un trayecto interior, la toma de conciencia de la necesidad de cambio en una vida infeliz. Robbie, el treintañero atormentado por la infidelidad de su esposa, y Nania, la joven embarazada de una criatura cuyo padre no es más que un inmaduro adolescente, congenian pero a un precio: la imposibilidad del viaje interior cuando el regreso de los fantasmas vuelven para reclamar unas almas condenadas a repetir el bucle de sus miserias existenciales. Para la juventud desencantada y parasitaria que retrata Buzzard, en cambio, que el viaje regrese al punto de partida es, precisamente, algo que celebrar. Utilizando la referencia cinéfila para amedrentar a los que se oponen en el camino, el punto de partida es un regreso a la zona de confort, la posibilidad de seguir aprovechándose de un Sistema y una sociedad que hace la vista gorda. Feísta e incómoda, la película de Potrykus desnuda a su antihéroe mediante el buscado estatismo del plano fijo. Los personajes de Buzzard se aferran a la miseria, al egoísmo y la mediocridad como si en ello les fuera la propia vida, dispuestos a todo por conservarla. Ya no existen nuevos objetivos ni metas que alcanzar.

    Kumiko, the treasure hunter

    El viaje que emprende la Kumiko de Kumiko, the Treasure Hunter, la interesantísima última película de los hermanos Zellner, en cambio, sí parece tener una meta y un objetivo concreto. La finalidad última de este trayecto, en realidad, es liberarse de la presión social con la que ha de lidiar diariamente. Esta ruptura con su entorno familiar, laboral e incluso cultural, tiene en el cine el mecanismo de puesta en marcha de una surrealista búsqueda del tesoro: el del maletín que Steve Buscemi enterraba en la Fargo de los hermanos Coen. El cine, al que la ingenua protagonista llega a partir de un desvencijado VHS de la película de los Coen enterrado en una cueva, ha adquirido en la película de los Zellner una cualidad casi espectral, como si regresara de entre los muertos.

    Desvanecido, como si ya nadie se acordara de él, el cine, la búsqueda de un maletín que no puede existir dentro de las estrechas fronteras de lo real, parece haberse reducido a un solo viaje de ida. Kumiko, un personaje fuera de lugar en los helados páramos de Minnesota, sin quererlo, hace aflorar la incultura de una sociedad norteamericana desencantada de mitos mientras prosigue la persecución de un espejismo. Pero si el cine, convertido en ente fantasmagórico, conduce a su personaje a las tinieblas, será también el encargado de ofrecer una redención en esos márgenes donde el espacio y el tiempo se mezclan, se expanden y confluyen sin más restricción que la que imponga el propio creador. La materialización del sueño anhelado, las posibilidades del cine para acceder a un plano superior de la existencia, es la sublimación final de una hermosa idea para una película que, no de forma casual, abre con el maltrecho “This is a true story” del VHS de Fargo. El viaje, finalmente, mereció la pena.

    Daniel Jiménez Pulido
    Enviado especial a la II edición del Festival Americana



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