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    52 FICX | Día 9

    Manuscripts Don’t Burn

    Identidad como fin

    Crónica de la novena jornada de la 52ª edición del Festival de Gijón.

    La introducción de recursos y temas originales es una celebración en cualquier campo creativo, pero en el cine, y en especial en géneros como la comedia, es casi milagroso y una promesa constante. Promesa porque esa supuesta reinvención se queda muy a menudo reducida a un simple cambio de enfoque, quedando siempre un regusto rancio de tramas predecibles que se limitan a equilibrar risas y momentos tiernos. Quizá el error esté en caer en términos como reinvención cuando lo que se persiguen son emociones, que no hay que idear, solamente saber llegar a ellas. Y con esta etiqueta de nueva definición de la comedia era presentada en la novena y última jornada del FICX 52, la producción belga Halfway, de Geoffrey Enthoven, dentro de la Sección Oficial pero fuera de competición y con rumores de posible remake hollywoodiense en ciernes. Aprovechando los últimos coletazos del festival también pudimos ver, dentro del ciclo Convergencias, Manuscripts Don't Burn de Mohammad Rasoulof, un ejemplo impagable de valiente cine político, del más comprometido, centrado en la trama de censura literaria en Irán y del uso de torturas para evitar la publicación y distribución de aquellas obras que no han pasado por el filtro de la censura y que pueden comprometer al gobierno. Finalmente, y coincidiendo con la noticia del premio Butaca de Oro a Titli, disfrutamos de otro ejemplo de cine 'no Bollywood' llegado desde la India: Court, de Chaitanya Tamhane, una sátira del funcionamiento de la justicia, que consiguió en Venecia el León del Futuro a la mejor primera película.

    Halfweb, de Geoffrey Enthoven

    Halfway (Halfweg, Geoffrey Enthoven, Bélgica, 2014)

    Stef es un diseñador que acaba de divorciarse y comprarse una preciosa casa, a la que se muda para empezar su nueva vida y carrera profesional. Una vez instalado, comprueba que no está solo, que allí ya vive alguien: Theo. Y no piensa irse de allí. Tampoco hay modo de echarlo, porque Theo es un fantasma y también el anterior propietario del caserón, donde se suicidó. De esta forma comienza una guerra de resistencia entre los dos en la que la carrera, las relaciones e incluso la estabilidad mental de Stef se verán tremendamente perjudicadas. La originalidad de Halfway no está en sus tramas ni en unos personajes elaborados o unos diálogos descacharrantes, sino en la mezcla de género: comedia con historia de fantasmas. Este mix es más notable en el arranque, perdiendo fuerza a medida que pasan los minutos, principalmente por una construcción de personajes poco explotados y definidos, sobre todo Theo. De un fantasma uno espera, por lo menos, que dada su condición de muerto, sus intervenciones no se limiten a apagar y encender luces. O que al menos haga gala de cierta mordacidad. Ni lo uno ni lo otro. En realidad es un fantasma pusilánime. La introducción de tramas sensibleras adyacentes hubiera sobrado, pero como la guerra entre ambos no se sostiene por sí sola, se hace indispensable adornar y rellenar con un plus de acción centralizado en el personaje de la hija de Theo. En este punto uno ya tiene la sensación de caminar por vías ya transitadas, la posible novedad se ha esfumado y comienza a sobrar metraje. Sí tiene Halfway gags divertidos, algunos de los mejores incluidos en los minutos finales, pero también ese final va acompañado de moralina, opacando la posibilidad de hacer de Halfway una buena comedia, sin necesidad de reinventos. | ★★★★ |

    Manuscripts Don’t Burn

    Manuscripts Don’t Burn (Dast-neveshtehaa nemisoosand, Mohammad Rasoulof, Irán, 2013)

    La recuperación por parte de un alto funcionario a cargo de labores de censura, de las dos copias de un manuscrito escrito por un disidente en el que redacta un episodio comprometedor de hace unos años, es el punto de partida para que Khosrow y Morteza, torturadores a sueldo, comiencen una jornada de caza y tortura. Agreste, dura y difícil, Manuscripts don't burn precisa de toda la atención del espectador, pues es un ejercicio de crítica y una reflexión que se presenta exenta de adornos o de artificios. Mohammad Rasoulof exige la implicación de la platea para comprender y situarse. Las acciones de Khosrow y Morteza, y, sobre todo, las circunstancias personales y familiares del primero, ocupan gran parte del primer tercio de la película, quizás pretendiendo dar una visión global y dotando de cierta humanización a quienes ocupan el bando que se ensucia las manos, así como sus motivaciones. Posteriormente, el peso se va repartiendo equitativamente entre víctimas y verdugos y se profundiza en el funcionamiento de la red de censura del aparato y sus métodos, en las crecientes dificultades de intelectuales y escritores para la publicación de sus obras y deja el giro más brutal hacia la violencia en el último tercio. Con un estilo franco, directo y difícil de tragar, lo explicado en el manuscrito que se busca durante todo el filme está basado en un hecho real y tal vez por eso, ninguno de los intérpretes quiso aparecer en los títulos de crédito. Un ejemplo del mejor cine político cuya valentía pueda parecer casi ciencia ficción desde nuestro punto de vista. | ★★ |

    Court

    Court (Chaitanya Tamhane, India, 2014)

    Narayan Kamble, un viejo cantautor y activista, es acusado de incitar al suicidio de un trabajador, a través de sus canciones. Se inicia así un proceso judicial contra él lleno de indicios irrisorios que no frenan el paso de una justicia obsoleta y surrealista. Quizás haciendo uso de la ironía, resulta curioso que una de las primeras imágenes nos muestre a Kamble cantando 'es hora de conocer a tu enemigo' para que, posteriormente, veamos como su existencia quede pendiente de lo que sucede en una sala de juicios. Porque en esta sátira, efectivamente, la justicia parece el enemigo. Regodeándose en un ritmo lento que busca plasmar las vidas de todos los participantes en el pleito (abogado defensor, acusación y juez) dentro y fuera de la corte para hacer un completo retrato social de la India, con un exacerbado realismo que no corta ni un ápice las larguísimas alegaciones ante el tribunal, en ningún momento puedo decirse que ese ritmo aburra, pero sí desespera. Desespera la sensación de embrollo por todos los giros presenciados, con aplazamientos y tropezones continuos, igual que unas normas de conducta en la corte absolutamente anticuadas, que causan hilaridad. La crítica mordaz impregna todo lo relativo a una burocracia lenta, incluso corrupta, en el inicio de procesos de investigación que rayan lo absurdo, de tal forma que no podemos calificarla como un drama, sino más bien como una tragicomedia, plagada de colores brillantes y de musicalidad. | ★★ |


    Eva Hernando Romero
    Enviada especial a la 52ª edición del Festival de Gijón
    El jardín

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