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    52 FICX | Día 3

    Xenia

    El resurgir heleno

    Crónica de la tercera jornada de la 52ª edición del Festival de Gijón.

    La lluvia en la tercera jornada del Festival Internacional de Cine de Gijón hizo que las colas para conseguir entradas, ya de por sí abarrotadas desde el inicio del festival, se doblasen, con muchas sesiones con el aforo ya completo. Seguro que Foster Wallace hubiera podido escribir algo realmente mordaz o divertido acerca del mecanismo para hacer cola en un festival de cine al igual que lo hizo para embarcar en un crucero, pero eso Foster Wallace, a mí no se me ocurre nada divertido. Era, además, el día en que se presentaban en la Sección Oficial dos apuestas fuertes de las que se había oído hablar los días anteriores y, ambas, con directores relacionados con el New Queer Cinema, aunque muy diferentes en cuanto a resultados se refiere.

    Xenia es el último filme de Panos H. Koutras, después del reconocimiento obtenido con Strella, y que ha pasado por los festivales de Cannes y Toronto causando buenas sensaciones y obteniendo críticas bastante entusiastas. Y una vez vista parece que va a ser de lo mejor, más valiente, original y arriesgado que veamos en este festival. E incluso ofrece momentos memorablemente divertidos. La otra competidora en la Sección Oficial, White bird in a blizzard, del director estadounidense Gregg Araki, fue estrenada en Sundance y cuenta entre su reparto con actores reconocidos en el cine más comercial como Shailene Woodley, Eva Green o Christopher Meloni. Son los papeles femeninos los levantan un filme de resultado irregular que deambula entre diversos géneros sin acabar de aclararse del todo. Sencillamente entretenida pero si las expectativas son altas, ligeramente decepcionante.

    Xenia

    Xenia (Panos H. Koutras, Grecia, 2014)

    Dany, un joven de dieciséis años, viaja desde Creta hasta Atenas acompañado de su conejo blanco Dido, para encontrarse con su hermano Odysseas tras la muerte de la madre de ambos y con la mente puesta en la búsqueda de oportunidades. Una vez juntos deciden ir al encuentro de un padre que para ellos es un absoluto desconocido pero que puede ser la clave para conseguir el pasaporte griego que les permita quedarse en el país. Xenia es un término griego usado para definir la hospitalidad y que cobra en este caso un sentido más irónico que nunca: Atenas se muestra como una ciudad inhóspita para los personajes de Dany y Odysseas, una capital helena en la que se vislumbra el alzamiento y crecimiento de los pensamientos de ultraderecha con tendencias homófobas y xenófobas, donde los criterios y requisitos para permitir la estancia de extranjeros en el país son cada vez más férreos.

    Cierta decepción existencial que a todos puede resultarnos familiar es la que arranca el motor del viaje iniciado por estos dos hermanos —maravilloso el vínculo y la química entre Kostas Nikouli y Nikos Gelia, magníficos ambos en sus papeles—, con sueños y deseos de mejorar su vida; de hallar unas oportunidades que les son negadas y un hogar que nunca han tenido. En el camino encontrarán también la ayuda de un viejo amigo de su madre, dueño de un karaoke, un roba planos de manual que ofrece algunos de los momentos más divertidos de la cinta. Junto con el viaje físico, Dany emprende también un viaje hacia la madurez, en permanente lucha con su desbordante imaginación y con la sensación de desarraigo que su aparente optimismo disimula muy bien. Koutras tiene un filón en la imaginación de Dany para incorporar recursos visuales de diferentes ensoñaciones del protagonista que provocan desde ternura hasta cierto desasosiego en el espectador a lo largo de toda la película.

    Xenia, al contrario de lo que se pueda suponer teniendo en cuenta las premisas de las que parte, no es en absoluto una película triste. Es extrañamente divertida, con un poso de optimismo y alegría, con un gusto remarcable por lo kitsch —la música de Patty Pravo o Raffaella Carrà— o lo directamente hortera, que recuerda al mejor Almodóvar. Los momentos musicales integrados con naturalidad funcionan casi como combustible para los protagonistas y dejan una sonrisa durante minutos. Xenia es por todo esto una propuesta no solo original, sino bien ejecutada e interpretada y a tener en cuenta para el palmarés final. | ★★ |

    White Bird in a Blizzard

    White Bird in a Blizzard (Gregg Araki, Estados Unidos, 2014)

    La desaparición repentina de su madre hace que la vida de Kat (Shailene Woodley), una adolescente de 17 años, dé un vuelco del que debe reponerse para seguir adelante con el apoyo y la ayuda de su padre, humillado ante el aparente abandono de su mujer. Eve (Eva Green) desaparece sin dejar rastro y dejando muchas preguntas y desconcierto en su hija. Ambientada a finales de los 80, White Bird in a Blizzard comienza con colores pastel y luz virginial, presentando la figura de Eve como una mujer hermosa, elegante, distinguida, esposa y ama de casa perfecta que con el paso de los años degenera hacia la oscuridad del más puro desencanto —a una especie Elizabeth Taylor estilizada y aficionada a la bebida—, al hastío absoluto de un matrimonio aburrido y al horror de la pérdida de la juventud creando una rivalidad malsana con su hija Kat.

    Las apariciones de Eva Green en la pantalla son lo mejor de todo el filme: su físico inquietante, su mirada a ratos inestable, su risa, la modulación de su voz, sus gestos de desencanto y las escenas compartidas con Shailene Woodley merecen por sí solas el visionado de la película. El aliciente de ir conociendo detalles del misterioso personaje de Eve es lo que te mantiene expectante desde un principio pero, desgraciadamente, y por contraste, cuando ella no está en pantalla, el interés decrece exponencialmente. El despertar sexual de Kat tras la desaparición de su madre y sus esfuerzos para intentar superar el abandono de ésta, centran —quizá demasiado— la narración, redirigiendo del thriller a una especie de drama adolescente, y lo hace a bandazos y causando cierto desconcierto. Los flashbacks y los sueños de Kat completan este puzle, con una Shailene Woodley que aguanta bastante bien la sensación de falta de rumbo permanente del guion. Libreto que finalmente acaba recurriendo a la trampa, al giro inesperado, destapando la caja de tufillo a telefilme de fin de semana, después de haber acariciado expectativas mayores con un comienzo prometedor. Y es este último twist lo que estropea un decente resultado final. Es cierto que provoca sorpresa, pero sobre todo sensación de engaño y recurso facilón. Araki logra una película muy irregular que alcanza los mejores momentos con las actuaciones de Eva Green y Shailene Woodley. Ellas, junto aun envoltorio estéticamente agradable, son la única razón de ser de esta White Bird in a Blizzard. | ★★★★ |


    Eva Hernando Romero
    Enviada especial a la 52ª edición del Festival de Gijón
    Feelmakers

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