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    Crítica | Fuerza mayor, de Ruben Östlund

    Turist, de Ruben Östlund

    Hecatombe blanca

    crítica a Fuerza mayor (Turist, Ruben Östlund, Suecia, 2014).

    Los esquimales pueden ver hasta treinta tipos de tonalidades de blanco. Para este pueblo, diferenciar cada minúsculo matiz de este color constituye un sistema fundamental de defensa y de supervivencia, mientras que para el occidental, que vive rodeado de croma, toda masa blanca resulta practicamente idéntica a las demás. A veces, es una situación cotidiana y anodina la responsable de visibilizar la eterna gama de grises que mancha el lienzo de una relación familiar que, lejos de lucir ese luminoso blanco que sus miembros intentan proyectar hacia fuera, de puertas para dentro esconde demonios, vilezas e imperfecciones. Con el objeto de demostrarnos que las familias felices no existen y dibujar un retrato lleno de sátira, vértigo y disección emocional llega Turist (Force Majeure —fuerza mayor— en versión francesa), el nuevo largometraje del sueco Ruben Östlund que, aunque aliñado con elegantes litros de humor negro, nos salpica de crítica rabiosa mediante una mayor carga dramática que cómica. Su sólido resultado se ampara en un triángulo compuesto por una estética arrolladora, unos diálogos como armas de doble filo, y un inteligente distanciamiento que obliga al espectador a cambiar sus juicios morales y ponerse en el papel de cada uno de los protagonistas. El comienzo nos traslada a una situación de lo más convencional, en la que un matrimonio encantador y adinerado con una hija y un hijo llega a un lujoso resort turístico en plenos Alpes franceses para disfrutar de unas vacaciones de relax y esquí. El primer y gran detonante del filme tiene forma de alud. Cuando varios huéspedes almuerzan algo en una terraza del complejo una avalancha se aproxima, aterrorizando a la multitud, pero quedándose finalmente en un susto. ¿Qué sucede durante? Ebba, la madre, cubre aterrorizada a los niños con sus brazos, mientras que Tomas, agarra su iPhone y sale corriendo, poseído por un irremediable instinto de supervivencia. Esta experiencia desagradable comenzará a agrietar las relaciones familiares de una forma irreversible, fenómeno que Östlund desmenuzará a lo largo de los siete días que forman este grotesco paréntesis vacacional. Un paraíso artificial que hará las veces de purgatorio bajo la nieve.

    El director de Play envuelve Turist con un halo de tenebrismo en carne viva parecida al del mejor Michael Haneke, una irónica autopsia sentimental de la institución familiar con un aire a Thomas Vintenberg, y por encima de todo, conduce al espectador desde el minuto uno a un clima de incomodidad absoluta. Östlund nos fuerza a rendirnos a la dicotomía constante y a una crítica maliciosa que explora con humor los peores miedos de una burguesía europea que no soporta sentirse fracasada, avergonzada ni nerviosa. ¿Es el amor suficiente, la voluntad de haber formado una institución familiar sólida, la felicidad en torno a sus hijos lo suficientemente inquebrantable como para rescatar al matrimonio de esta crisis post-catástrofe? El planteamiento polarizado en torno a la familia nos remite a los conceptos respectivos de negación y condena, pues mientras Tomas niega los hechos acontecidos y es incapaz de aceptar su instintivo acto de cobardía, su esposa Ebba se obsesiona con el reproche constante y con que sus amigos comunes se suban al carro de emitir juicios éticos ante un marido cuyo ego ya tiene un pie en el precipicio. Así, la vida después del alud nunca volverá a ser la misma.

    Turist, de Ruben Östlund

    Si tuviese que definir esta brillante, provocadora y ácida Turist con una única palabra, ésta sin duda sería patetismo. El patetismo que supone para Tomas haber adoptado una conducta tan terriblemente humana, tan tristemente ordinaria, tan decepcionante para todos aquellos seres humanos con los que comparte cama, copa de vino o plato en la mesa. El patetismo que suponen el tira y afloja y el desencanto conyugal, los rictus de unos amigos sorprendidos, la angustia existencial que empezó como esa espeluznante avalancha, engordándose como una gigantesca bola de nieve. Mientras que Ebba no se caracteriza precisamente por la compasión o el indulto, Tomas encarna una negra caricatura del hombre contemporáneo, todavía amarrado a las pesadas atribuciones machistas, obligado a ser un ángel de la guardia patriarcal y protector de los suyos, pero condenado muchas a veces a comportarse como un antihéroe fracasado y abyecto, frustado entre las expectativas del resto y su descorazonadora vulgaridad. Östlund consigue con su juego macabro que no seamos capaces de odiar lo que no tendríamos la seguridad de sostener con nuestros actos, que nos entristezcamos con el transcurso de unas vacaciones lujosas que se estrellan contra un iceberg de resentimientos, y que nos ríamos avergonzados del ego roto de un hombre que en lugar de ser capaz de exhibir un alarde de absurda e hipotética virilidad en un momento de asfixia, comienza su retiro lúdico con el rabo entre las piernas. También Östlund cuestiona aquí, y con subliminal elegancia, los caducos roles de sobreexigencia y sobreprotección que la sociedad ha reservado tradicionalmente para hombres y mujeres, y que siguen dando coletazos en la sociedad europea actual. ¿De qué pata cojea cada uno? La estrategia de su creador nos hace pegar saltos desde un personaje a otro.

    Turist, de Ruben Östlund

    El potencial visual de Turist es enorme, y apoyado por esa fragmentación narrativa que nos despieza y el avance de la historia por días de la semana, genera una atmósfera de nerviosismo y tensión. Bellísimos planos blancos, vistas espectaculares desde lo alto de las montañas, la nieve cayendo en picado y ese hotel escandalosamente caro de estética kitsch, nos conducen a la claustrofobia. Porque precisamente alejados de la rutina diaria, y a punto de disfrutar de la euforia de las vacaciones en familia, uno de los productos estrella del calendario consumista burgués, la catástrofe no será el alud. Llega con él, pero para quedarse. Habrá carcajadas inevitables, pero traen efectos secundarios. La dosis cómica de Turist viene con cargo de conciencia de regalo, al utilizar a Tomas como un espejo donde proyectar también la cara B de nuestros instintos, un blanco para rememorar nuestro propio cinismo. Al final, el torbellino de conclusiones que saquemos del filme será crítico, pero no moralista, porque no estamos ante un largometraje con moraleja, ni una fábula constructiva acerca de cómo ser buen padre, buen marido o una persona respetable a secas. Östlund logrará turbarnos más que conmovernos, contagiarnos la sensación looser de sus protagonistas, despreciar también lo que nosotros haríamos en su lugar, porque ni siquiera el propio espectador desenfundará el atrevimiento suficiente como para tirar la primera piedra. Turist viene con sorna para recordarnos que las reacciones animales también son terriblemente humanas. | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    Redacción Santiago de Compostela


    Ficha técnica
    Suecia, 2014, Tourist (Turist) (Force Majeure). Director: Ruben Östlund. Guión: Ruben Östlund. Productora: Plattform Produktion / Swedish Film Institute / Film I Vast / Essential Filmproduktion. Música: Ola Fløttum. Fotografía: Fredrik Wenzel, Fred Arne Wergeland. Reparto: Johannes Bah Kuhnke, Clara Wettergren, Lisa Loven Kongsli, Vincent Wettergren. Presentación oficial: 2014: Premios del Cine Europeo: 2 nominaciones, incluyendo Mejor película; Festival de Cannes: Premio del Jurado ("Un Certain Regard"); Premios del Cine Europeo: 2 nominaciones, incluyendo Mejor película; Festival de Sevilla: Giraldillo de oro a la mejor película, mejor guión


    Póster Turist, de Ruben Östlund
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