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    Crítica | La distancia

    La distancia

    Fantasía ventrílocua

    crítica a La distancia (2014), dirigida por Sergio Caballero. | ★★★ |

    El hundimiento de la Unión Soviética como metáfora de lo que pudo ser y de lo que feneció torcido —por cuestiones no ya económicas ni ideológicas, sino mandatarias— consiste aquí en un guarda con tacones rojos que se masturba furiosamente y, muy al trantrán, acosado por el placer más solitario, grita: ¡Pluto! Dos sílabas que adquieren en el desierto nevado de Siberia nuevas dimensiones o se abren a otra dimensión aún desconocida. Los cuerpos mutantes caminan entre dos realidades, ésta irreal, y una segunda invisible. Así, el vigilante sin "dueño" vigila no se sabe bien qué, pero no rehúye un solo día su encuentro con La distancia, performance que le fue robada a su excéntrico autor, ahora recluido junto a una central térmica que dirigía en los buenos tiempos un bolchevique aficionado al esoterismo. Y todo, a los pies de una mina de carbón también huérfana, es decir, sin dueño. Porque éste murió cinco años atrás y olvidó legar sus pertenencias, y el artista/secuestrado se quedó en catre, más solo que Robinson Crusoe, con una máscara de barro medicinal y un zorro pululando a capricho por la estancia, cuya decoración es: un escritorio, dos liebres muertas colgando de un pincho y, más arriba, tres gigantescas pizarras con fórmulas y cálculos matemáticos y el susodicho colchón sobre un antiguo somier de muelles. De esos que recuerdan a los tirantes de P. Tinto, que nunca supo si lo de cumplir con Olivia era cuestión de calidad o de cantidad, aun apostando siempre en sus envites por la tenacidad romana. Ya saben: tralarí, tralarí. Nadie invoca en La distancia a la cigüeña, y la gaseosa es sustituida por ese otro licor que calienta un iceberg y es —¡nasdrovia!— vodka, chupitos ardorosos de vodka; gasolina para combatir un invierno perpetuo y que amenaza surrealismo.

    –Quiero que entres y localices la sala de las calderas.
    –¿No sería más fácil acabar con el guarda?
    –Aquí el que manda soy yo, y además tenemos un timing.
    –Tenemos un timing, tenemos un timing... Me tienes hasta los cojones. Llevo aquí tres días y aún no he matado a nadie.

    Presentada a competición en el recién clausurado Festival de Sitges y en otro relevante europeo como es el de Róterdam, esta parábola de fractales quijotescas —escrita y dirigida por Sergio Caballero— deviene película freak del año. Sin acepciones peyorativas. Pocos sabrán de su existencia, y los que gusten se interrogarán a un tiempo aturdidos y con la imaginación bailando tangos, entre cubos que exhalan blanquecino como botafumeiros nipones y casetes que aúllan penurias de mujeres ¿siendo torturadas?, mientras tres enanos asesinos con la recua al culo y que se comunican telepáticamente urden un cochambroso plan a petición del artista, que reclama su masterpiece; así lo dicen los que saben idiomas. Y este cine no es para todos porque no ha habido nunca uno para todos. Se excede Caballero, eso sí, a la hora de torturarnos con navaja e higadillos muy estéticos que, si no estuvieran, mejor y gracias. A lo largo de siete días, siete capítulos que se consagran a un humor casi imperceptible, más comedia por (d)efecto que por trayectoria argumental, los personajes se desprecian a capones dialécticos, y la prosopopeya, eso tan literario y posmoderno consistente —entre otras travesuras— en humanizar objetos inanimados, o bien funciona o bien te obliga a pensar en el género, precisamente, de animación: se intuye la sátira teledirigida contra Disney y ciertos iconos de la cultura pop (nótese la repugnante mortadela Yoko Ono), cuyas apariciones ya no confieren siquiera halos póstumos, por el qué dirán hoy, ni aristas que pulir con artículos biodegradables. Tal vez sea una vendetta personal del autor; un guiño a su vertiente musiquera.

    La distancia

    Viendo La distancia rememoro mi estupor y mi hipnótico aturdimiento tras leer El Aleph de Borges, o La invención de Morel, obra capital de Adolfo Bioy Casares. La leí yo como quien intenta leer un espectro que ignora su condición, un espectro que relata su final desde lo que para él semeja un principio, intentando despiezar la fastuosa maquinaria del genio en aquella isla —Villings— poblada por imágenes que se repiten, se repiten, se repiten con nitidez y con algunas interferencias que en realidad son elecciones (in)conscientes. | |

    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid


    España, 2014, La distancia. Guión y dirección: Sergio Caballero. Fotografía: Marc Gómez del Moral. Música: Pedro Alcalde, Sergio Caballero. Reparto: Michal Lagosz, Alberto Martínez, Jinson Añazco, Roland Olbeter, Shopie Las Vegas, Pere Celma. Productora: Sonar / Arcadia Motion Pictures.


    Póster: La distancia
    El fulgor efímero

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