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    [TIFF] Crítica | La señorita Julia

    Miss Julie, de Liv Ulmann

    Gritos y susurros

    crítica de La señorita Julia | Miss Julie, de Liv Ullmann, 2014

    Escrita por August Strindberg en 1888, Miss Julie fue, en su momento, una obra de teatro que retrataba de forma pionera la diferencia de clases teniendo en cuenta la dominancia de los hombres sobre las mujeres, y el lugar que cada uno tenía en la sociedad. Estamos a finales del siglo XIX, cuando la aristocracia todavía forma parte importante del statu quo de Occidente, y un lacayo no podía permitirse la verbalización de sentimientos. A la manera de Emma Thompson y Anthony Hopkins en Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993), pero con unas emociones mucho más despiadadas y dolorosas, Jessica Chastain y Colin Farrell se cuestionan el uno al otro lo que ambos piensan y sienten sobre sí mismos y sus circunstancias. Julie se siente atraída por John, pero él esta prometido con Katherine, el ama de llaves de la casa. Julie, ejerciendo su poder como señora, obliga a John a acercarse a ella, a servirla y a convertirle en poco menos que en un esclavo. Pero él, como hombre, se permite manipularla apoyándose en sus emociones. Así, uno y otro, mantienen, a lo largo de dos horas, una tenso vis a vis entre varias estancias de la casa; principalmente en la cocina, pero también el dormitorio y el jardín, componiendo un hermoso tríptico casi pictórico sobre los corsés sociales.

    El tratamiento de Liv Ullmann es puramente dramatúrgico. Su minimalismo, que espantará al amante de lo convencional, hacer recordar a experimentos recientes como la obra de Von Trier Dogville. Una metodología dogmática, hierática y escasa de elementos estridentes. Una técnica en desuso que la cineasta escandinava rescata como si desde la butaca observara su amante y mentor Ingmar Bergman. Enfrente, tres actores que se mueven por un set concebido como si fuera la tarima de un teatro, donde hasta las pisadas tienen la misma sonoridad, y las declamaciones adquieren los mismos ecos. Las interpretaciones son de un carácter alejado de la contención de la narrativa cinematográfica. Jessica Chastain hace uso de todas sus tablas para componer el que es uno de sus papeles de su carrera, de una desnudez brutal que intimida; grita hasta el llanto, se arrastra, se mancha de sangre, y roza el patetismo en medio de la pantalla. Uno se siente incómodo, pues Ullmann se muestra muy poco pudorosa con las miserias expuestas. John disfruta de su poder sobre ella, del hecho de que pierda su honor ante la sociedad recurriendo a una atracción física a la que ayuda mucho la elección de Colin Farrell, actor con algo menos de soltura, pero igualmente solvente que, en sus momentos más álgidos, roza por poco la sobreactuación. Y en el tercer rincón, Samantha Morton sacando lo mejor de sí en un papel pequeño pero triste. Miss Julie supone el placer de ver a dos buenos actores haciendo su trabajo sin nada más a su disposición que ellos mismos. Y cuando tienes un buen texto de fondo, el resultado, aunque sea más o menos exigente, es siempre placentero. Más del ciento por cien de la obra son ellos. Un ejercicio actoral tan anacrónico como insuperable en la actualidad.

    Miss Julie, de Liv Ulmann

    Aunque Miss Julie ha sido un texto en constante revisión y adaptación desde 1912, llegando incluso ha ser representada como ópera, su mensaje se transmite con un impérterrito clasicismo que evita romanticismos superfluos, razón por la que en versiones recientes, como la caracterizada por Safron Burrows y Peter Mullan en 1999, el material acaba convirtiéndose en algo más cercano a Emily Brönte que a un verdadero cuestionamiento de las clases sociales y el poder del sexo en la sociedad. Era evidente pues, una vez comenzada la película, al ver que Ullmann ha tenido la valentía de ser fiel al espíritu del texto, que los simpatizantes se contarían con los dedos. No sólo las declamaciones y diálogos carecen de cualquier licencia moderna, es que los movimientos de los actores están planificados como en un acto escénico. Lo que muchos calificarán de estatismo no es otra cosa que el estudio minucioso de ubicación del actor en escena. Cada paso, cada gesto, en cada momento. Como en una partida de ajedrez, donde las fichas se van moviendo de forma pausada con el objetivo de derribar al contrario. Así es como la directora concibe y dirige este mosaico. No responde a falta de celeridad o pereza narrativa. Es teatro puro. Las únicas convenciones cinematográficas son el prólogo, el epílogo, y las temas musicales elegidos, que ayudan a dar respiro a la tensión e incomodad en varios momentos. Composiciones clásicas de Schubert, Bach o Chopin que enmarcan este particular retrato de las miserias y deseos de la aristocracia. Julie merecería el mismo trato de heroína romántica que personajes como Emma Bovary o Catherine Heathcliff; el problema es que la naturaleza de su texto es más intelectual que emocional, y por tanto menos inmediato. Es una obra bipolar, que pasa de una contención hipnótica a un histerismo desfasado que puede resultar ridículo y maravilloso al mismo tiempo, al ver cómo esos actores levantan, solos, instantes tan vergonzosos como obsoletos ante la conciencia actual. Su destino es pasar desapercibida. Por suerte, la bella señorita Julie encontrará, entre los puristas, a su amante perfecto.
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    Gonzalo Hernández
    Enviado especial al Festival de Toronto 2014


    Reino Unido, Noruega, 2014, Fröken Julie, Miss Julie. Dirigida por Liv Ullmann. Guion: Liv Ullmann (Obra: August Strindberg). Productoras: Wild Bunch / Maipo Film / The Apocalypse Films Company / Media House Capital. Presentación oficial: Festival de Toronto 2014. Fotografía: Mikhail Krichman. Música: Arve Tellefsen, Havard Gimse, Truls Mørk. Reparto: Jessica Chastain, Colin Farrell, Samantha Morton, Nora McMenamy.


    Poster: Miss Julie, de Liv Ulmann
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