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    Crítica | Zulú, de Jérôme Salle

    Zulú, de Jérôme Salle

    La redención nunca es gratis

    crítica de Zulú | de Jérôme Salle, 2013

    Fuera de concurso, y como clausura, se proyectó en la edición 66ª del Festival Cannes Zulú, un extraordinario thriller francés acuñado por el director Jérôme Salle, e inspirado en la novela homónima de Caryl Ferey. Ambientada en una sórdida Sudáfrica todavía atormentada por las secuelas del apartheid, una pareja de policías halla muerta a una joven adolescente blanca que da pié a una intrincada y compleja investigación, en escenarios muy diversos que abarcan lujosos chalets, barriadas turbias de Ciudad del Cabo, bosques, desiertos y vertederos. Lo que parece un asesinato de corte aislado abrirá las puertas de una estupenda historia de intriga policíaca donde se darán cita intereses gubernamentales, peligrosas drogas de diseño, secretos guardados por la informática, tiroteos encarnizados, tragos de whiskey en la oscuridad de la comisaría, y por encima de todo y como principal ingrediente de potente denuncia social, una violencia extrema y explícita que convierte a Zulú en un filme sangriento y duro no apto para todos los estómagos. El dúo policial interpretado por un oscuro Orlando Bloom (cuyo sambenito de años atrás como icono para adolescentes dista mucho del gran papel que lleva a cabo en esta película) y un Forest Whitaker duro y valiente, se enfrentará a un caso que transformará plenamente sus vidas y los obligará a hacer frente a sus demonios internos, desde el alcoholismo, a los problemas sentimentales, infidelidades y rencillas familiares. Jérôme Salle adapta de manera inteligente y vivaz, junto a Julien Rappeneau como co-autor, la novela que proporciona esqueleto narrativo a Zulú, y a través de los estandartes clásicos del thriller, el género del crimen, el suspense y las pesquisas detectivescas efectúa una disección de los principales lastres que arrastra Sudáfrica; sus fuertes contrastes económicos, el persistente conflicto racial y la acuciante pobreza de la inmensa mayoría de sus entornos; Sudáfrica es aquí casi un personaje en sí mismo, pues la estética cálida y el exotismo de sus parajes, los contrastes lumínicos y su peligrosa pero hermosa vegetación son la perfecta metáfora para retratar su sociedad y sus complejas problemáticas. La fotografía nace de la autenticidad de su territorio y la violencia que en él se respira, por eso le confiere a una historia completamente ficcional un aura cuasidocumental de realismo descarnado, un “no pasó, pero podría haber pasado, podría estar pasando ahora, o podría pasar mañana”

    Zulú, de Jérôme Salle

    Ali y Brian (respectivamente Whitaker y Bloom) realizan los pormenores de la investigación generalmente separados, y se enfrentan a su angustiosa vida personal de manera independiente, pero los une un vínculo íntimo muy importante y que la trama refleja con énfasis: ambos son seres profundamente solitarios y atormentados, que como el país en el que les ha tocado nacer, cargan con las cadenas de un pasado difícil de tirar por la borda, también simbolizan el legado cultural de sus antepasados ligado al color de sus pieles: uno blanco y otro negro, pertenecen a posturas históricamente contrapuestas, pero esto no representa ningún obstáculo en su amistad ni en el desarrollo de su actividad profesional. Brian es más autodestructivo, impulsivo y agresivo cuando se siente amenazado, sin embargo Ali sustenta su conducta en la creencia en el perdón, en la capacidad de redimirse y curarse de los propios errores por una vía más espiritual. Así, encarnando la brutalidad como sanación y el olvido del pasado como vía de superación, los dos actores simbolizan la esencia fundamental de esta historia; dos vías completamente, en teoría, diferentes para alcanzar la tan ansiada redención. Un camino lleno de muertos, de polvo blanco, de disparos, de discusiones y de sangre que no se ahorra escenas de alta crudeza para reflejar la rabia que sacude a los dos polis ni la masacre de violencia que golpea el país. Zulú ofrece una investigación sin respiro, original, con ingredientes de esos que funcionan (la secuencia del desierto es magnífica, así como los interrogatorios que un furioso Orlando Bloom, cigarro en boca, comienza a realizar a fiestro y siniestro). Las historias secundarias me resultan bastante interesantes, ya que muestran diferentes ejemplos de modelos de vida en una sociedad desnivelada, y emociones reales que sacuden las ambiciones de sus protagonistas. Zulú mezcla con agallas, (y acierto, no todos los cócteles de género saben bien al probarlos luego), suspense, asesinatos, sociedad y política, y discute la cuestión ética del perdón sin caer en moralismos baratos, saliéndose del relato usual de la investigación ordinaria de un crimen. La duración no resulta excesiva, los giros argumentales son prolíficos y los planos más impactantes no son gratuitos, ya que muestran las cicatrices abiertas de una Sudáfrica que sigue sangrando el apartheid y el racismo, y el tándem protagonista convence con interpretaciones sólidas. Zulú consigue lo más importante de un thriller de intriga: revolver tripas, cerrar miradas, e inflamar la conciencia política que, muchas veces por desinformación mediática o apatía, tenemos apagada. La dureza de los descubrimientos policiales y el buen puñado de muertos que aparecen en pantalla son necesarios, y su fotografía típicamente africana hace de la puesta en escena un gran punto a su favor. Quizá no tenga a sus espaldas una gigantesca campaña publicitaria al nivel de las superproducciones hollywoodienses, pero, para los que tengan el gusanillo de acción, vísceras, y denuncia social comprometida, no hace falta. Toda una sorpresa. | ★★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela

    Francia, 2013, Zulú. Director: Jérôme Salle. Guión: Julien Rappeneau, Jérôme Salle (Libro: Caryl Ferey). Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Denis Rouden. Reparto: Orlando Bloom, Forest Whitaker, Tanya van Graan, Natasha Loring, Sven Ruygrok, Adrian Galley, Conrad Kemp, Roxanne Prentice, Tinarie van Wyk Loots, Dean Slater, Kelsey Egan, Richard Lothian Productora: Eskwad / Pathé. Presentación oficial: 2013: Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes (fuera de concurso).

    Zulu póster
    El fulgor efímero

    4 comentarios:

    1. Cesc Harridchier7 de mayo de 2014, 22:02

      No estaría de más añadir que es una película extremadamente estúpida en la que el malo se niega a morir y en el que los personajes son aun más absurdos que las situaciones. El show de Truman en gore coreano. Un insulto al espectador que solo un gafapasta vería como digno de pagar por ello.

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    2. Maria José Díaz-Maroto18 de mayo de 2014, 22:13

      Muy de acuerdo Cesc, la verdad es que yo cuando la vi también pensé lo de "El show de Truman" por varios motivos, entre ellos Ed Harris. Efectos especiales muy regulares, por mucho que sea una lucha contra el poder impuesto es una aberración que durante los primeros 45 minutos es insufrible... si ya has aguantado... pues puede que al terminarla te guste de puro alivio.

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    3. Gracias no dejarme solo... No es la primera vez que leo maravillas sobre este filme que me dejan alucinado. Es como ir a una exposición y encontrarte que un 'artista' ha guardado 25 gramos de sus heces en una lata y escuchar a un grupo de críticos analizando el arte y el transfondo humano en la lucha de del individuo por ser original... La muerte sería mejor que vivir en ese tren de LSD. O también sería mejor morir antes que ver la película una y otra vez...

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    4. Maria José Díaz-Maroto28 de mayo de 2014, 23:43

      No te preocupes, sé lo que se siento, a mí también me pasa eso con "8 apellidos vascos"....

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