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    Crítica | Aprendiz de gigoló

    Aprendiz de gigoló, de John Turturro

    Otoño en Nueva York

    crítica de Aprendiz de gigoló | Fading Gigolo, de John Turturro, 2013

    Hay pocos actores que representen tan bien el compromiso con el cine independiente como John Turturro. Tres décadas de firmeza en sus criterios para la elección de papeles le han permitido convertir a sus rizos y sus gafas de pasta en todo un icono de esas películas “al margen”. Y construirle un sólido currículum como actor fetiche de los Coen y Spike Lee. Además de protagonista con algunos tótems del cine de autor de ayer y de hoy: Michael Cimino, Robert Redford, Tom DiCillo, Nicolas Winding Refn y Noah Baumbach le han tenido a sus órdenes. Pero las inquietudes de Turturro le han empujado también a ponerse al otro lado de la cámara. A convertirle en un cineasta que ha construido su filmografía como autor en torno a una fijación por la temática de la “gente corriente”, las historias en pequeño angular. Sazonándolas con dos toques muy personales: su amor por Nueva York, escenario de sus cuatro largos de ficción, y su condición de hijo de inmigrantes italianos. Aprendiz de gigoló vuelve a aplicar punto por punto estos principios básicos. Pero le añade la presencia de otro enamorado de la Gran Manzana, con quien comparte protagonismo en el filme: Woody Allen. El tándem, visto ahora, parece tan inevitable que sorprende que haya tardado casi treinta años en producirse. Turturro solo había coincidido con Allen poniéndose a sus órdenes con un papel fugaz en Hannah y sus hermanas.

    Precisamente en la dupla de “maduritos” que forman Turturro y Allen, el primero el gigoló del título y el segundo su improbable proxeneta, reside buena parte del encanto de la película. En ese gran conglomerado de microcosmos opuestos que es Nueva York, ambos representan personajes desorientados ante un mundo en parte cambiante, y en parte demasiado inmovilista. Son testigos de tradiciones con encanto que se apagan (la librería de varias generaciones familiares en la que ambos trabajan) mientras sobreviven viejos dogmas de intolerancia (representados por la cerrazón del barrio judío que retrata la película). Dos neoyorquinos de marcada identidad “extranjera” (uno italoamericano y el otro judío) que no terminan de encajar en los microcosmos que les impone esa identidad. Ambos, además, forman una pareja de protagonistas estrictamente irreales. Allen como un judío cabeza de una familia afroamericana, Turturro como un inocuo florista que de la noche a la mañana se convierte en un gigoló de exquisitas artes amatorias, capaz de satisfacer e incluso enamorar a milfs adineradas en busca de emociones fuertes.

    Aprendiz de gigoló, de John Turturro

    El juego con dos personajes tan imposibles funciona también por los aderezos. El toque de humor surrealista lo pone un Woody Allen que, afortunadamente, hace de Woody Allen. Y el contrapunto melancólico lo aporta el marcado tono otoñal de la película, que se detiene en planos de los árboles desnudos de hojas, tiñe su fotografía de pardos apagados y deja sonar temas de jazz añejo. Ese tono, trasladado al guión, engancha con el elogio que, en el fondo, hace Turturro de ciertos trabajadores del sexo. De aquellos, entiéndase, que juegan a la seducción sin prisas, bañada en cócteles caros. El personaje de Turturro termina funcionando más como un terapeuta contra la melancolía, y la cámara llega a arrancar ciertos destellos de autenticidad de lo que en principio deberían ser meras escenas de sexo. Sobre todo en las apariciones de una sorprendente Vanessa Paradis, que por momentos llena la pantalla con un personaje de delicada vulnerabilidad, saliendo bien parada de ese difícil juego que consiste en mostrarse sensual desde el recato.

    Ahora bien, Aprendiz de gigoló se queda, precisamente, en poco más que momentos. Tiene la virtud de atrapar instantes de extraña belleza, pero en conjunto funciona como una banda de jazz en una noche de improvisación poco inspirada. La efectividad del tándem actoral Allen-Turturro y las apariciones de Vanessa Paradis queda algo desdibujada por la dispersión de una película que, además de ser excesiva en subtramas, falla en su ensamblaje. Especialmente con las apariciones de Sofia Vergara y Sharon Stone, que solo aportan presencia física y alguna escena de sensualidad demasiado buscada. Y con un giro final hacia la comedia disparatada con toques de cine criminal que pone la guinda al caos del conjunto. Así, lo nuevo de Turturro funciona sobre todo si se saben paladear sus momentos de inspiración. Evitando caer en falsas expectativas: la trama de enredos amorosos y la presencia de Nueva York, el jazz y el propio Woody Allen pueden hacer esperar de ella algo muy distinto a lo que termina siendo. | ★★ |

    Miguel Muñoz
    redacción Madrid

    Estados Unidos, 2013. Director: John Turturro. Guión: John Turturro. Productora: QED/Antidote Films. Presentación: Festival de Toronto 2013. Fotografía: Marco Pontecorvo. Montaje: Simona Paggi. Banda sonora: Abraham Laboriel, Bill Maxwell. Intérpretes: John Turturro, Woody Allen, Sharon Stone, Sofía Vergara, Vanessa Paradis, Liev Schreiber, Max Casella, Bob Balaban, Michael Badalucco.

    Póster de Aprendiz de gigoló
    El fulgor efímero

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