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    Crítica | La Venus de las pieles

    La Venus de las pieles, de Roman Polanski

    Psicoanálisis vocacional

    crítica de La Venus de las pieles | La vénus a la fourrure, de Roman Polanski, 2013

    La cámara atraviesa un gris bulevar escoltado por dos filas de árboles. Llueve en París, y el frío se filtra a la ropa interior. La nube es una cabellera entrecana cuyos mechones oxigenan la superficie. Un paso, dos pasos, tres pasos. ¿Claqueteo de tacones sobre la piedra centenaria? Después, como quien gira el cuello para examinar un escaparate en la acera de enfrente, el plano —una secuencia sin cortes, que no plano secuencia— gira hacia la derecha sin alterar la trazada rectilínea que, poco a poco, se escora más y más, desprendiéndose del suelo y cruzando la solitaria carretera que conduce a la entrada de un teatro. Te dejas ir: no tienes más remedio. Quieres conocer la fábula. Eres parte de la retorcida ensoñación que ha compuesto Roman Polanski, quien le ha pillado el punto a las tablas en cine y encadena ya dos adaptaciones seguidas, tras Un dios salvaje. Has penetrado en su mundo; que no lo es porque se trata de una historia cuyo germen primero se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, cuando el austríaco Leopold von Sacher-Masoch acuñó o inspiró la enésima parafilia hecha literatura. Esto es, el maso(ch)quismo. Ahí es nada. Te dejas llevar y lo que pase entre bambalinas, quedará entre todos los espectadores. Aquí, meros voyeurs a través de la mirada del gran mirón y autor de obras maestras como La semilla del diablo y Chinatown.

    Te sumerges, no sin cierta intriga, en la plasmación cinematográfica de la obra teatral Venus in Fur, de David Ives. Ya en el patio de butacas, te das la vuelta y ves a la mujer que bien podría haber abierto ese mismo portón que acabas de cruzar: el juego es tan sutil y tan sencillo y tan endiabladamente desconcertante, que te es imposible discernir entre lo objetivo y lo subjetivo. ¿Acaso no era la mirada de la mujer la misma que cruzaba el bulevar, y la que se elevaba cual fantasma justo antes de adentrarse suavemente en la obra que iba a protagonizar ella? La "víctima" habla por teléfono, escupe su desagrado y asegura que las candidatas no tienen nivel, y que una de ellas llevaba incluso ortodoncia —¡adónde vamos a ir a parar!—. Un desastre. Un desastre. Reúne los bártulos mientras se niega a concederle una prueba a la recién llegada. No, no; repito: no. Otro día. Y si... No. Y si... N-n-n-no. Y si... Quizá con... Esto... Hmmm, tampoco. Me voy. (...) Si hasta he traído un vestido de época. Necesito el trabajo, estoy empapada, he recorrido media ciudad y... De verdad que... Si pudiera... (...) En fin... Si insistes. Qué remedio. Plasta, la tía. Leamos el libreto. Yo, adaptador, te daré la réplica. Sí, sí, empieza. Página tres. Y es entonces cuando se desata el Apocalipsis de la no-pulsión, del ritual inconcluso, del erotismo, de la contrarréplica embutida en cuero y con botas altas de chúpame la punta de dominatrix sin labrador al que someter. ¿Ves esto? Se mira pero no se toca. La ficción es mórbida, más (ir)real que nunca: se confunden las palabras del libreto (dentro del libreto) teatral con las del guión cinematográfico, y los personajes son líquido goteando a través de la pantalla.

    La Venus de las pieles, de Roman Polanski

    El cineasta es dramaturgo y la seducción, francesa. Aun rozando el medio siglo, Emmanuelle Seigner (La escafandra y la mariposa; con el plus o agravante de ser la actual mujer de Polanski) obliga a pensar en el tópico del "papel a medida". No se concibe a otra actriz en el doble rol duplicado de Venus/Vana/Reina/Sometida que perturba la existencia del muy menudo y con el pelo campaniforme Thomas, cuya emulación recae, no sin tino, en Mathieu Amalric. Señor (o Mujer), apiádate de mí. Mujer (o Dios Cruel), ¿eres tú? O, mejor aún, y parafraseando al Marqués de Sade, que algo sabía sobre la condición humana: "Nada más simple que amar el envilecimiento y encontrar goces en el desprecio". A Polanski le sobra talento para, con muy poco, erigir un artefacto diabólicamente divertido. Un filme cuya conciencia posmoderna se impone casi inconscientemente a la mejor praxis clásica: si las personalidades se desdoblan, si cualquiera es nadie y la ficción es una simple excusa para seguir siendo esclavos, ¿por qué soñar con ser libres? Pura ficción: Faraday hecho jaula. Quizá no sea gran cosa, sólo humo esparciéndose por la estancia. Una aparición a los pies del arco de embocadura; sobre un diván de cuero granate que gime al tacto y sin más compañía que una luz picada a ≈ 45-60º. Son pulsiones irrefrenables. A veces, incluso, muy repulsivas. Una insinuación nada vulgar. Una locura tenue. Ese teatro de la crueldad que, según Derrida, "expulsa a Dios de la escena". No por ateísmo, ni siquiera por la muerte de Dios o el uso de una lógica filosofante; sino gracias a la consecución de un espacio no-teológico. Porque Dios es ahora mujer. Y ha cambiado el rezo por el flirteo. | ★★★

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    Francia, 2013, La vénus a la fourrure. Director: Roman Polanski. Guión: Roman Polanski, David Ives. Fotografía: Pawel Edelman. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner. Productora: R.P. Productions / Les Films Alain Sarde. Presentación oficial: Sección Oficial de Cannes 2013.

    La Venus de las pieles, de Roman Polanski póster
    Feelmakers

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