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    Crítica | El último de los injustos

    El último de los injustos

    Más niveles de un episodio histórico

    crítica de El último de los injustos | Le dernier des injustes, de Claude Lanzmann, 2013

    Existe un malintencionado comentario sobre el cine español que dice que solo ofrece sexo gratuito y películas de la Guerra Civil/Posguerra. Lo que muchos de estos chistosos no entienden es que, primero, el sexo forma parte de la vida cotidiana, dice muchos de las personas y no hay nada malo en su representación en pantalla y, segundo, la Guerra Civil y la consiguiente Posguerra fueron periodos que, todavía hoy, tienen sus luces y sus sombras. Hace casi 80 años del estallido del conflicto, y queda mucho que decir. Y debe ser dicho. Salvando las distancias, puede decirse lo mismo del Nazismo y la Solución Final. Y de muchos enfrentamientos de este tipo. Las ramificaciones son complicadas, y cada documento, de cualquier naturaleza, que pueda crearse añadirá algo interesante a la mezcla. Panfletista u objetiva, cualquier aportación merece la pena. En este sentido, Claude Lanzmann ha dedicado toda su carrera, y lo que le queda, a escarbar sobre los recovecos de la Historia. Su filmografía es valiosa como pocas para la historia del cine, y su compromiso y constancia son admirables. Al hombre que dio al mundo Shoah (1985) no se le puede hacer grandes reproches. Al menos no desde el punto de vista personal.

    Se puede decir, eso sí, que El último de los injustos está rodada de forma pedestre. Sin apenas esfuerzo por hacerla atractiva cinematográficamente hablando. Se puede decir que Lanzmann exige quizá demasiado al espectador, con 3 horas y 40 minutos de metraje y varios parajes áridos como un desierto. La cinta arranca con un rótulo de varios minutos donde el cineasta explica el origen de la cinta. Desde el comienzo se ponen las cosas claras para que el espectador pueda sumergirse en la propuesta. En 1975 grabó durante una semana a Benjamin Mulmerstein en Roma. Siempre quiso usar tan valioso material pero no supo cómo, hasta que hace unos años tuvo la inspiración. Visitaría varios de los lugares que Mulmerstein nombra en la entrevista, leería extractos de su libro Terezin. Il ghetto-modello di Eichmann y se valdría de dibujos y cuadros que recrean el ambiente de los campos de concentración. Tras su paso por Cannes y el Festival de Cine Europeo de Sevilla, entre otros certámenes, llega a la cartelera española en multidifusión. Simultáneamente está en Filmin, en el que es el primer estreno de este tipo del año.

    El último de los injustos

    Ya durante su visita a Sevilla, el director habló de como el arte era la mejor aproximación para hablar de un tema tan espinoso. Recordemos que Shoah no contenía imágenes de archivo, así que es justo decir que Lanzman confía en la fuerza de la palabra. El camino a la (im)posible objetividad pasa por la lectura de los ya nombrados fragmentos del libro. Fragmentos que en ocasiones toman hasta 10 minutos de metraje, y que son traídos a la pantalla con puro afán documentalista. La película dedica buena parte de su generoso metraje a hablar de la figura de Mulmerstein como último de los presidentes del Consejo judío, encarcelado bajo la acusación de colaboracionismo con los nazis y el único de los tres que sobrevivió presidentes. Theresienstadt fue una ciudad de prueba que los nazis usaron para demostrar que podía existir un gueto ideal. Mulmerstein desmonta la fachada. De hecho, usa la película de propaganda nazi El Führer da una ciudad a los judíos para comprobar las intenciones del poder alemán, un retrato que se asemeja a una ciudad de vacaciones.

    La entrevista es una magistral clase de elocuencia por parte de Mulmerstein, donde barbaridades son razonadas con sentido. Lanzmann se muestra incisivo y no se achanta ante la fuerza de su entrevistado, pero no puede reprimir –ni en 1975 ni en la actualidad– su simpatía innata por tan peculiar persona. Como buen entrevistador, le da cancha para expresarse y le interpela cuando lo considera necesario. El libro también se prueba eficaz fuente de información, unido a las imágenes recogidas que la cámara del director recoge en sus paseos por las zonas donde los hechos tuvieron lugar. En un ejercicio de montaje cargado de precisión, se logran crear instantáneas para el recuerdo. Lugares cargados de sufrientes fantasmas que reviven ante nuestros ojos y cuya historia pesa. Amén de la culpa por no saber más de aquel turbio experimento. Aunque es un adjetivo muy manido, y mal usado en bastantes ocasiones, “importante” viene a la mente para hablar de El último de los injustos. Lo que narra debe saberse. Es crucial para entender mejor las múltiples capas del nazismo. Por eso se puede perdonar al francés la pobreza de su lenguaje cinematográfico. El esfuerzo es monumental, sí, pero también son primitivas las tomas rodadas desde el coche. La imaginación a la hora de rodar los paseos del director por las zonas que acogieron los hechos reales es nula. Es casi imposible asumir la cantidad de datos que el cineasta lanza en cada lectura o disertación. Pero el material es tan poderoso que la calidad de la película no mengua mucho por su estéril estilo. Le impide ser una obra maestra, todo hay que decirlo, pero no el ser una cinta rotunda. Inagotable y perfecta para varios visionados. Ver la película de una sentada es todo un desafío, sí, pero es uno de esos que recompensa con creces. Aunque parecía imposible, sobre todo en el género documental, Claude Lanzmann ha vuelto a dejar para la historia del cine/Historia una pieza de obligatoria visión. | ★★★

    Adrián González Viña
    X edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF 2013)

    Francia, Austria, 2013. Título original: Le dernier des injustes. Dirección y guión: Claude Lanzmann. Fotografía: Caroline Champetier. Productora: Synecdoche / Le Pacte / Dor Film Produktionsgesellschaft. Presentación: Cannes 2013.

    El último de los injustos póster
    El jardín

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