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    Crítica | Maternity Blues

    Maternity Blues

    MADRES SIN DERECHO A SERLO

    crítica de Maternity Blues | Fabrizio Cattani, 2011

    Por lo general la maternidad se enfoca con ilusión, como un regalo o una experiencia vital fundamental, un sacrificio ciertamente, pero de constante y eterna recompensa. Sin embargo, en una de las mejores películas estrenadas en nuestro país en las últimas semanas, Stoker (Park Chan-wook, 2013), una madre le dice a su hija que muchas veces se ha preguntado por qué las personas tienen hijos, y pasa luego a argumentar una posible justificación. Para ella ser madre es visiblemente un calvario, y no solo por el dolor del parto sino por el agobio y las penurias que vienen después… y por no sentirse capaz de entender y de cuidar de su hija. Casualidad o no, esta semana se estrena otra película que nos muestra ese lado oscuro de la maternidad, aunque no ya centrada en la problemática relación materno-filial, sino directamente en unas mujeres que han perdido toda empatía hacia sus retoños, que, como dice uno de los personajes de esta película, carecen de instinto maternal. Sus hijos no significan pues nada para ellas, más allá de un ahogo existencial insostenible, y por ello finalmente se ven obligadas a quitarles la vida. Es una premisa polémica y provocadora que aventura un drama desgarrador en toda regla.

    La historia se inicia en concreto con la llegada de una de esas “madres” a un hospital para ser internada, después de haber pasado un tiempo en la cárcel (lógicamente condenada por un doble filicidio). En un estado de depresión aguda, esta protagonista apenas tiene fuerzas para reaccionar ante lo que le ocurre, y dice querer solo acabar también con su vida. Con todo, en el centro va conociendo a otras ex-madres que están en una situación análoga, va intimando con ellas y llega a considerarlas sus amigas. Entre ellas están una joven enamoradiza, con crisis esporádicas, que se quedó embarazada siendo adolescente; una mujer mayor que mató a sus hijos por razones de ansiedad y de irresponsabilidad de su marido; y una mujer rebelde que hizo lo propio por razones un poco más oscuras. Pero no hay razones posibles para tal comportamiento, un acto que a la vista de la sociedad resulta completamente irracional y punible a perpetuidad. Por ello el interés principal de Maternity Blues (Italia, 2011) consiste en seguir las vivencias de estas mujeres, aisladas voluntaria e involuntariamente en dicho hospital, exigiendo una identificación con ellas que nuestro cuerpo nos impulsa inicialmente a rechazar.

    Maternity Blues

    Fabrizio Cattani y su equipo lo logran circunscribiendo casi toda la acción al interior de ese establecimiento, y presentando a estos personajes de la forma más natural posible, evitando juzgarlas y tratando de comprenderlas, aunque, volviendo a nuestro comentario inicial, ellas mismas no pudieron hacer ese esfuerzo con sus hijos. Estamos por tanto ante un historia de emociones a flor de piel, de decorados bastante ceñidos y de situaciones que acaban resultando cotidianas, lo cual nos conduce hacia el terreno del melodramón televisivo. Pero la culpa de que esta película acabe dando esa sensación la tiene sobre todo su planificación técnica, con una gran mayoría de las secuencias rodadas como si se tratase de una producción barata para la televisión abierta. En efecto, dichas secuencias están rodadas básicamente con el llamado plano máster, un plano general de situación del lugar y de los actores, que cubre toda la acción; y con primeros planos de cada uno de ellos, que suelen ser dos, quietos y sentados frente a frente o lado a lado. Es por tanto como si se rodase con tres cámaras a la vez, una en el centro para captar ese plano más general, casi siempre estático, y las dos laterales para los planos más cerrados: división que es la tradicional del mundo televisivo. Ello permite ir cortando de una a otra en cualquier momento, sin preocuparse por fallos de continuidad, y da también la sensación que así ha sido hecho el montaje de esta película, pues los cortes de uno de los primeros planos al otro o al general son frecuentes y en ocasiones gratuitos. Dicho esto, hay excepciones que nos recuerdan que estamos viendo una película con algo más de presupuesto, como algunos planos secuencia más elaborados, destacando uno del interior de la lavandería que nos va introduciendo sucesivamente a varios personajes, que pasan a dialogar sin que se corte a sus planos más cerrados. Esto último además no es arbitrario porque en ese momento están hablando de cosas triviales y, como sientan los cánones, los primeros planos no son entonces ni necesarios ni justificados. Pero como en casi todo el metraje las conversaciones giran en torno al dolor, a la angustia, a los recuerdos y a la vida que se está yendo de las manos, dichos planos sí están plenamente fundamentados y domina pues la planificación tan ortodoxa como poco original que hemos detallado antes.

    Hay además otros aspectos que refuerzan esa apariencia de telenovela que no le hace ningún favor a la cinta, pues conlleva que un material ya de por sí sensible y excesivo derive ocasionalmente hacia lo grotesco. Hablamos de una banda sonora tan impersonal como el mencionado estilo visual, que pretende contagiarnos las lágrimas que a menudo presenciamos en la pantalla, pero que conduce más bien hacia un distanciamiento escéptico opuesto a la difícil cercanía que habíamos visto que Cattani conseguía hasta cierto punto. E igualmente nos referimos ahora a una falta de dinamismo que, acompañada de una ausencia casi total de evolución en la trama y en las motivaciones de sus personajes, convierte a este largometraje en el alargado episodio de un programa de terapia de sobremesa. Lo dicho supone en cierto modo una exageración, aunque es justo criticarlo porque es lo que permanece en la retina y lo que esconde otras cualidades, ahora sí, propiamente cinematográficas. Destaca sobre todo el gran trabajo interpretativo de todos los actores, y en particular de la protagonista a cargo de la bella Andrea Osvárt, pero también es visible un indudable cuidado de producción que al fin y al cabo aleja la película de las anteriores comparaciones con la pequeña pantalla. Ello no impide sin embargo, y esto es de lo peor que se puede decir tanto de un filme como de una serie o de un programa cualquiera, que Maternity Blues no aporte casi nada nuevo, pese a la novedad que sí caracterizaba su premisa. ★★★★★

    Ignacio Navarro.
    crítico cinematográfico.

    Italia, 2011. Director: Fabrizio Cattani. Guión: Fabrizio Cattani & Grazia Verasani. Productora: The Coproducers. Fotografía: Francesco Carini. Música: Paolo Vivaldi. Montaje: Paola Freddi. Intérpretes: Andrea Osvárt, Monica Barladeanu, Chiara Martegiani, Marina Pennafina, Daniele Pecci.

    Maternity Blues poster

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