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| Madam Satan una comedia de Cecil B. DeMille producida por Metro Goldwyn Mayer |
El director de cine Cecil B. DeMille es recordado hoy día sobre todo por sus tremebundas producciones de películas bíblicas. Creo que sobra incidir en que no suponen ni de lejos la temática mayoritaria en sus películas, pero sí desde luego han resultado las más populares. Hay un desprecio hacia su cine fomentado en diversas razones: representa el lado más descarnadamente comercial de Hollywood, la doble moral de sus películas religiosas (esa mezcla de religión exacerbada y erotismo desatado), sus mastodónticas superproducciones… En fin, no seré yo el que le quite razón a sus detractores: es cierto que en sus películas podemos ver lo que supone el lado más comercial de Hollywood.
Y escribo en presente porque, sin ir más lejos, la moralina barata de la película de hoy, Madame Satán (Madam Satan, 1930), y su trama principal de líos de cama de parejas casadas es idéntica a la de las películas que podemos ver ahora mismo en nuestras carteleras: por mucho que el marido o la esposa flirteen fuera del matrimonio, este sale invicto y victorioso, y la pareja, por descontado, siempre fiel pese a todo lo que pueda tentarlos. Y con todas las escenas picantes de parvulario y chistes burdos imaginables rellenando metraje a dolor.
Madame Satán comienza con un plano de un pájaro encerrado en su jaula, para a continuación ser atendido por la protagonista absoluta de la película, Angela Brooks (la actriz Kay Johnson, ejemplo de lo que en la época se entendía por elegancia y glamour, lo cual consistía en poner cara de desmayo a cada plano y una expresión continua de “ya nada puede dañarme”), el pajarito de carne y hueso encerrado en su jaula de oro, la mansión gigantesca en la que vive con su marido. Marido este (el actor Reginald Denny, todo un superviviente del cine) que se dedica a irse de fiesta todas las noches y pasarlo de miedo con su amigo Jimmy (interpretado por el excelente secundario Roland Young) y su locuela amante Trixie (Lillian Roth, prometedora actriz que acabó consumida por el alcohol y las drogas, aunque eso no le impidió volver tras los años con un libro en el que contaba toda su trágica historia).
Durante cincuenta minutos asistiremos a una comedia de desarrollo plomizo, chistes de humor grueso, situaciones graciosas que solo dan vergüenza ajena por lo forzadas y torpes y una trama que plantea que la esposa, para mantener a su marido en el cerco del matrimonio, debe comportarse un poco en plan zorrón, porque si no se la acusará de gélida y, claro, ya sabemos que los hombres necesitan desfogarse. En fin. Angela lleva una vida de rica solitaria y se dedica a hablar con su pajarito Barbican, a ordenar copiosas comidas para el solaz de su marido, a asistir y convocar reuniones con damas de la beneficencia, a mantener la típica pelea matrimonial de enamorados en la que uno ve la pelea pero difícilmente a los enamorados… Demonios, todo es tan aburrido que hasta un par de números musicales se ofrecen en plano fijo.
Lo dicho, Angela se cansa y decide pasar a la acción cuando descubre el lío entre Trixie y su marido, momento en el que la película da muestras de un realismo bestial: por mucho que lo tiene delante de los ojos, Angela lo niega hasta lo imposible. Cuando Bob, el marido, literalmente grite en la cara de Angela que se quiere trajinar a Trixie, nuestra heroína reaccionará. Pero nada de pedir el divorcio y la separación, que os habéis creído, lo suyo es lo siguiente: “Muy bien, yo también seré de carne y hueso. (…). Te quitaré a mi marido. (…). Tú lo has arrancado de la virtud, yo lo alejaré del vicio. No verás más que decencia. Mis perfumes y mis vestidos lo pondrán al límite. ¿Le gustan calientes? Muy bien, ¡encontrará un volcán! Se necesitarán todos los bomberos de la ciudad para detenerme.” Y así nuestra Angela devendrá satánica.
A la película aún le falta más de una hora para terminar, pero entonces se anuncia una fiesta de disfraces en un zepelín. Y de pronto todo se transforma. La introducción a lo que de verdad importa ha terminado, aunque ha sido un tanto larga y el suplicio exige compensación. Tranquilos: la vamos a tener. Porque desde que la historia se traslada al zepelín, si bien lo que se nos cuenta sigue con el mismo nivel de idiotez, visualmente se transforma en todo un espectáculo delirante, de esos tan fuera de lo común y sorprendentes que uno no sabe si está ante un ejercicio de vanguardia radical o ante un número musical súper kitsch de una hora de duración. En realidad, hay de las dos cosas.
Todos los planos del zepelín amarrado a una alta torre metálica recortándose contra la ciudad y un cielo tenebroso son sencillamente magníficos, de una belleza que quita el aliento. Y el número musical que abre esta segunda parte de la película, en el cual hombres y mujeres hacen las veces de las piezas de una máquina y la electricidad que la mueve suponen, como he dicho antes, un absoluto delirio vanguardista. Aquí no hay dudas. La trama sigue la idea de la buena esposa que se hace pasar por mujer fatal para recuperar a su marido. Pero por encima de esto asistimos a una película que es puro escapismo. En plena crisis del 29 vemos a ricos dedicándose a divertirse de manera tan infame como envidiable. La doble moral de DeMille, por mucho que se la critique, en el fondo refleja la dualidad humana, y si bien al final de la película todos serán debidamente castigados para disfrute del espectador común, esto es, el pobre, el castigo será más bien un susto, un acto de ridiculizar a los ricos que también puede entenderse al contrario. Están locos y llevan una vida loca porque se lo pueden permitir. El hombre común asiste a sus locuras tal y como hoy mismo las vemos en el televisor.
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| Reginald Denny & Kay Johnson en un fotograma de Madam Satan (Cecil B. DeMille, Estados Unidos, 1930) |
Todas las escenas en el zepelín fueron rodadas originalmente en color, aunque este se da por perdido: solo han sobrevivido copias en blanco y negro. No importa demasiado, porque el espectáculo se ha desbocado y el color lo ponen nuestros ojos sin quererlo. Asistimos a un concurso de besos, a una subasta de mujeres, a Madam Satan flirteando con acento francés bajo una máscara con su marido, a unos diálogos plagados de bromas sexuales explícitas y a juegos de palabras con la sutileza de un cañonazo en la cara. Los trajes que lucen las chicas son tiras pegadas al cuerpo que lo muestran todo, aunque para no molestar a los censores y siguiendo sus indicaciones, DeMille aceptó que las actrices llevaran mallas color carne para que la desnudez no fuera tan evidente.
Los decorados se levantaron bajo la supervisión de Cedric Gibbons, y en la dirección artística estaba junto a él nada más y nada menos que Mitchell Leisen, este también ayudante de dirección. A la fotografía Harold Rosson, al sonido Douglas Shearer… En fin, todos los pesos pesados de la Metro Goldwyn Mayer al servicio de esta locura, la productora familiar por antonomasia marcada por el signo de los tiempos.
Como curiosidad, destacaría una escena en el zepelín, claro, en la cual de pronto aparecen las camareras… ¡montadas en pequeños cochecitos que reproducen el dirigible! Hay un videoclip del extraño grupo de vanguardia The Residents que se me antoja inspirado directamente en esta secuencia, pero esto igual es que a mí ya se me contagió el delirio.
Al final, el zepelín es sacudido por una tormenta, el gigante resulta herido y partido en dos, la Torre de Babel es hendida por el rayo. Un desenlace bíblico en el que los adoradores del becerro de oro sufrirán un feble castigo. También la trama amorosa se desenredará, pero esta parte de la película la considero el castigo bíblico que corresponde al espectador que ha disfrutado con este espectáculo del demonio.
Por José Luis ForteEscribe encerrado en una cueva, nunca entra el sol.
Proyecta películas en la pared, ni que fuera Platón.
Cuando sale se divierte, aunque solo piensa en volver.
Cuando por las noches llueve, también le gusta leer.
llosef13 [@] gmail.com
La décima víctima

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| Una sugerente Kay Johnson en Madam Satan su segunda película con Cecile B. DeMille tras Dinamita (1929) |
Pósters:
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| Cartel de Madam Satan (1930) |
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| Póster de Madam Satan (1930) |












































La verdad Jose es que tiene una pinta alucinante solo por sus fotogramas. Si que es cierto que parece que en un principio la trama es de lo más convencional. Te reconozco que DeMille no es uno de mis imprescindibles. Te cogí mucha tirria por todas esa producciones de diseño pero vacías. Esto, al menos, parece más personal...aunque tenga un Zepelín...
ResponderEliminarUn abrazo.
Tiene el toque superficial de DeMille, claro, pero al ser comedia importa menos, y al fin y al cabo él es uno de los padres del cine comercial al más puro estilo Hollywood. Con todo lo que esto tiene de malo pero también de bueno, que hacer películas para el gran público es un arte que parece perdido, o al menos muy oxidado...
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