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    Visar Morina
    Visar Morina
    Babai

    Ruta y vida sin destinos

    crítica de Babai (Visar Morina, Kosovo, 2015).

    Este año, para la que ya es su sexta edición, el Atlántida Film Fest de Filmin ha diseñado una programación muy actual centrada en la temática europea, dividida en cuatro secciones: política, memoria histórica, generación y fronteras. Su equipo ha argumentado que la situación actual de la Unión merece un enfoque propio y a la vez diversificado, tratando de mostrar a través del cine sus implicaciones en la ciudadanía y sus perspectivas de mejora. Es un planteamiento meritorio y oportuno, tanto más si se considera que fue presentado antes de que el Brexit triunfara en el Reino Unido y se acentuaran los descontentos y las inquietudes. En verdad se antoja imprescindible pararse a reflexionar un poco y valorar en su justa medida lo que la Comunidad nos ha aportado, social, cultural y políticamente, antes de dar vía libre a los euroescépticos. Y para ello deben recuperarse una serie de valores clave que en parte se han perdido, situándose en la cabeza el de la solidaridad. Una solidaridad que debe desarrollarse no sólo entre los Estados miembros, sino entre las organizaciones, los partidos o las propias personas en un plano individual. En este sentido, la degeneración capitalista y desigual en nuestras fronteras comunes ha quebrado esta virtud incluso entre las familias, condenadas a separarse en busca de empleo y futuro. Y se llega todavía más lejos en esta decadencia cuando dos hermanos, un padre y un hijo o un tío y un sobrino ni siquiera confían el uno en el otro. De esta manera descendemos del nivel más macro, el de la solidaridad europea como valor global, al nivel más micro, donde a menor escala se comprueban los mismos problemas de egoísmo y desamparo.

    Es este discurso el que estructura la narrativa de Babai (2015), presentada en el festival de Múnich el año pasado, donde consiguió varios premios, antes de pasar también con éxito por otros certámenes, hasta el de plataforma online donde hemos podido visionarla ahora. Un recorrido festivalero que es la razón de ser de este tipo de cintas, con pocas pretensiones comerciales pero con cierta visión internacional, partiendo de una coproducción en la que dominan aquí Kosovo y Alemania. Por consiguiente la historia transcurre en estos dos países, y en concreto se divide entre los dos para su primera y segunda partes respectivamente. En la primera asistimos a las penurias de un par de familias que conviven en un mismo hogar y sobreviven vendiendo tabaco en la calle, entre otros trabajos precarios. Los ingresos son pues insuficientes para alimentar y alojar a todos sus miembros, de manera que progresivamente éstos van emigrando. Primero fue el marido (Bedri) de la hermana (Valentina) del protagonista (Gezim), al que éste sigue en su exilio, antes de hacerlo su cuñada y su hijo (Nori), mientras el patriarca (Adem) resiste en su tierra natal. Son las vicisitudes del niño Nori las que centran la mayor atención del director y guionista Visar Morina, que demuestra una atrevida madurez en su ópera prima, ya que la dirección de actores infantiles suele conllevar más dificultades y requiere una mano más experta. Ahora bien, el talento natural de su intérprete Val Maloku consiste en desenvolverse con envidiable apatía ante los conflictos que le rodean, desde el reiterado abandono de su padre hasta los quebraderos de cabeza de su tío, de quien se aprovecha para sacar el dinero necesario para marcharse a su vez a Alemania, aunque para ello deba soportar la propia ingratitud de su tía, incluidos el hurto, el engaño y la indiferencia general. En suma, es de admirar que un crío afronte con tanto pragmatismo estas circunstancias, aunque su expresión monocorde no exige mucha guía externa. En otras palabras, Morina insiste en los componentes externos del drama para simplemente situar en su meollo a estos desgraciados personajes y dejarles desplegar su estoicismo, muy a lo Bresson.

    por Ignacio Navarro
    julio 23, 2016

    Crítica: Babai

    por Ignacio Navarro | julio 23, 2016

    La apuesta ganadora

    Crónica de la segunda jornada de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Como sucediera el año pasado, el primer fin de semana ha volatilizado los termómetros. Rodeado de centenares de hectáreas de bosques, Karlovy Vary es una olla a presión, con una humedad que cala entre los huesos, agotando ya desde primera hora de la mañana. El aire acondicionado de todas las instalaciones del Hotel Thermal se convierte, de este modo, en el oasis que salva al público de la quema. Eso sí, si se conoce el medio. Diversas salas de tortura componen este gigante gris, semilla de otros tiempos y regímenes, que pueden destrozar cualquier proyección, por muy placentera que esta sea. La joya de la corona es el Kinosal A, destinado exclusivamente a la prensa. Una sala de instituto soviético, con sillas pétreas, incapaces de adaptarse mínimamente a la anatomía de sus inquilinos. Mucho más ergonómicos son los graderíos del Grand Hall, un teatro lustroso al que siempre le acompaña el sonido del piano. Sin embargo, el horror vacui, apreciado a simple vista, es el anticipo de una estancia sin demasiado aire entre todos los presentes. Algo que contrasta con la estatura de muchos de ellos, que sobrepasan ampliamente los ciento ochenta centímetros. Es así, que aparte del abrazo cariñoso de Celsius, se busca la estampa perfecta, ese binomio que haga de las próximas dos horas una experiencia inolvidable. Y en el KVIFF esta chance solo tiene cabida en el Kinosal C, un fantástico y coqueto cine de corte francés, y el Congress Hall, un amplio patio de butacas de iluminación y sonidos evocadores. Allí, precisamente, comenzó la Competición de esta 50ª edición con tres filmes muy diferentes pero que encajan en la idiosincrasia del certamen. El primero, Heil, una comedia gamberra que nadie esperaría, negativamente, de un cineasta como Dietrich Brüggemann; el segundo, Antonia, un elegante biopic al uso sobre la poetisa Antonia Pozzi que nos descubre un rostro que promete ser noticia en esta entrega; el tercero, Babai, puro dolor sobre las consecuencias del estado de desesperación de las etnias kosovares. Para aligerar el día, apostamos por el buen cine independiente americano que nos traen dos viejos conocidos de la cinefilia en Mississippi Grind, que fue prologada por uno de sus directores, Ryan Fleck, y su actor principal, Ben Mendelsohn, todo un personaje que demostró sobre las tablas del Grand Hall que el trabajo se lo lleva a casa consigo con una buena botella de coñac.

    por Emilio M. Luna
    julio 05, 2015

    Karlovy Vary 2015 | Día 2. Críticas: Antonia / Babai / Heil / Mississippi Grind

    por Emilio M. Luna | julio 05, 2015

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