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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    Trémolo
    Trémolo

    Hay en La isla mínima un sonido ancestral, como de tiza arañando pizarra, que describe sutilmente la incertidumbre previa a la Transición y su posterior —si no contigua, pues se veía venir y se dejó pasar entre apretones de manos— decrepitud. Poco a poco se quisieron difuminar las huellas aún latentes del caudillo, y los cronistas más afines (a propósito del término acuñado, creo yo, por Umbral) se referían a su etapa vespertina, el tardofranquismo, un poco a la manera en que Stan Lee hubiese narrado los últimos meses del Kingpin ibérico, que tose mal y está con un pie en la tumba y sus delitos prescribieron hace ya mil telediarios. Mire usté. Ahora nos llevamos las manos al cogote, pero desde fines de los setenta o comienzos de los ochenta (cuando sucede La isla mínima) España ha crecido al ralentí por el efecto de un truco bastante cutre: un somnífero que mezcla desmemoria, autoindulgencia, ignorancia y también dosis bizantinas del keynesiano Estado de bienestar, que a base de incidir en él porque siempre peligra y qué miedo, legislatura tras legislatura, se ha convertido en mondo malestar y mala hostia.

    Dos policías forasteros, de chotis y café con churros, llegan a un pueblecito sevillano junto a las marismas del Guadalquivir y los autóctonos les escrutan como a Spencer Tracy en Conspiración de silencio. Uno se rasca el cuero y otro sopla el cañón de su escopeta, así de tapadillo y sin inmutarse. O son cosas mías. Están en fiestas; hay tómbolas (tres) y un par de atracciones que sólo atraen mosquitos. Los polis se llaman Pedro y Juan: no había nombres más reconocibles, y es que si por algo nos distinguimos los españoles es por ser originales y comunes; gente del montón. Nada exótico puede salir de un Pedro con bigote y un Juan también con bigote, aunque más funcionarial. Como pretérito. Tienen miga, él y su mostacho. Ya se enterarán más tarde. Porque allí están y allí investigan la desaparición de dos hermanas quinceañeras cuyo rastro es seguido —a regañadientes y con más Chufi que sangre corriendo por sus venas— por sendos tricornios que no encontrarían un mamífero en el Zoo de Madrid.

    El director y guionista Alberto Rodríguez (Grupo 7) nos ofrece aquí una implacable, siniestra y lijosa historia a través de las costuras del sur, acaso un noir de navaja y vino peleón y terratenientes cuatreros que olisquean, como pontier o beagle sin collar, el sudor rancio y la carne virgen que busca escapatoria, salir de aquella prisión a la intemperie, en el orco mismo, donde el brete se liquida a bostezos e incluso a puñaladas traperas. Ozú, qué caló; pues toma lo tuyo y quédate con el cambio. En la España cañí, de taleguilla y pitarra, de lindes confusas, guiso de Bambi y hermosas mujeres tristes y jornaleros en huelga por un jornal no ya espléndido, sino decente y que mande callar a las tripas. La España que era, es y será vestigio del 1 de abril de 1939 y del entonces futurible apaño allá por 1978. Rodríguez apunta y dispara, y el muerto cae a plomo. Me suena y me perturba sin giros bruscos; a menudo reconozco esa circunstancia sociopolítica que entre gerifaltes labró épocas de una (in)cierta prosperidad, porque yo también empiné los codos para bruñirle un trago al botijo, que mantenía fresca el agua y resucitaba un tiempo que todavía no había examinado ni en películas.

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    por Anónimo
    septiembre 30, 2014

    Este país negro

    por Anónimo | septiembre 30, 2014
    The Dreamers
    Todos los chicos y chicas de mi edad
    Se pasean por la calle en pareja.
    Todos los chicos y chicas de mi edad
    Saben bien lo que es ser feliz.
    Mirándose a los ojos
    Tomados de la mano
    Ellos van enamorados
    Sin miedo al mañana.

    UNA CANCIÓN PARA EL MAYO DEL 68


    La década de los 60 goza de un abrumador prestigio creativo. No por nada la música fue protagonista indiscutible. Incontables eran los músicos que probaban suerte en los apasionantes circuitos del folk y el rock de corte psicodélico. En Francia, un país que prestigia la elegancia, con genios irrepetibles como Stendhal, Rimbaud o Baudelaire, el contribuyente vivía en un estado perpetuo de efervescencia que más tarde desembocaría en el mayo francés, el del 68. La historia que nos acontece, sin embargo, se remonta a 1962. Recordemos que ese curso el presidente De Gaulle llamó a los votantes a las urnas. Millones de personas decidían en un referéndum si, a partir de entonces, el presidente de la República se elegiría mediante la votación del Parlamento o por sufragio universal directo. Eran instantes de calma tensa, de expectación, de cierta ansiedad generada por la incertidumbre y los cambios de viento. Desde sus hogares, los franceses que tenían acceso a un televisor en primoroso blanco y negro se informaban —a través del único canal que emitía por aquel entonces— del transcurso de los comicios.

    por Anónimo
    mayo 05, 2013

    Trémolo | The Dreamers

    por Anónimo | mayo 05, 2013
    José González
    LA DEFINICIÓN DEL ECO
    trémolo | José González

    "One night to be confused, One night to speed up truth
    We had a promise paid, Four hands and then away".
    Hearbeats, de José González.

        El sol matinal se cuela por los callejones de Broadway. Las ventanas reflejan esos icónicos tanques de madera que hacen de Nueva York un lugar estéticamente irresistible. En la azotea del número 622 se oye el lento susurro de una guitarra española. La toca un hombre con barba, muy moreno, con una sencilla camiseta de color amarillo, de esos flacuchos timoratos que tu madre definiría como “muy poca cosa” o “del montón”. Con todo, se pega al micro para hacer audible su canto parsimonioso y profundo. Habla en primera persona de un ermitaño que pasa por delante de un tren fuera de control únicamente para sentirse vivo. La canción se títula Far Away y recrea con intensidad el sentimiento del Far West, donde el frío de la noche corta como cuchillos y la soledad enloquece a los más solitarios. Pertenece al soundtrack de un videojuego superior (según muchos eruditos, el mejor western de esa plataforma audiovisual que factura millones de euros) y suena cuando su protagonista, John Marston, entra por primera vez a México. Son apenas dos minutos armados sobre un fraseo lineal y repetitivo, lento y constante, suave y árido. Pocos dirían que esa voz guarda un mapa sonoro lleno de influencias y ritmos evocadores. Y sin embargo, la terraza de Rockstar y sus prestigiosos cerebros dan cabida a José González, una rara avis en el ya de por sí extraño mundo del indie-folk. Es un invitado ocasional en el centro neurálgico del showbusiness disfrazado de arte.

    por Anónimo
    marzo 03, 2013

    TRÉMOLO | JOSÉ GONZÁLEZ

    por Anónimo | marzo 03, 2013
    De óxido y hueso
    Marion Cotillard en 'De óxido y hueso',
    de Jacques Audiard (De rouille et d'os, 2012)
    INOXIDABLES
    Trémolo | Django Django

         Nadie sabe explicar —al menos no en términos musicales— algo tan voluble como es la palabra indie. A priori, engloba a todos aquellos grupos y solistas que desarrollan sus carreras al margen del circuito mainstream o, dicho de otra manera, eludiendo las técnicas con que nos bombardean incesantemente desde las radiofórmulas, el hábitat prefabricado de cientos de artistas rendidos no tanto a su apetito económico como a la influencia perniciosa de ejecutivos y sellos discográficos en busca del siguiente hit. Hoy día, el calificativo indie se presume confuso y demasiado escueto: ¿Quién es independiente en una industria restrictiva? Mark Oliver Everett —líder de EELS— apuntaba en su indispensable autobiografía Cosas que los nietos deberían saber (Blackie Books) que “la supuesta cultura alternativa trajo consigo una fea constatación. En realidad no era alternativa en absoluto. Estaba a la venta, igual que cualquier otro producto comercial”. Aun así, no faltan los analistas miopes que se quedan en el envoltorio, en el pantalón pitillo y las gafas de pasta y las camisas de cuadros y la chaqueta de Tweed. Tanto da, porque la talla se acaba imponiendo a cualquier pose. Prueben a dejar de lado sus instintos tribales, sus prejuicios hacia una estética de catálogo neohippy y demás fruslerías. Prueben a zambullirse en la música, sin más. Porque el indie rock tiene nuevos ídolos. Una banda escocesa, un cuarteto nacido de las entrañas mismas de Edimburgo, cuyo legado musical es impagable. De aquel país (Escocia) surgieron los vigorosos Primal Scream, Travis, Franz Ferdinand y chicas de reminiscencias folkies pero casadas con el pop más fútil como Amy McDonald. Se trata de los hijos de aquella generación subversiva liderada por The Yardbirds. Y sin embargo, ninguno de éstos, a excepción del conjunto londinense, irrumpió en escena con la brillantez de Django Django: la cohesión del álbum debut —homónimo, por cierto— de la banda que lidera Vincent Neff confiere a su monográfica obra una mística de guateque intemporal. Armados a partir de una consistente base sintética (mérito de Tommy Grace), funden lo mejor del pop británico de los 60 y los 70 con los acordes más o menos hipnotizantes, de resonancias étnicas bañadas en salsa de spaghetti.

    por Anónimo
    febrero 08, 2013

    TRÉMOLO | DJANGO DJANGO

    por Anónimo | febrero 08, 2013
    Quadrophenia

    'Quadrophenia' (1979), de Franc Roddam.
    producida por The Who Films.
    LA CATARSIS DEL ROCK
    Trémolo | The Who

    “¿Recuerdan esos pósters que decían: ‘Hoy es el primer día del resto de tu vida’? Bueno, eso es cierto para cada día excepto en uno: el día que mueres”.

    Eran ancianos, uno de ellos medio sordo. Eran viejos porque así lo certificaban sus carnés de identidad. Eran veteranos, lo suficientemente lúcidos para grabar una ópera rock (Endless Wire) que, poco después, serviría de excusa para iniciar un tour de muchas revoluciones. De Londres a Boston, aquellos ingleses mostraron los inequívocos destellos mod que durante varios decenios han hecho las delicias de legiones de melómanos. Era verano, 26 de Julio de 2006. Anochecía en Madrid justo antes de entrar al Palacio de los Deportes. 12.000 fans aguardaban nerviosos, expectantes, con ese punto de ilusión que sólo exigen las citas históricas. Habían esperado cuarenta años para ver a una de las mejores bandas del rock, por influencia y por clase. Una vez dentro, y con previsible puntualidad, dos portentosas glorias rindieron tributo a su público. Los Who conquistaron la capital sin estridencias, apartados de cualquier tipo de caricatura, cosa muy habitual en un negocio que desnuda fácilmente las miserias de sus antaño protagonistas. Triunfaron con una descarga de decibelios, regalando un track list de grandes temas entre los que destacaron los sintetizadores de Baba O’Riley, el desgarro de Behind Blue Eyes y el nervio incontenible de My Generation. Faltaban Keith Moon –esta vez era Zak Starkey, hijo de Ringo Starr, el que percutía los bombos– y John Entwistle, pero los dos pilares básicos seguían intactos. Voz y guitarra, o sea Roger Daltrey y Pete Townshend, ofrecieron un concierto antológico. Dosificado en esa clase de nostalgia que emborrona el festejo. Un show presenciado por varias generaciones de rockeros anglófilos o simples amantes de la música.

    por Anónimo
    enero 09, 2013

    TRÉMOLO | THE WHO

    por Anónimo | enero 09, 2013

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