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    Cine Alemán Siglo XXI

    Trémolo | The Dreamers

    The Dreamers
    Todos los chicos y chicas de mi edad
    Se pasean por la calle en pareja.
    Todos los chicos y chicas de mi edad
    Saben bien lo que es ser feliz.
    Mirándose a los ojos
    Tomados de la mano
    Ellos van enamorados
    Sin miedo al mañana.

    UNA CANCIÓN PARA EL MAYO DEL 68


    La década de los 60 goza de un abrumador prestigio creativo. No por nada la música fue protagonista indiscutible. Incontables eran los músicos que probaban suerte en los apasionantes circuitos del folk y el rock de corte psicodélico. En Francia, un país que prestigia la elegancia, con genios irrepetibles como Stendhal, Rimbaud o Baudelaire, el contribuyente vivía en un estado perpetuo de efervescencia que más tarde desembocaría en el mayo francés, el del 68. La historia que nos acontece, sin embargo, se remonta a 1962. Recordemos que ese curso el presidente De Gaulle llamó a los votantes a las urnas. Millones de personas decidían en un referéndum si, a partir de entonces, el presidente de la República se elegiría mediante la votación del Parlamento o por sufragio universal directo. Eran instantes de calma tensa, de expectación, de cierta ansiedad generada por la incertidumbre y los cambios de viento. Desde sus hogares, los franceses que tenían acceso a un televisor en primoroso blanco y negro se informaban —a través del único canal que emitía por aquel entonces— del transcurso de los comicios.

    Fue durante una pausa, un breve interludio que permitió el hallazgo no sólo musical, sino estético de la temporada. Era morena, de cabello largo y extremadamente liso que caía más allá del sur de sus hombros. Mirada serena y atrayente, apoyada en sendos pómulos marcados, con ese toque duro que aportan las líneas rectas. Apenas contaba dieciocho años. Su nombre, Françoise Hardy. La canción, Tout le garçons et le filles. Inmediatamente se convirtió en el icono estilístico de Francia, sonando en todas las emisoras de radio, copando portadas de revistas. Convirtiéndose, en definitiva, en el objeto de deseo de prestigiosos diseñadores como Paco Rabanne. Por una vez, la política sirvió de trampolín a la belleza. Françoise Hardy reunía la pose de las grandes figuras femeninas del jazz y el soul: la suave chanson francesa había encontrado a su luminaria particular. Así lo certificas al escuchar ese tema que habla de los anhelos de juventud, de una chica que se lamenta por no caminar acompañada, por encontrarse sola mientras el resto de mortales se enamoran a su alrededor. Sospecha que el amor es felicidad, y que ésta no puede hallarse a través del (des)amor.

    Mademoiselle Hardy

    Tout Les Garçons et le filles es una magnífica canción pop, que trasciende los almibaradas notas de la balada más convencional y falsa. Un aroma que identificó fácilmente Bernardo Bertolucci, director de varias películas de parada obligatoria como son El último emperador, Novecento y El último tango en París. Y así lo hizo constar en ese manifiesto erótico titulado The Dreamers (Soñadores), donde tres jóvenes comparten cama en un juego perverso —dos de ellos, chica y chico, son hermanos; el otro, un desconocido con rostro de ángel— que, aun adivinándose melancólico, hace que la pantalla se convierta en esa ventana, tal vez indiscreta, que cobija a voyeurs o simples intelectuales con ínfulas. De alguna manera, la historia de esos aprendices de soñadores —y cinéfilos empedernidos— es la de una generación en pérdida que busca respuestas a preguntas incontestables: el menàge a trois es más llevadero entre visionados, antes o después de las charlas sobre el cine de Nicholas Ray o la superioridad cómica de Chaplin frente al rostro pétreo del insuperable Buster Keaton.

    Los chicos son auténticas enciclopedias cinematográficas. Se atreven a batir el récord de nueve minutos de la secuencia del Louvre en Bande à part (Jean Luc-Godard, 1964). Son caprichosos, insatisfechos, ególatras, infantiles, son guapos y rezuman vida. El cásting, además, es fabuloso: Eva Green, Louis Garrel y Michael Pitt componen el trío de amantes en un decorado tan romántico como embaucador. Es decir, París. Se respira la bohemia en cada plano, encuadre y silencio. Aquí, y con tan sólo veintitrés años, Eva Green es la mujer más sexy del planeta. Alejada incluso del fetiche puramente sexual de esa inolvidable imagen en la que aparece disfrazada de la Venus de Milo. El erotismo que inyecta Bertolucci es de una sensibilidad innegable; desarma al espectador con muy poco. Como Françoise Hardy, la primera gran diva del pop francés.

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

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