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    Theodore Melfi
    Theodore Melfi
    Hidden Figures

    Visibilidad más allá del oportuno espacio-tiempo

    crítica ★★★ de Figuras ocultas (Hidden Figures, Theodore Melfi, 2016).

    El 12 de abril de 1961, el Vostok 1 realizaba el primer viaje orbital de la humanidad, a más de 170 kilómetros sobre la capa superior de la atmósfera, con el cosmonauta Yuri Gagarin a bordo. Como indican ambos nombres, el de la nave y el de su piloto, era entonces la Unión Soviética la que inauguraba esta carrera espacial, adelantándose a Estados Unidos en una empresa que, por definición, se correspondía con sus respectivas ambiciones de omnipotencia. En plena Guerra Fría, recién inaugurado el mandato de JFK, su país aspiraba a extender su ideología y sus logros por todo el mundo, y no podía tolerar que en este objetivo, tanto más por su componente científico y sus implicaciones nucleares, le hubieran ganado los comunistas. El hecho provocó que el citado mandatario se comprometiera especialmente con el progreso de la NASA y su Proyecto Mercury, derivado del ejército del aire e iniciado hacia 1958 con la finalidad de lanzar a un ser humano al espacio, antecediéndole en esta experiencia incierta varios animales cobayas y destrozos aeronáuticos. Lo cierto es que tales contratiempos no podían desanimar a una sociedad acostumbrada a prevalecer tras salir de la Segunda Guerra Mundial con un capital en auge, al contrario que otras naciones vencedoras, aunque en esta empeñada visión de superioridad internacional ignoraba problemas internos que no sufrían sus aliadas y rivales. No por casualidad ese mismo año 1961 registraba un punto álgido en el Movimiento por los Derechos Civiles: mientras la burocracia rusa, actuando bajo los parámetros de un centralismo democrático que exigía sacrificar la libertad en aras de la eficacia, coordinaba sus esfuerzos en ese viaje de ida y posible vuelta de su compatriota; los patriotas americanos se enorgullecían de su democracia descentralizada y por esencia liberal, cuando en verdad la misma suponía, con su propia ineficacia, el sacrificio de un sector de la población que se segregaba del resto.

    Probablemente este dilema flota en el subconsciente de Al Harrison (Kevin Costner), el director ficticio del mentado proyecto, cuando en una secuencia temprana de Figuras ocultas (Hidden Figures) regaña a sus subordinados por haber permitido que ocurriera lo recién relatado. En esos momentos las protagonistas que dan título a la película, trasladable también a las oscuras coordenadas que guiarían esa primitiva aventura espacial, no están presentes en la arenga porque, siguiendo el sino de los tiempos, trabajan y conviven en un espacio marginado, para más inri situado a una distancia kilométrica de las instalaciones principales. El director Theodore Melfi, coguionista junto a Allison Schroeder en esta adaptación de la novela de Margot Lee Shetterly, revela en concreto con su foco a tres mujeres: Katherine G. Johnson (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe). Las tres serían auténticas pioneras en este campo: la primera por contribuir con sus cálculos avanzados al viaje de tres orbitas que llega a realizar John Glen el 20 de febrero de 1962, suceso que concluye la trama; la segunda por recibir de forma inédita el grado de supervisora de la NACA, predecesora de la NASA (acontecimiento cronológicamente anterior pero aquí retrasado para coincidir con los demás); y la tercera por liderar la futura terna de ingenieras aeroespaciales afroamericanas (lo cual también es una oportuna licencia dramática por haber sucedido en realidad unos años antes). Valga esta enumeración fáctica para resumir una historia cuya intención es ante todo la de sacar a relucir las aportaciones que tuvieron unas mujeres en un contexto que las ignoraba y despreciaba, hasta el punto de que ni el más ecuánime Harrison se da cuenta de que su nueva empleada Johnson se ausenta esporádicamente de su puesto por tener que acudir al baño reservado para la gente de su color, localizado como adelantábamos bastante lejos del departamento al que contra pronóstico consigue promoverse.

    por Ignacio Navarro
    enero 31, 2017

    Crítica | Figuras ocultas

    por Ignacio Navarro | enero 31, 2017
    St. Vincent

    Cordero con piel de lobo

    crítica a St. Vincent (Theodore Melfi, Estados Unidos, 2014).

    Que Bill Murray es uno de los grandes es algo que, a estas alturas de la película, pocos deberían dudar ya. De ser uno de los cómicos más talentosos salidos de la cantera del Saturday Night Live y protagonizar un buen puñado de éxitos populares de los 80 y 90 como El pelotón chiflado (1981), Los cazafantasmas (1984) o Atrapado en el tiempo (1993), pasó a ser reconocido también como actor dramático gracias a trabajos como los de Lost in Translation (2003) o Hyde Park on Hudson (2012), que le colocaron a la cabeza de las carreras de premios más importantes. Sin embargo, se echaba en faltas en los últimos tiempos un vehículo para lucimiento de Bill Murray en todo su esplendor, donde éste pudiese moverse a sus anchas como dueño y señor de la función, del mismo modo que lo hizo en aquel clásico navideño que fue Los fantasmas atacan al jefe (1988). Wes Anderson nos regaló pequeñas píldoras de su genio en sus películas, sí, pero ya era hora de que llegase LA PELÍCULA de Murray. Y esa es St. Vincent (2014), la ocasión ideal para que vuelva a interpretar el perfil de personaje cascarrabias, irreverente y peleado con el mundo que, sin duda, es el que mejor se le da.

    No se puede decir que esta propuesta de Theodore Melfi –en su segundo trabajo como director tras la ya lejana Winding Roads (1999)– sea, precisamente, un prodigio de originalidad. El planteamiento del viejo cascarrabias que redescubre su humanidad gracias a la irrupción de un niño en su vida es algo que el cine ya nos ha mostrado a través de títulos tan formidables Mejor imposible (1997) –con un excelso Jack Nicholson merecedor del Óscar– o la obra maestra de Pixar Up (2009). Sin embargo, Melfi se las apaña para, a través de un hábil guion, realizar un sutil y agridulce canto a la tolerancia a través de un conjunto de personajes llenos de imperfecciones que, a pesar de todo, consiguen hacer una piña y formar una especie de entrañable (a su particular modo) familia disfuncional. De este modo tenemos alrededor de Vincent, este antisocial, borracho y aficionado a apostar su poco dinero en las carreras de caballos, que se presta a servir de canguro para el hijo de Maggie, su nueva vecina, una pobre mujer que trabaja demasiadas horas en un hospital con el miedo constante a que le sea arrebatada la custodia de su pequeño a manos de su ex. Este rol le sirve a Melissa McCarthy para desmarcarse de los papeles de bufón a los que nos tiene acostumbrados, potenciando la humanidad que éstos siempre han escondido tras sus aparatosas caídas y constantes salidas de tono, y mostrándose mucho más contenida, transmitiendo muy bien la desesperación de su personaje y sus intentos por ser una buena madre aun cuando todos los elementos estén en su contra. Si McCarthy tiene la oportunidad de mostrar una faceta algo más dramática de lo que le conocíamos hasta el momento, el caso contrario es lo que pasa con Naomi Watts, divertidísima en un papel de comedia que la aparta, momentáneamente, de los intensos papeles de sufridora que suele desempeñar. Su rol de Daka, una “dama de la noche” rusa embarazadísima, perpetuamente cabreada y tan malhablada con Vincent es un pequeño bombón que la australiana ha sabido aprovechar, consiguiendo ser nominada como mejor actriz secundaria por el Sindicato de Actores. Todos los actores están perfectos, incluido el pequeño Jaeden Lieberher, toda una feliz revelación que se aleja de la imagen repelente y resabiada de la mayoría de estrellas infantiles made in Hollywood.

    por José Martín León
    diciembre 14, 2014

    Crítica | St. Vincent

    por José Martín León | diciembre 14, 2014

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