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    Sitges 2022
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    || Críticas | Sitges 2022 | ★★★☆☆ |
    Sisu
    Jalmari Helander
    Insistencia finesa


    Carles M. Agenjo
    Sitges |

    ficha técnica:
    Finlandia, 2022. Título original: Sisu. Dirección: Jalmari Helander. Guion: Jalmari Helander. Compañías productoras: Subzero Film Entertainment. Fotografía: Kjell Lagerroos. Música: Juri Seppä y Tuomas Wäinölä. Producción: Mike Goodridge, Petri Jokiranta, Gregory Ouanhon, Sirkka Rautiainen, Antonio Salas. Reparto: Jorma Tommila, Aksel Hennie, Jack Doolan, Mimosa Willamo, Onni Tommila. Duración: 91 minutos.

    En tiempos de la Guerra Fría, la neutralidad para un país como Finlandia era garantía de independencia. Como el jugador prudente que prefiere proteger antes que arriesgar. En 1995, la partida fue otra. Tras el desmembramiento soviético, el país “más feliz del mundo” ingresó en la Unión Europea y la neutralidad se transmutó en naipe descartado. Sin embargo, la actitud seguía siendo moderada. Frente al gigante ruso, cautela. Frente a la posibilidad de amenaza, un no alineamiento militar que, tal vez, seguiría en activo si no fuera por la jugada final que Vladimir Putin ejecutó, contra todo pronóstico, un triste febrero de 2014. El presidente enmascaró bajo su rostro pétreo de mirada imperturbable la decisión que nadie esperaba. Aprovechando el confuso Tratado de Cooperación y Amistad con Ucrania y pasando olímpicamente del Memorándum de Budapest, miles de soldados se desplazaron en sigiloso fuera de campo hacia las bases que Rusia tenía en la península de Crimea. Algunos vestidos de uniforme militar. Otros, de camuflaje sin insignia. Y la invasión estalló en silencio. Como un atropello en mitad de la noche. En palabras del periodista John Simpson, todo terminó “antes de que el mundo se diera cuenta de que había empezado”. Lógicamente, lo último que hizo Finlandia fue quedarse de brazos cruzados. Su cooperación militar con la Alianza Atlántica se aceleró y, este año, la tragedia perpetrada en suelo ucraniano ha incidido en la cada vez más firme voluntad de adherirse –junto con Suecia– a la Alianza Atlántica pese a las amenazas del Kremlin, que han caído en saco roto. Ahora, Finlandia es otra. Lejos queda su postura neutral. Como una imagen marchita. Y su actitud es activa. Irritante, incluso, para un régimen totalitario que cometimos el error de creer extinto.

    Pero nada es tan simple. No se puede reducir Finlandia a un relato. Ni a una imagen. Por esto, la narrativa musical de Aki Kaurismäki –entre el tupé de los Leningrad Cowboys como signo de la desubicación cultural y el laúd de mástil largo que un lacónico Sherwan Haji toca en El otro lado de la esperanza (2017) como llanto por la crisis de los refugiados– podría servir de contrapunto a otras formas de contar un país donde el clima de paranoia de la URSS ha servido para alimentar gestas deportivas –La clase de esgrima (2015)– o el thriller aterciopelado –Espías en la sombra (2019)– configurando un reflejo caótico de su propia memoria. Ahora bien, ¿qué ocurre con el cine de género puro y duro? ¿Con su carácter lúdico? Si Hollywood ha sido capaz de sintetizar las últimas décadas del siglo XX a través de la violencia y la pirotecnia desde una ironía no siempre presente ni efectiva, ¿puede un ejercicio bélico como Sisu acercarse a las fricciones contemporáneas? ¿O su condición festiva lo condena al escapismo pasajero? La respuesta llega en forma de tránsito. En 2003, Jalmari Helander planteó en Rare Exports Inc. un chiste navideño donde Papá Noel era un animal de caza procesado por los canales de distribución de un mundo que comercia con todo. En 2010, el mismo director y guionista volvió a desplegar el secuestro de Santa Claus en su primer largo: una divertida reescritura de las fábulas navideñas que encontró su personalidad modulando el cine-espectáculo marca Spielberg en clave gamberra. Menos inspirada fue Caza mayor (2014), donde el presidente norteamericano ejercía de action hero interpretado por Samuel L. Jackson, trasladando el modelo Harrison Ford al contexto del mandato Obama en plena sintonía con el Jamie Foxx de Asalto al poder (2013).

    Era cuestión de tiempo que Helander recuperase los códigos de un cine de gran consumo que no sólo mira a Estados Unidos con buenos ojos, sino también a Europa. Su tercer largometraje es pura convicción. Un disparate de ritmo acelerado tan convencido de sí mismo como –salvando distancias– el 70% de los finlandeses que, según encuesta, afirman sentirse más seguros bajo el paraguas de la OTAN en estos momentos de incertidumbre geopolítica. En el fondo, todo podría resumirse a esto. Sisu es un acto de asertividad extrema. Un viaje de hazaña hiperbólica que sigue el regreso a casa de un veterano ex combatiente de pocas palabras en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Todo empieza cuando Aatami –interpretado por Jorma Tommila, héroe habitual del cine de Helander– descubre un tesoro en los páramos de Laponia. De camino al banco para ingresarlo, se enfrentará a un batallón nazi –con uno de sus soldados interpretado por su hijo, Onni Tommila– que entra en escena como un grupo de bandidos postapocalípticos –liderado por un teniente de las SS que encarna un discreto Aksel Hennie– y que destroza ciudades enteras a su paso. Pero Helander no se conforma con poco. Ni tiene miedo a hacer el ridículo. Esta vez, rebasa las fronteras de lo inverosímil en una acumulación de secuencias trepidantes donde asistimos al itinerario superheroico por tierra, mar y aire de un guerrero que parece una abstracción estúpida sobre lo que permanece. Tommila es el one army man del año en esta propuesta que entiende la acción imposible como relato y donde reta a la muerte entre minas, aviones y carros de combate de una forma tan insensata, que, más que una caricatura del western, esto parece la sátira involuntaria de un videojuego de lucha con vidas extra.

    No es casual que la tensión entre miradas y la banda sonora de Juri Seppä y Tuomas Wäinölä –en sintonía con la trilogía del dólar de Sergio Leone y las partituras de Ennio Morricone– abran paso a una matanza en la mejor tradición de la Century Fox y la Cannon. Y es que Aatami es lo más parecido a una revisión hinchada del lobo solitario. Su mistérica figura se configura como versión nórdica de una masculinidad camp perfectamente alineada con los cuerpos analógicos de Sylvester Stallone y Chuck Norris, pero con un factor diferencial. Sisu es la palabra clave. La que mejor define la perseverancia finlandesa, según la Universidad de Aalto. La fuerza interior de quien se enfrenta a enormes desafíos con determinación estoica. Dicho de otro modo, es un valor mercantil. Tan propenso a ser exportado a escala internacional como el Santa Claus de Rare Exports. El término, incluso, ha servido como jugosa estrategia de márquetin. Sus acepciones comprenden desde una cima antártica acuñada por el alpinista finés Veikka Gustaffson –símbolo nacional tras alcanzar el pico del Everest en 1993– hasta un popular dulce que, durante años, llevó grabado su rostro en el envoltorio. Ahora bien, ¿qué sucede con las tinieblas de este concepto? ¿Puede el sisu servir como instrumento de propaganda? ¿Y cómo campaña del miedo en tiempos de contienda contra el bloque soviético? Por otra parte, ¿podemos pensar en la épica de Jorma Tommila como reflejo posmoderno de los soldados-leyenda que de verdad lucharon en la Guerra de Invierno? ¿Acaso mitos que han dejado huella en la historia como el francotirador Simo Häyhä –bautizado como La Muerte Blanca– o el capitán Aarne Jutilainen –el Terror de Marruecos– no integran el lado oscuro de un término que, además de cinematográfico, se utiliza en charlas de crecimiento personal?

    Por suerte para la cinefilia bastarda, criada en los años 80 y 90 entre estanterías de videoclub y carátulas grasientas, la nueva película de Helander no quiere indagar en la perseverancia como lección moral. Ni abrazar la nobleza en un presente de fe suprema en el esfuerzo, felicidad rentable y cultura de tutorial. Al contrario, Sisu insiste en el puro delirio. Es un tebeo filmado que escapa de la realidad apropiándose de un escenario típicamente pulp de la guerra en campo abierto como motor de placeres sangrientos, gags que flirtean con el slapstick –el ahorcamiento, el combate final– y hasta una reivindicación algo panfletaria donde la mujer pasa de prisionera a icono en un abrir y cerrar de ojos. Con todo, Helander dibuja Finlandia como una broma explosiva y reduce la guerra a un partido entre dos canastas. Quizá por esto no parece muy sensato reclamarle precisión histórica o compromiso político a su nuevo juguete. Lejos queda el jetlag cultural del que, en su día, habló Jordi Costa a raíz de la exquisita poética del cine de Kaurismäki. Y lejos queda también una propuesta de rabiosa actualidad que sí se atreve a retratar los márgenes de Europa –la comedia negra Donbass (2018)– a través de imágenes hirientes y confusas en plena era de la posverdad. Sisu, en cambio, es pura intrascendencia en un conjunto menos feroz de lo que pretende. En este sentido, la frase que soltó su director justo antes de la proyección en Sitges –Don’t fuck with the finns!– es lo más inofensivo que este crítico ha escuchado en los últimos años. Y sí, está claro que se puede gozar con la película como un divertimento sin complejos… Pero buscarle capas de lectura es como examinar a un caniche que enseña los dientes.


    Sisu, Jalmari Helander
    Mejor película en el Festival de Sitges 2022.

    por Carles M. Agenjo
    mayo 02, 2023

    Crítica | Sisu

    por Carles M. Agenjo | mayo 02, 2023
    || Festivales
    Sitges 2022
    Crónica
    Paseo por el fantástico y la muerte


    Carles M. Agenjo
    Sitges |

    Palmarésde la sección oficial
    Premio a la mejor película: Sisu de Jalmari Helander, Finlandia.
    —Premio especial del jurado: Project Wolf Hunting de Kim Hong-sun, Corea del Sur.
    —Premio a la mejor dirección: Ti West por Pearl (Estados Unidos). Mención especial para Tereza Nvotová por Nightsiren, Eslovaquia.
    —Premio al mejor guion: Ex-aequo para Quentin Dupieux por Fumer fait tousser e Incroyable mais vrai, Francia.
    —Premio a la mejor interpretación femenina: Mia Goth por Pearl. Mención especial: Natalia Germani y Eva Mores por Nightsiren
    —Premio a la mejor interpretación masculina: Jorma Tommila por Sisu, Finlandia.
    —Premio a los mejores efectos especiales, visuales o de maquillaje: ex aequo Irati (España) y Ego (Hatching) (Finlandia).
    —Mención especial: Project Wolf Hunting, Kim Hong-sun, Corea del Sur.
    —Premio a la mejor fotografía: Kjell Lagerroos por Sisu, Finlandia.
    —Premio a la mejor música: Juri Seppä y Tuomas Wäinölä por Sisu, Finlandia.
    —Gran premio del público: Irati de Paul Urkijo. España.

    En un momento revelador de Ensayo sobre la ceguera (1995), un doctor sin nombre dice que luchar fue, más o menos, una forma de perder la vista. La reflexión del personaje de Saramago resulta pertinente. Luchar, no para abrirse paso en la vida, sino perdiendo la empatía ante una epidemia que, súbitamente, ha carcomido las retinas de (casi) toda la humanidad. La idea, pues, consiste en invocar una actitud necesaria. Reconocer el punto de vista del otro. Como un plano que se pone en la piel del contraplano. No es tanto la enfermedad global como el diálogo local. Y es en ese diálogo que la novela anticipa el futuro. En el acto de reconocer(se), este thriller de frases largas y puntuación escasa quiere hacernos sentir la confusión kafkiana de la ceguera… y se adelanta al destino. De repente, el médico anónimo adopta la apariencia de adivino irresistible, profeta involuntario, arúspice accidental. Parece que hable de la ceguera como si palpara las entrañas de un caballo eviscerado. Como si el viscoso y hediondo tejido de la ficción pudiera prever una realidad que no se ha materializado todavía. De eso se ocupa la distopía de Saramago y, por ende, la fiel adaptación de Fernando Meirelles. Vista ahora, A ciegas (2008) es un cuento moral pre-COVID sobre las medidas y desbordes a la hora de afrontar una crisis sanitaria que ni Yuval Harari vio venir. ¿Pero qué sucede con películas que llegan a toro pasado? Algunas han circulado por el Festival de Sitges aprovechando las posibilidades que ofrece el género, es decir, el cine capaz de agarrar las dinámicas contradictorias de lo real para encerrarnos en un refugio donde soñar, sufrir, permanecer.

    El refugio, sin embargo, también puede intoxicar. En The Harbinger, una joven –Gabby Beans– se salta el confinamiento para asistir a una amiga –Emily Davis– que sueña reiteradamente con un intruso con cara de cuervo. En el fondo, la imagen de otro médico. No el de Saramago, que predice pandemias, sino el de máscara aguileña que visitaba infectados de peste bubónica en la Europa del siglo XIV. Quizá el director, Andy Mitton, se inspiró en esta imagen. Sea como fuere, sirve de puente para acceder a propuestas como La alarma de Nacho Vigalondo. Ésta, concebida como nuevo episodio de Historias para no dormir, honra la austeridad televisiva de Chicho Ibáñez Serrador recluyendo a un grupo de familias –¡con Javier Gurruchaga y Ojete Calor!– que comparten vivienda en un mundo alérgico al exterior donde lluvia es sinónimo de peligro. La pandemia, de nuevo sobre la mesa, sirve para componer una deliciosa comedia de sospechas y rayas de cocaína que funciona como paranoia encarcelada. La clave se esconde en un oscuro objeto de deseo sobre la mesa del comedor. Una escultura de colores que bien podría descansar en una sala del Centro Pompidou y que conecta con la estructura geométrica de una flota de naves alienígenas que permanecen inmóviles en el cielo. Las resonancias pandémicas podrían terminar aquí si no fuera porque Vigalondo comparte raíz surrealista con La tour de Guillaume Nicloux. Ésta también llega en forma de encierro. Todo acontece en un bloque de pisos que, de forma repentina, se ve rodeado por la oscuridad absoluta. Los vecinos no pueden salir. Ni si quiera extender su mano. Cualquier cosa que se proyecte hacia fuera se desintegra en este thriller distópico a la sombra de Ballard que revisa High-Rise en clave de drama social poco inspirado.

    Racionamiento, fricción étnica y tráfico desesperado conforman la catábasis de Assitan, la superviviente que Angèle Mac interpreta en este descenso de violencia centrípeta a la descomposición del ecosistema urbano. Una tragedia cósmica donde todo es evidente menos el paso del tiempo, contado mediante sutiles elipsis. Y es, tal vez, la imagen de esta chica agotada, que envenena los cuentos de cama de su hijo adoptivo en un túnel sin salida, lo que conduce a su opuesto. En lo nuevo de Ti West radica el contrapunto ideal. Pearl es la joven que interpreta una desatada Mia Goth canalizando su ansiedad doméstica a través del ataque liberador. Su personaje aprovecha las constantes del slasher para destrozar a golpe de hacha el arquetipo del ángel del hogar. Goth es pura distorsión en un escenario donde la pandemia vuelve a ser contexto y la distancia de seguridad, una costumbre. Nos ubicamos en el deep south americano, tras el brote de gripe española de 1918, en diálogo con la Extremadura profunda de terror feminista que Carlota Pereda despliega en Cerdita. Pero lejos de quedarse en retrato de época, West emplea la apariencia sedosa de los melodramas de Douglas Sirk para pervertir el imaginario clásico. La escena en que Pearl pierde en un campo de mazorcas el fotograma que le ha regalado el proyeccionista del pueblo deriva en reescritura alucinada del momento en que Dorita conocía al espantapájaros en El mago de Oz (1939), pero en clave lúbrica y onanista. Ésta es la mejor señal de corrupción ingeniosa en una obra que es precuela conceptual de X (2022) –aquella brillante observación sobre el deseo podrido en las cárceles de la moral– y que amplía su campo de batalla rebuscando en la jugosa intersección entre cine y porno, entendidas como dos formas de tensar el cuerpo.

    Historias para no dormir: La alarma, de Nacho Vigalondo; La Tour, de Guillaume Nicloux.
    Pearl, de Ti West; The Harbinger, de Andy Mitton.



    Una fiesta mediterránea

    Hasta aquí, Sitges podría leerse como vía de sentido único, pero nunca ha sido así. Otras pistas reverberan en la mastodóntica selección de producciones que se han agrupado bajo el cartel principal. El rostro modular de King Kong es el icono de cabecera, aunque bien podría ser el flyer de un set de música electrónica. De ahí que, en otro orden de lectura, Sitges se pueda ver como una fiesta pospandémica con sus galas, conciertos y caminatas zombi. No por casualidad, la inauguración fue, en sí misma, una farra. Venus de Jaume Balagueró es lo más parecido a una juerga para espectadores de trinchera. Una oda al fantaterror como fuente de placer sin complejos donde Ester Expósito es una bailarina de discoteca perseguida por la mafia que se refugia en el edificio que da nombre al film. No el Venus que hay en el barrio de la Mina de Barcelona, sino otro de la periferia madrileña. Una vez allí, busca el modo de salir adelante con su hermana y su sobrina en un marco de dificultades económicas donde lo criminal transita de un modo forzoso e inverosímil hacia lo familiar y desemboca en lo satánico. Todo tiene que ver con un edificio –según Balagueró, su versión particular del Dakota building de La semilla del diablo (1968)– que parece un evento de puertas abiertas donde no faltan invitados de altura como las criaturas de H. P. Lovecraft, las heroínas setenteras de rape and revenge, la nueva carne de Joel-Peter Witkin –muy presente en su primer corto Alicia (1994)– y las tres madres de Dario Argento. Con todo, Balagueró firma un comienzo divertido e intrascendente –por encargo de Álex de la Iglesia– en una edición donde el maestro italiano, precisamente, ha estrenado con su hija Asia la muy caprichosa Dark Glasses.

    Y como en toda fiesta que se precie, la danza se apodera del ambiente. Cuerpos entregados a la cinética. Gestos que no obedecen una pauta concreta. Se desplazan puntuando escenas que actúan como un paréntesis sensorial. Especialmente llamativa es Summer Scars, ópera prima de Simon Rieth protagonizada por dos hermanos en la realidad y la ficción. Raymond y Simon Baur son los contrincantes de una lucha cainita que no tiene que ver con rivalidad, sino con necesidad. Tras vivir una experiencia traumática, el hermano mayor desarrolla una dependencia frente al pequeño que consiste en revivir el suceso una y otra vez. Por insólito que parezca, la muerte es el reclamo de esta refrescante propuesta que encuentra en su título original –Nos Cérémonies– su mejor aviso de prudencia. Y es que Rieth no hace más que explicar un cuento veraniego filmado en su Royan de infancia. Un coming of age de metafísica portátil donde importa más la conexión fraternal que el trasfondo existencial. Y nada mejor, como imagen de muestra, que el suave trávelin lateral donde Raymond y Simon –actuales campeones de wushu– dan un paseo ejecutando toda clase de saltos y patadas aéreas en perfecta armonía con la banda sonora de Éric Debègue. La danza improvisada resumiendo la vida. Un trozo, al menos. Un instante atrapado en el plano que, perfectamente, podría dialogar con la cinética corpórea de filmes como la singular Tropique, otro drama fraternal –esta vez con astronautas y una desaprovechada cita a Cronenberg en una versión macarra de Gattaca (1997)– que no duda en poner a bailar al pequeño núcleo familiar que integran Pablo Cobo, Louis Peres y una Marta Nieto de acento cubano al ritmo de Desenfocao’ de Rauw Alejandro en la escena más tierna del certamen.

    Asimismo, la danza es carta de presentación en la nueva maravilla de Kogonada, un autor de encomiables video-ensayos sobre Yasujiro Ozu y Vittorio De Sica, convertido ahora en cineasta de la pulcritud. En una escena inicial de After Yang, presenta a sus personajes a través de una coreografía plural. El director de Columbus (2017) muestra una sucesión de idénticos planos generales donde aparecen familias perfectamente sincronizadas al son de Welcome to family of 4 de Aska Matsumiya. El dance sirve a Kogonada como un acto automatizado de comunión virtual en un futuro –quizá no tan distópico– donde se accede a la memoria de un tecno-sapiens recién fallecido (Justin H. Min) a través de las imágenes que configuraron su entorno. La narrativa es laberíntica y fragmentada. Parece inspirada en Ciudadano Kane (1941) –¿acaso el modelo de referencia, tras La red social (2010), para abordar la fibra emocional ante la llegada de nuevas tecnologías de alcance universal?– con la diferencia de que esto no es un thriller sobre infancias perdidas ni estéticas de la inmediatez. After Yang es el resultado de la tensión que se produce entre imágenes cerebrales y otras de naturaleza robótica, entre los recuerdos de Jake –preciso Colin Farrell en la piel de un padre de familia amante del té– y el backup mental del androide fraterno de su hija Mika (Malea Emma Tjandrawidjaja). Yang es un enigma capaz de almacenar algo tan inasible, tan lejano para un ser de cable y batería, como la imagen que atrapamos fruto de una pulsión. En el fondo, aquí la danza actúa como punta de iceberg. Lo importante son los misterios de la memoria que se proyecta en un firmamento de estanterías borgianas. Y claro, hablar de memoria en Sitges es hablar de expectativas.

    After Yang, de kogonada; Tropique, de Edouard Salier.
    Summer Scars, de Simon Rieth; Venus, de Jaume Balagueró.



    Traumas de la maternidad

    El festival ha dado lo que siempre se espera de él. La excusa para ver de nuevo a una final girl en acción. Agitada, sufriente y combativa. La crítica Desirée de Fez vio en esa excusa la oportunidad de hablar sobre los miedos de la mujer en su estupendo ensayo Reina del grito (2020) aunque el terror también ha modulado la feminidad como figura terrible. La apariencia brujesca de la madre del gánster –origen y causa del villano que interpreta Edward G. Robinson en Hampa dorada (1931)– bien podría ser un intrigante punto de partida sobre el potencial tenebroso de la progenitora en imprescindibles como Psicosis (1960), El caso de Lucy Harbin (1964) y Carrie (1976) –glosadas en otro estudio provechoso, La madre terrible en el cine de terror de Javier Parra– para alcanzar un presente donde la rigidez conservadora que se respira en la casa de Pearl transforma su pasión vital en explosión furiosa. Lo materno se define gracias a su opuesto. Lo sustancial, a través de una mirada psicótica. Tal es así que la postal de una apacible cena para recibir al héroe que vuelve de la guerra se traduce en grotesco festín de horrores como si West agarrara el imaginario de la América ideal –pintado por el primer Norman Rockwell– y lo dejase a la intemperie para que se lo comieran los gusanos. Asimismo, la producción noruega Nightmare de Kjersti Rasmussen también aborda la ansiedad materna. Trata sobre el embarazo como pesadilla con ecos a la icónica pintura de Heinrich Füssli, pero sin citarla. A Eili Harboe le cuesta distinguir entre sueño y vigilia en este ejercicio fallido de terror con tintes de sátira que acierta al bromear sobre la misma condición que atormentaba a Marion Cotillard en la –ahora lejana– Origen (2010) de Christopher Nolan.

    Por otra parte, suenan voces tan estimulantes como Eduardo Casanova y Michelle Garza. El primero habla de la maternidad como dictadura. La segunda, la escucha como si fuera un crujido. Por un lado, La Piedad entiende que madre –pletórica Ángela Molina– e hijo –desgarrador Manel Llunell– son un mismo cuerpo. Su relación, siempre doméstica, está basada en la sobreprotección extrema. Más que madre a secas, podemos hablar de madre patria. La náusea de una es vómito del otro en este enfermizo juego de miradas coincidentes y banda sonora herrmanniana. Casanova da un salto mortal sin miedo cuando decide comparar su peculiar visión de la mamá controladora con el régimen de Corea del Norte. La tragedia de un hijo diagnosticado con cáncer se enrarece cada vez más en este descenso a los infiernos de la soledad donde la forma ejerce de revolución absurda a medio camino entre la poética que Tarsem Singh acuñó en La celda (2000) –¿recuerdan a Jennifer López en una piscina, con túnica roja y un niño ensangrentado en brazos, como revisión posmoderna de la Virgen sosteniendo a Jesús?– y una serie de tableaux vivants que invocan los fotomontajes de Pierre et Gilles. A su lado, Huesera parece sobria, pero si las distanciamos esconde imágenes de impacto. Natalia Solián es la joven que espera un bebé en este acercamiento a las ceremonias ocultas de un México esotérico donde gestación significa mutación. No sólo del cuerpo que va a parir un hijo, sino directamente de la identidad de la mujer. Decidir es un acto de dolor y sacrificio, parece decirnos Garza a través de escenas que beben del cine de intrusiones fantasmales, pero que también proponen otra forma de cocinar el miedo entre el rito pagano y la danza contemporánea.

    Mantícora, de Carlos Vermut; Nightmare, de Kjersti Rasmussen.
    Huesera, de Michelle Garza; La piedad, de Eduardo Casanova.



    Infancia amenazada

    Hasta aquí, bien podríamos pensar en la madre como gran metamorfosis. Un cuerpo que muta entre gritos, dolores y angustias. Ahora bien, ¿qué ocurre con la infancia? ¿Qué papel juega? ¿Es un cuerpo que crece con posibilidad de corrección o que carga con los pecados adultos? Para Francisco de Goya, el sueño de la razón producía monstruos. Para Pearl, el deseo encarcelado, también. Para Carlos Vermut, la diferencia entre lo humano y lo abyecto es una cuestión de amor. Y entendemos por amor el hecho de “proporcionar herramientas necesarias a la infancia para que ésta exprese lo que siente”. Mantícora –su nueva obra maestra, presentada fuera de competición– nace de la voluntad por comunicar imágenes que circulan libremente por el inconsciente y, también, de la creencia tal vez naif de que el arte puede salvarnos de la locura. Lo más radical de este thriller psicológico es que no sólo habla de una infancia que expresa a través de la música, sino de una juventud que esconde sus peores secretos detrás de una máscara. Julián –el modelador de criaturas tridimensionales que encarna un descomunal Nacho Sánchez y que entabla amistad con un niño que vive en la puerta de enfrente– es el enfermo de esta tragedia, condenado a vivir ardiendo por culpa de un deseo que no puede reprimir y que el mundo no quiere comprender. Julián es el animal huérfano de una sociedad donde la falta de empatía –como diría el médico de Saramago– es una forma de ceguera.

    Por este motivo, el retrato del monstruo no tiene que ver únicamente con presencia, sino con ausencia. Los seres anómalos, parece decirnos Vermut, no sólo hay que buscarlos en la textura hiperrealista del videojuego de acción o en un dibujo infantil colgado en la pared o en las pinturas negras del Prado como Saturno devorando a su hijo (1823); sino en el trozo de moqueta de un comedor madrileño. Por extraño que resulte, Mantícora se podría resumir así. Como un terrible acto doméstico. Mejor aún, como un inquietante punto de vista –el de Julián, sentado en el sofá, ataviado con gafas de realidad virtual– que hace temblar el plano fruto de una masturbación inconfesable. Por esto, la imagen aparece vacía. Porque en un mundo de saturación digital, donde el monstruo es “herramienta comercial”, la solución llega con la austeridad. Ya no hay nada que ver. Sólo imaginar y tratar de comprender. Como en la habitación de la lagartija que inundaba de interrogantes la muy pasoliniana Magical Girl (2014), perfecta compañera de programa doble con la truculenta Flux Gourmet de Peter Strickland. En cualquier caso, Vermut sabe lo que significa el género. Sabe que un niño puede confundirse entre una de terror y una porno. Sabe mejor que nadie que esa mirada de descubrimiento inocente es lo más insoportable que existe para un cuerpo que sufre, filmado con el más profundo de los respetos. Por esto, prioriza el fuera de campo en la escena más relevante de Mantícora. Como si la espeluznante criatura que Julián ve a través de sus gafas estuviera escondida detrás de la moqueta de su comedor. Incluso detrás del parqué. Como si lo monstruoso fuera una mujer pantera que pudiera abalanzarse sobre nosotros en cualquier momento.

    ¿Qué pensará Santiago Fillol sobre Mantícora? ¿Qué pasará por la cabeza del autor de una tesis sobre el fuera de campo, partiendo de Jacques Tourneur, ante una no-imagen tan huidiza, tan visible en su invisibilidad, como la que Vermut nos ofrece en el apartamento de Julián? Fillol, en su magnífica investigación Manifestaciones de una lejanía por cercana que pueda estar (2004), construyó un artefacto para (re)pensar el fuera de plano. La tensión entre lo que aparece y desaparece. Mejor aún, la presencia que creímos detectar en medio de una ausencia que no necesariamente le ha permitido el acceso en los dominios del encuadre. Todo ello, nos permite seguir escarbando en Mantícora, un cuento de terror de corte humanista donde El planeta salvaje (1973) de René Laloux y los cómics ultraviolentos de Junji Ito sobrevuelan la retina del protagonista como si fueran miodesopsias de un sujeto en constante tortura. Ahora bien, Vermut no es un fenómeno que conviene aislar. Por excitante que resulte su cine, también sirve para tender puentes. Su forma de entender el sexo, por ejemplo. A diferencia de Pearl, que proyectaba el apetito de su inquieta protagonista en un espantapájaros con el rostro de David Corenswet; Vermut apuesta por la solemnidad de una imagen que sugiere. Dicho de otro modo, el director español prefiere antes invocar un recurso propio de Robert Bresson que las fugas psicogénicas de David Lynch, un maestro no tan distanciado de cuanto venimos comentando. Casualmente, su eterno imaginario le ha servido a Alexandre O. Philippe para tejer el diálogo en su último documental estrenado en Sitges. Lynch/Oz comprende que el cineasta irrepetible de Carretera perdida (1997) y el musical colorista de Victor Fleming son un juego de vasos comunicantes tan disfrutable para el curioso como disperso para el exigente.

    Y, de repente, este texto se convierte en tarea fútil. Tan monstruoso como el certamen que trata de comprimir. No tiene sentido abordarlo en su totalidad. Es más, cualquier reflexión, por pequeña que sea, será siempre un reflejo de su naturaleza caótica, mutante, deforme. Por esto, lo mejor que le podía pasar a Sitges 2022 es que su gala de clausura nos obsequiara con una película que, de nuevo, vuelve a ser una fiesta. Lo lúdico, pues, se hace circular. Del pistoletazo que dio Balagueró con su marchosa Venus alcanzamos una meta que también es celebración. La imperfecta Bones and All es el camino más cómodo de vuelta a casa en un Sitges repleto de imágenes centrífugas e inconexas. Luca Guadagnino plantea una playlist deliciosa en forma de road movie romántica sobre esa adolescencia siempre en tránsito por las carreteras del alma. Taylor Russell y Timothée Chalamet integran la pareja criminal con más flow del año en un cuento caníbal de nostalgia melómana que luce algunos códigos del fantástico como si fueran pendientes colgando de una oreja. Por un momento, parece la versión raspada de Bonnie & Clyde (1967), pero la violencia no sirve tanto para suplir pulsiones sexuales como para construir un viaje de adicción melancólica a ninguna parte. Y así, entre el Save a Prayer de Duran Duran y el bailoteo que se marca un Chalamet de pelo rojizo a ritmo del Lick It Up de Kiss, la película comparte pista de baile con el muy absurdo díptico de Quentin Dupieux –Incroyable mais vrai y Fumer fait tousser– y piezas tan delirantes para un Halloween eterno como Deadstream y Christmas Bloody Christmas. Lo hemos dicho ya. Volvemos a insistir. El cine, entendido como una macrofiesta o como una práctica hipnótica de ceguera compartida. Fin de trayecto.
    por Carles M. Agenjo
    octubre 31, 2022

    Sitges 2022: Crónica

    por Carles M. Agenjo | octubre 31, 2022
    || Festivales
    Sitges 2022
    Anotaciones sobre la programación
    Un rostro modular


    Carles M. Agenjo
    Sitges |

    fechas
    | Del 6 al 16 de octubre de 2022. |

    El cartel de Sitges de este año parece un sendero que se bifurca hacia lo desconocido. Es una imagen mutante que genera el mismo entusiasmo que un motivo de nostalgia. En él, aparece un entramado de líneas que se curvan como si fueran ondas circulando a la velocidad del sonido. Esta estructura geométrica conforma un rostro imponente. Es la cara de Kong, adoptando la apariencia de un bajorrelieve digital de expresión rígida y estoica que ubica como gran protagonista al rey de los monos. O mejor aún, nos encontramos ante la reescritura iconográfica de un festival que ya suma 55 ediciones y que aprovecha la ocasión para sintonizar la frecuencia de Tron (1982). La película, dirigida y guionizada por Steven Lisberger, es una experiencia inmersiva de verdadero culto por su exquisito diseño conceptual firmado por Moebius. Un título pionero en mezclar escenas de acción real con animación retroiluminada por ordenador. Pero también una obra producida por Disney durante su crisis de los 80; descalificada por la Academia, que consideró su innovador CGI como un método tramposo y, finalmente, fallida como ejercicio de puesta en escena. Y es que Tron es un cuerpo autolesivo. Tan desmesurado en su apabullante despliegue visual que termina estrangulando las emociones de su propio relato. Aún así, ha quedado grabada en un imaginario que comparten miles de boomers y millennials around the globe. Y ahora el objetivo no es otro que volver a la ciudad costera del 6 al 16 de octubre para rendir diversos homenajes –al filme de Lisberger, que ya sopla 40 velas, y a figuras cinematográficas que se lo han ganado a pulso– con el fin de repetir una tradición anual tan extendida en algunos círculos de la cinefilia contemporánea como este buen atracón de fantástico, terror, thriller, comedia y ciencia-ficción.

    En el fondo, el mito del cartel es lo de menos. Drácula, el carrito de La semilla del diablo, las niñas de El resplandor o el gigantesco cráneo rojo y tubular de color rojo y voz modulada que tiranizaba el submundo gamificado de Tron y que Jeff Bridges y Bruce Boxleitner debían vencer a golpe de disco, ataviados con uniforme fluorescente. Cuando hablamos de Sitges, estos personajes funcionan antes como caramelos de márquetin o elementos de gancho para atrapar al público que como recursos útiles para armar un discurso crítico bien compacto. Pero si hay algo que define al Sitges Film Festival es, precisamente, su capacidad para estimular el diálogo entre propuestas de género que, a simple vista, no parecen guardar relación y que agrupan bajo un mismo techo al visitante iniciado, la crítica somnolienta y el fan más encallecido. Sitges vuelve a la carga con un programa monstruoso por inabarcable. Casi 300 propuestas –entre largos, cortos, primeros episodios y sesiones especiales– durante once intensas jornadas desfilarán por las distintas salas del certamen en una edición que, con la excusa de recuperar la topografía virtual de Lisberger, dedicará un sentido homenaje a personajes clave del cine de género. Desde el Gran Premio Honorífico a Colin Arthur –responsable de algo tan mítico como los homínidos de 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), la cascada sangrienta de El resplandor (The Shining, 1980) y las serpientes de Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982)– hasta la Máquina del Tiempo otorgada ex aequo tanto al juguetón y estilista Edgar Wright como al prolífico y entretenidísimo Neil Marshall. Culmina el podio Dario Argento, galardonado con el Golden Honorary Award. Asimismo, Claudio Simonetti, líder del rock progresivo de Goblin y compositor de títulos emblemáticos del giallo italiano, recibirá el Méliès de Oro.

    Dentro de la extensa programación, destacan regresos especialmente llamativos. El veterano Jaume Balagueró vuelve al festival que lo ha visto crecer desde sus primeros cortos como director. Esta vez, inaugura la sección oficial con Venus, un trabajo de terror entre apartamentos malditos, apadrinado por el sello de Álex de la Iglesia y Carolina Bang –Pokeepsie Films– y protagonizado por Ester Expósito. Ti West presenta Pearl, la precuela de X, su aclamada pieza de folk horror, ambas producidas este mismo año. El personalísimo Peter Strickland –autor de la espléndida Berberian Sound Studio– nos obsequiará con las truculencias de Flux Gourmet y Quentin Dupieux, con un díptico de humor absurdo –Incroyable mais vrai y Fumer fait tousser– donde los misterios de un sótano y el retiro espiritual de un escuadrón de justicieros llamado TABAC FORCE se alinean con los códigos de su particular trayectoria cómica que tantas alegrías ha regalado en Sitges. Por otra parte, el mismo Argento estrena, diez años después de su última película como director, el slasher Occhiali neri; y el gran Robert Englund, eterno Freddy Krueger, pisará de nuevo la ciudad mediterránea para presentar Hollywood, Dreams and Nightmares: The Robert Englund Story, un documental que revisa su dilatada carrera como un actor no sólo de terror. Asimismo, completa este itinerario de regresos y homenajes la nueva temporada de Historias para no dormir. La serie –una carta de amor a Chicho Ibáñez Serrador impulsada por su hijo Alejandro– ha logrado reclutar a grandes exponentes del fantástico español como Nacho Vigalondo, Alice Waddington y el mismo Balagueró junto a un Salvador Calvo que podría sorprendernos sobre un terreno que todavía no ha transitado: el thriller futurista.

    Igualmente, llama la atención el terror low cost con denominación ibérica. Paco Campano se estrena en solitario con una delirante propuesta de ciencia-ficción que se titula ARDE!. Y Carlota Pereda abre camino en el cine de género realizador por mujeres con Cerdita, un thriller con toques de comedia costumbrista protagonizado por Laura Galán –ganadora a Mejor actuación en el BAFICI– que aborda un tema de rabiosa actualidad como el acoso escolar. De mayor envergadura son, en cambio, las nuevas películas de Carlos Vermut, Eduardo Casanova, Rodrigo Sorogoyen, Raúl Cerezo y Fernando González Gómez. El primero aterriza con el thriller psicológico Mantícora que ahonda en la psicología de un torturado diseñador de videojuegos. El segundo promete los tableau vivants más asombrosos y alegóricos del certamen con La piedad. El tercero ataca con su mejor arma: el thriller asfixiante. As bestas llega a Sitges tras alzarse con el Premio del Público en San Sebastián. Y los dos últimos se enfrentan a un proyecto de mayor presupuesto –un salto parecido ha dado Paul Urkijo con Irati– que se titula Viejos, dirigida por el mismo tándem que, el año pasado, despertó polémica con un debut ambiguamente machista a medio camino entre el placer sangriento y la vergüenza ajena: La pasajera. Redundan el programa opciones de procedencia norteamericana como After Yang de Kogonada –conocido por la simétrica Columbus y por estimulantes análisis de puesta en escena sobre Hitchcock, Rossellini, Bresson, Bergman, Kubrick y Tarantino–, Nanny de Nikyatu Jusu, Nocebo de Lorcan Finnegan y Halloween Ends, el cierre de la trilogía que, en 2018, reinició el mito de Michael Myers a cargo de David Gordon Green bajo el amparo de Blumhouse Productions.

    Desde luego, la ficción asiática vuelve a encontrar su espacio en un festival que siempre le ha abierto sus sus puertas. Aunque este año no contamos con autores tan consagrados como Park Chan-wook, Na Hong-jin o Takashi Miike, encabezan la participación oriental thrillers como Hunt de Lee Jung-jae, A man of reason de Jeong Woo-seong y el musical animado Inu-Oh de Masaaki Yuasa, uno de los creadores de Hora de Aventuras (Adventure Time with Finn & Jake, 2010) que bien podría conjurar un estupendo programa doble con la animación desquiciada de Alberto Vázquez en Unicorn Wars. Producciones como éstas compartirán jornada con otras que proceden de Senegal, Eslovaquia, Finlandia, México, Australia y Gran Bretaña como Saloum de Jean Luc Herbulot, Nightsiren de Tereza Nvotová, Huesera de Michelle Garza, You won’t be alone de Goran Stolevski y Enys Men de Mark Jenkin, entre otras propuestas. En cuanto a la clausura del certamen, Bones and All de Luca Guadagnino colocará la última piedra de ese mastodonte de oferta audiovisual llamado Sitges en una edición que cuenta como jurado de sección oficial a competición con Mariana Enríquez, Heide Honeycutt, Christophe Mercier, Susanne Wuest y William Lustig.

    ¡Felices visionados bajo el rostro modular del gran Kong!

    por Carles M. Agenjo
    octubre 06, 2022

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    por Carles M. Agenjo | octubre 06, 2022

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