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    Crítica | Sisu

    || Críticas | Sitges 2022 | ★★★☆☆ |
    Sisu
    Jalmari Helander
    Insistencia finesa


    Carles M. Agenjo
    Sitges |

    ficha técnica:
    Finlandia, 2022. Título original: Sisu. Dirección: Jalmari Helander. Guion: Jalmari Helander. Compañías productoras: Subzero Film Entertainment. Fotografía: Kjell Lagerroos. Música: Juri Seppä y Tuomas Wäinölä. Producción: Mike Goodridge, Petri Jokiranta, Gregory Ouanhon, Sirkka Rautiainen, Antonio Salas. Reparto: Jorma Tommila, Aksel Hennie, Jack Doolan, Mimosa Willamo, Onni Tommila. Duración: 91 minutos.

    En tiempos de la Guerra Fría, la neutralidad para un país como Finlandia era garantía de independencia. Como el jugador prudente que prefiere proteger antes que arriesgar. En 1995, la partida fue otra. Tras el desmembramiento soviético, el país “más feliz del mundo” ingresó en la Unión Europea y la neutralidad se transmutó en naipe descartado. Sin embargo, la actitud seguía siendo moderada. Frente al gigante ruso, cautela. Frente a la posibilidad de amenaza, un no alineamiento militar que, tal vez, seguiría en activo si no fuera por la jugada final que Vladimir Putin ejecutó, contra todo pronóstico, un triste febrero de 2014. El presidente enmascaró bajo su rostro pétreo de mirada imperturbable la decisión que nadie esperaba. Aprovechando el confuso Tratado de Cooperación y Amistad con Ucrania y pasando olímpicamente del Memorándum de Budapest, miles de soldados se desplazaron en sigiloso fuera de campo hacia las bases que Rusia tenía en la península de Crimea. Algunos vestidos de uniforme militar. Otros, de camuflaje sin insignia. Y la invasión estalló en silencio. Como un atropello en mitad de la noche. En palabras del periodista John Simpson, todo terminó “antes de que el mundo se diera cuenta de que había empezado”. Lógicamente, lo último que hizo Finlandia fue quedarse de brazos cruzados. Su cooperación militar con la Alianza Atlántica se aceleró y, este año, la tragedia perpetrada en suelo ucraniano ha incidido en la cada vez más firme voluntad de adherirse –junto con Suecia– a la Alianza Atlántica pese a las amenazas del Kremlin, que han caído en saco roto. Ahora, Finlandia es otra. Lejos queda su postura neutral. Como una imagen marchita. Y su actitud es activa. Irritante, incluso, para un régimen totalitario que cometimos el error de creer extinto.

    Pero nada es tan simple. No se puede reducir Finlandia a un relato. Ni a una imagen. Por esto, la narrativa musical de Aki Kaurismäki –entre el tupé de los Leningrad Cowboys como signo de la desubicación cultural y el laúd de mástil largo que un lacónico Sherwan Haji toca en El otro lado de la esperanza (2017) como llanto por la crisis de los refugiados– podría servir de contrapunto a otras formas de contar un país donde el clima de paranoia de la URSS ha servido para alimentar gestas deportivas –La clase de esgrima (2015)– o el thriller aterciopelado –Espías en la sombra (2019)– configurando un reflejo caótico de su propia memoria. Ahora bien, ¿qué ocurre con el cine de género puro y duro? ¿Con su carácter lúdico? Si Hollywood ha sido capaz de sintetizar las últimas décadas del siglo XX a través de la violencia y la pirotecnia desde una ironía no siempre presente ni efectiva, ¿puede un ejercicio bélico como Sisu acercarse a las fricciones contemporáneas? ¿O su condición festiva lo condena al escapismo pasajero? La respuesta llega en forma de tránsito. En 2003, Jalmari Helander planteó en Rare Exports Inc. un chiste navideño donde Papá Noel era un animal de caza procesado por los canales de distribución de un mundo que comercia con todo. En 2010, el mismo director y guionista volvió a desplegar el secuestro de Santa Claus en su primer largo: una divertida reescritura de las fábulas navideñas que encontró su personalidad modulando el cine-espectáculo marca Spielberg en clave gamberra. Menos inspirada fue Caza mayor (2014), donde el presidente norteamericano ejercía de action hero interpretado por Samuel L. Jackson, trasladando el modelo Harrison Ford al contexto del mandato Obama en plena sintonía con el Jamie Foxx de Asalto al poder (2013).

    Era cuestión de tiempo que Helander recuperase los códigos de un cine de gran consumo que no sólo mira a Estados Unidos con buenos ojos, sino también a Europa. Su tercer largometraje es pura convicción. Un disparate de ritmo acelerado tan convencido de sí mismo como –salvando distancias– el 70% de los finlandeses que, según encuesta, afirman sentirse más seguros bajo el paraguas de la OTAN en estos momentos de incertidumbre geopolítica. En el fondo, todo podría resumirse a esto. Sisu es un acto de asertividad extrema. Un viaje de hazaña hiperbólica que sigue el regreso a casa de un veterano ex combatiente de pocas palabras en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Todo empieza cuando Aatami –interpretado por Jorma Tommila, héroe habitual del cine de Helander– descubre un tesoro en los páramos de Laponia. De camino al banco para ingresarlo, se enfrentará a un batallón nazi –con uno de sus soldados interpretado por su hijo, Onni Tommila– que entra en escena como un grupo de bandidos postapocalípticos –liderado por un teniente de las SS que encarna un discreto Aksel Hennie– y que destroza ciudades enteras a su paso. Pero Helander no se conforma con poco. Ni tiene miedo a hacer el ridículo. Esta vez, rebasa las fronteras de lo inverosímil en una acumulación de secuencias trepidantes donde asistimos al itinerario superheroico por tierra, mar y aire de un guerrero que parece una abstracción estúpida sobre lo que permanece. Tommila es el one army man del año en esta propuesta que entiende la acción imposible como relato y donde reta a la muerte entre minas, aviones y carros de combate de una forma tan insensata, que, más que una caricatura del western, esto parece la sátira involuntaria de un videojuego de lucha con vidas extra.

    No es casual que la tensión entre miradas y la banda sonora de Juri Seppä y Tuomas Wäinölä –en sintonía con la trilogía del dólar de Sergio Leone y las partituras de Ennio Morricone– abran paso a una matanza en la mejor tradición de la Century Fox y la Cannon. Y es que Aatami es lo más parecido a una revisión hinchada del lobo solitario. Su mistérica figura se configura como versión nórdica de una masculinidad camp perfectamente alineada con los cuerpos analógicos de Sylvester Stallone y Chuck Norris, pero con un factor diferencial. Sisu es la palabra clave. La que mejor define la perseverancia finlandesa, según la Universidad de Aalto. La fuerza interior de quien se enfrenta a enormes desafíos con determinación estoica. Dicho de otro modo, es un valor mercantil. Tan propenso a ser exportado a escala internacional como el Santa Claus de Rare Exports. El término, incluso, ha servido como jugosa estrategia de márquetin. Sus acepciones comprenden desde una cima antártica acuñada por el alpinista finés Veikka Gustaffson –símbolo nacional tras alcanzar el pico del Everest en 1993– hasta un popular dulce que, durante años, llevó grabado su rostro en el envoltorio. Ahora bien, ¿qué sucede con las tinieblas de este concepto? ¿Puede el sisu servir como instrumento de propaganda? ¿Y cómo campaña del miedo en tiempos de contienda contra el bloque soviético? Por otra parte, ¿podemos pensar en la épica de Jorma Tommila como reflejo posmoderno de los soldados-leyenda que de verdad lucharon en la Guerra de Invierno? ¿Acaso mitos que han dejado huella en la historia como el francotirador Simo Häyhä –bautizado como La Muerte Blanca– o el capitán Aarne Jutilainen –el Terror de Marruecos– no integran el lado oscuro de un término que, además de cinematográfico, se utiliza en charlas de crecimiento personal?

    Por suerte para la cinefilia bastarda, criada en los años 80 y 90 entre estanterías de videoclub y carátulas grasientas, la nueva película de Helander no quiere indagar en la perseverancia como lección moral. Ni abrazar la nobleza en un presente de fe suprema en el esfuerzo, felicidad rentable y cultura de tutorial. Al contrario, Sisu insiste en el puro delirio. Es un tebeo filmado que escapa de la realidad apropiándose de un escenario típicamente pulp de la guerra en campo abierto como motor de placeres sangrientos, gags que flirtean con el slapstick –el ahorcamiento, el combate final– y hasta una reivindicación algo panfletaria donde la mujer pasa de prisionera a icono en un abrir y cerrar de ojos. Con todo, Helander dibuja Finlandia como una broma explosiva y reduce la guerra a un partido entre dos canastas. Quizá por esto no parece muy sensato reclamarle precisión histórica o compromiso político a su nuevo juguete. Lejos queda el jetlag cultural del que, en su día, habló Jordi Costa a raíz de la exquisita poética del cine de Kaurismäki. Y lejos queda también una propuesta de rabiosa actualidad que sí se atreve a retratar los márgenes de Europa –la comedia negra Donbass (2018)– a través de imágenes hirientes y confusas en plena era de la posverdad. Sisu, en cambio, es pura intrascendencia en un conjunto menos feroz de lo que pretende. En este sentido, la frase que soltó su director justo antes de la proyección en Sitges –Don’t fuck with the finns!– es lo más inofensivo que este crítico ha escuchado en los últimos años. Y sí, está claro que se puede gozar con la película como un divertimento sin complejos… Pero buscarle capas de lectura es como examinar a un caniche que enseña los dientes.


    Sisu, Jalmari Helander
    Mejor película en el Festival de Sitges 2022.

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