Profundidades marinas.
Crónica de la cuarta jornada de la 65ª edición de la Berlinale.
Mirando en retrospectiva, el día de hoy ha sido puramente místico, a medio camino entre discursos muy ambiciosos y otros más clásicos. Con Bill Condon entregando el ejercicio más honestamente sencillo de todos a pesar de su inane amabilidad que acaba echando por tierra la oportunidad de reinventar con mayor riesgo la figura de Sherlock Holmes. Por el contrario, Terrence Malick ha retornado a las andadas, despertando división de opiniones en una vuelta de tuerca bastante repetitiva y vacua en torno a al vacío vital de una estrella que, como es habitual en el director, necesita el amor para redimirse. Un más de lo mismo que, cómo no, también ha despertado pasiones a pesar de su nulo avance respecto a la filmografía del director. Algo que Patricio Guzmán intenta también en su personal propuesta, El botón de nácar. Otro documental narrado a voz en off que une localismo y universalidad como ya hiciera en Nostalgia de la luz, con corrección e interés pero sin, mucho menos, la misma pasión. Algo que nos ha faltado, y mucho, en el pase de Woman in Gold. Una producción made in Weinstein, con Simon Curtis tras las cámaras en un filme de oficio bastante mediocre y con una maniquea ideología muy manipuladora que ha terminado por poner la guinda a un día especialmente desastroso y tenso.
«Él quiere atrapar el instante. Filma y filma buscando ese momento».
Natalie Portman sobre Terrence Malick.