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    Seminci 2020
    Seminci 2020

    SEMINCI 2020: Parte IV

    Crónicas de la 65ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid.

    Jornadas del 30 y 31 de octubre:
    Siervos (Sección Oficial).
    The Cloud in Her Room (Sección Oficial).
    Summer Is the Coldest Season (Punto de Encuentro).
    Este es mi deseo (Punto de Encuentro).
    Slalom (Punto de Encuentro).
    El triunfo (Clausura).
    Periferia (DOC. España).

    En cualquier festival europeo de qualité que se precie, no pueden faltar películas problemáticas en cuanto a su pretendida condición autoral. La autoría es, para algunos directores —y críticos— contemporáneos, la capacidad de invocar, en cada trabajo, cuatro o cinco rasgos identificativos. Siervos (Sluzobnici, Ivan Ostrochovský, 2020) es un claro ejemplo de filme donde la rúbrica del cineasta es un mero artificio. Esto no implica que, en sí mismo, lo nuevo del talentoso realizador eslovaco carezca de interés; es más, al margen de la pose artística, Siervos convence gracias a su notoria solidez formal. El uso de contrastes a través del blanco y negro, los encuadres milimétricos, el peso del silencio en el plano y el marcado estatismo de los cuerpos responden a la falsa sensación de quietud e introversión espiritual del entorno en que se ambienta. A finales de los 80, una pareja de amigos seminaristas debe decidir su posición frente a los sacerdotes que los tutelan, miembros de una secta católica que colabora con el Partido Comunista. Siervos es, ante todo, una ficción autorreflexiva que se cuestiona las consecuencias de las políticas de la resistencia —con resultados más estimulantes que There Is No Evil (Sheytan vojud nadarad, Mohammad Rasoulof, 2020)— cuando la derrota (colectiva) está asegurada.

    Uno puede tolerar cierto grado de impostura si existen otras cualidades en el filme, pero ese no es el caso de The Cloud in Her Room (Ta fang jian li de yun, Zheng Lu Xinyuan, 2020), ópera prima que cierra la Sección Oficial tras alzarse con el premio a la Mejor película en Rotterdam. A falta de complejidad, The Cloud in Her Room parece conformarse con ser confusa. Tan caprichosa como Muzi, su protagonista, una joven de pulsiones itinerantes, la película quiere situarse en el resquicio exacto que hay entre su deseo y la frustración del mismo. Emergen ideas concretas que poseen un valor expresivo mayor que el conjunto. Y es que el grueso del metraje se antoja casi amateur, no solo por la ramplonería con que están realizadas y fotografiadas muchas de las escenas, sino también debido a ciertos experimentos con las cualidades de la imagen —el uso de negativos, por ejemplo— que se quedan en malabares de principiante. La falta de cierta elasticidad en el despliegue visual nos hace creer que Zhang, pese a ocurrencias puntuales —más ingeniosas que significativas—, no estaba tal vez preparada para afrontar un largo.

    Por razones de prestigio cultural y, por supuesto, otras que son netamente industriales, la cinematografía china se las arregla muy bien para encajar en la programación de algunos certámenes europeos películas verdaderamente mediocres. Así sucede con El verano es la estación más fría (Shao Nv Jia He, Zhou Sun, 2020), el escalón más bajo de Punto de Encuentro y, nos atrevemos a decir, de la 65 Seminci. Zhou Sun había conseguido cierto crédito cuando El tren de Zhou Yu (Zhou Yu de huo che, 2002), filme interesante —aunque habló desde la memoria—, pasó por la Berlinale, pero no hay rastro aquí de aquellos méritos estilísticos. Relato acerca de una adolescente rebelde que traba una extraña amistad con el chico que asesinó accidentalmente a su madre, nos hallamos ante una narrativa tan literal en su guion como en la escritura de unas imágenes impotentes, cadavéricas. Coming of age con apólogo moral bajo el brazo, curiosamente solo funcionan sus golpes de humor. Quizás debamos quedarnos con que El verano es la estación más fría es otra prueba flagrante de lo mucho que se han inflamado los ejercicios de algunos cineastas por mera sumisión a tendencias cinéfilas.

    Al contrario que los cines chino e iraní —cuatro y tres producciones respectivamente—, las películas procedentes del África negra han tenido una presencia esquinada estos días. De Nigeria nos llega la excelsa Este es mi deseo (Eyimofe, Arie y Chuko Esiri, 2020), que desafía los tropos, estereotipos y usos retóricos que el cine euroamericano ha ofrecido, con demasiada frecuencia, sobre el continente y sus habitantes. Dos vecinos de un mismo barrio intentan, cada cual a su manera, mudarse a Europa; los viajes se frustrarán por razones diferentes, viéndose forzados a rehacer sus planes de futuro. Si algo aprendíamos leyendo a Chinua Achebe es hasta qué punto el «carácter africano» —somos conscientes de lo alambicado que resulta este concepto— oscila entre la presión que ejercen las expectativas sociales y familiares, y una capacidad psicológica para la resignación que no es sino pura y dura adaptación al medio. Como podrá inferir de ello el lector, ni Mofe, ni Rosa, son tratados con paternalismo o compasión aburguesada por los hermanos Esiri. Estos días hemos podido ver el trabajo de directores que luchaban visiblemente, en cada plano, por desustanciar el dramatismo de situaciones trágicas. Este es mi deseo lo hace sin esfuerzo aparente, mientras sus personajes deambulan por un Lagos casi inédito en salas y pantallas europeas: ciudad en eterno movimiento, vivaz y colorida, y a la vez, patria del inmovilismo, de la muerte y la oscuridad. La gracilidad y pericia de los Esiri tras las cámaras deriva en la creación de un mundo fílmico fascinante, memorable.

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    noviembre 01, 2020

    Especial Seminci 2020 (IV): Siervos / The cloud in her room / Summer Is the Coldest Season / Eyimofe / Slalom / El triunfo / Periferia

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | noviembre 01, 2020

    Premios cabales en una edición notable

    Palmarés de la 65ª edición de la Seminci.

    En un año delicado para toda la industria del cine, terminamos una 65 Seminci con una cosecha muy decente: al menos cuatro grandes películas y un buen puñado de títulos estimables. Han convivido estos días, dentro de una programación arriesgada que se salda con resultados satisfactorios, producciones premiadas en certámenes de primera línea, ambiciosas óperas primas y películas de intención abiertamente comercial. Nada hay que objetar a la Espiga de Oro, recibida por la intriga amorosa Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido, que también ha merecido los premios al Mejor director novel —Lili Horváth— y a la Mejor actriz —la magnética Natasa Stork.

    Los cines populares europeo y asiático han tenido, una vez más en la Seminci, una presencia reseñable. Nos alegra que se haya entregado la Espiga de Plata y el Mejor guion a una comedia romántica en apariencia inofensiva, pero bastante cáustica, como es Gaza mon amour, y que Shai Avivi se haya erigido en Mejor actor por esa feel not-so-good movie que es Here We Are. Las magníficas Minari y The Disciple se van con las manos vacías, pero lo cierto es que el recorrido de ambas —la primera, triunfadora en Sundance, la segunda, Mejor guion y FIPRESCI en Venecia— les augura, si los tiempos lo permiten, un futuro interesante en salas.

    En cuanto a las secciones paralelas, había no pocas obras enjundiosas que destacar. Parece que le resta una larga vida aún al prestigio inflamado del cine iraní, con 180º Rule —discutible salto de Farnoosh Samadi al largometraje— haciéndose con el galardón principal en Punto de Encuentro, aunque nosotros prefiriésemos las más expresivas Mainstream, Mogul Mowgli, Slalom y, muy especialmente, la nigeriana This Is my Desire, joya oculta a rescatar.

    ◼ Espiga de Oro: Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido (Felkészülés meghatározatlan ideig tartó együttlétre), de Lili Horváth, Hungría.
    ◼ Espiga de Plata: Gaza mon amour, de Mohammed Abou Nasser y Ahmad Abou Nasser, Palestina.
    ◼ Mejor director: Ex Aequo, Aurel por Josep, Francia, e Ivan Ostrochovsky por Servants, Eslovaquia.
    ◼ Premio Pilar Miró al mejor nuevo director: Lili Horváth por Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido, Hungría.
    ◼ Mejor actriz: Natasa Stork por Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido, Hungría.
    ◼ Mejor actor: Shai Avivi por Here We Are, Israel.
    ◼ Premio Miguel Delibes al mejor guion: Arab Nasser, Tarzan Nasser y Fadette Drouard, por Gaza mon amour, Palestina.
    ◼ Premio José Salcedo al mejor montaje: Vessela Martschewski por El profesor de persa (Persischstunden), Alemania.
    ◼ Mejor fotografía: Matthias Delvaux, por The Cloud in Her Room (Ta fang jian li de yun), China.
    ◼ Premio del público: Nowhere Special, de Uberto Pasolini, Gran Bretaña.

    Pueden consultar aquí el palmarés de todas las secciones.

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    noviembre 01, 2020

    Seminci 2020: Palmarés

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | noviembre 01, 2020

    SEMINCI 2020: Parte III

    Crónicas de la 65ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid.

    Jornadas del 28 y 29 de octubre:
    Minari (Sección Oficial).
    Mogul Mowgli (Punto de Encuentro).
    Mainstream (Punto de Encuentro).
    Gaza mon amour (Sección Oficial).
    Nowhere Special (Sección Oficial).
    There Is No Evil (Sección Oficial).
    The Wasteland (Sección Oficial).

    Con Minari (Lee Isaac Chung, 2020) alcanzamos el punto álgido de esta Sección Oficial, que ya nos había ofrecido dos trabajos portentosos: Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido (Felkészülés meghatározatlan ideig tartó együttlétre, Lili Horvát, 2020) y The Disciple (Chaitanya Tamhane, 2020). La triunfadora del último Festival de Sundance, relato sobre las vicisitudes de una joven familia coreana en la Arkansas rural de los 80, posee evidentes tintes autobiográficos. Tal vez por eso sorprenda aún más el hecho de que nos hallemos ante una epopeya de tintes fordianos, que narra, sin desatender ninguna perspectiva, la lucha por domesticar un territorio virgen. Como ha sucedido siempre en América, la épica pertenece a los emigrantes. El choque entre las expectativas y la dura realidad, la fina línea entre vivir y sobrevivir, y la unidad familiar como pilar fundacional de la comunidad brotan con naturalidad en composiciones perfectas y líneas de diálogo donde no sobra una sola palabra. Al fulgor melancólico de las imágenes, mérito en parte del director de fotografía Lachlan Milne, se le suma una evocativa partitura de Emile Mosseri, acaso su mejor obra hasta la fecha. Por si todo ello fuera poco, Chung recupera a un tipo de personaje expulsado años atrás del cine americano: Will Patton se pone bajo la piel de uno de esos secundarios, tan habituales en las películas de John Ford, que otorgaban una pátina de comicidad al filme a la vez que ahondaban en la dimensión moral y espiritual del mismo.

    Por senderos biográficos discurre asimismo Mogul Mowgli (Bassam Tariq, 2020), una de esas piezas de audiovisual tan sobrecargadas de recursos y tonos que, sin que uno termine de entender bien cómo, se salvan de la catástrofe. Se suceden en aparente caos escenas de corte naturalista, brotes oníricos, recitaciones coránicas, fragmentos cercanos al videoclip, bufonadas sin complejos y flashbacks que confunden presente y pasado, memoria y conjetura. Todo ello, al servicio de una búsqueda identitaria, la del rapero de origen indio Zed —inspirado en el actor central y coguionista de la cinta, Riz Ahmed—, para quien el diagnóstico de una enfermedad autoinmune cobrará un peso extrañamente poético: su cuerpo, que no se reconoce, se está autodestruyendo. La supervivencia pasa necesariamente por una transformación radical, que conllevará asumir sus fracasos, rebelarse contra la cómoda percepción de sus raíces, y repensar sus convicciones en relación al hogar, la raza, la espiritualidad y la cultura. Con el espectro de Toba Tek Singh cerniéndose, cada vez más, sobre Zed, Mogul Mowgli acaba erigiéndose un debut arrebatado, que convence a fuerza de pasión. Quizás se le pueda recriminar que no resuelva, ni en términos argumentales ni conceptuales, ninguna de las numerosas cuestiones que plantea. Pero su mérito se encuentra, precisamente, en la capacidad de plantear dichas problemáticas.

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    octubre 30, 2020

    Especial Seminci 2020 (III): Minari / Mogul Mowgli / Mainstream / Gaza mon amour / Nowhere Special / There is no evil / The Wasteland

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | octubre 30, 2020

    SEMINCI 2020: Parte II

    Crónicas de la 65ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid.

    Jornadas del 26 y 27 de octubre:
    Here We Are (Sección Oficial).
    The Disciple (Sección Oficial).
    Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido (Sección Oficial).
    180º Rule (Punto de Encuentro).
    The Reason I Jump (Tiempo de Historia).
    Josep (Sección Oficial).

    Si hay un valor claro en los trabajos del israelí Nir Bergman es el afán por problematizar narrativas consensuadas acerca de los afectos familiares, como ya demostraron Broken Wings (Knafayim Shvurot, 2002) o Gramática íntima (Hadikduk HaPnimi, 2010). Un diseñador gráfico retirado y su hijo autista se embarcan en un viaje revelador por lo melancólico y hasta oscuro que resulta. La tierna conexión entre ambos matiza lo que es, en el fondo, un recorrido demoledor por el pasado de un hombre maduro que ha renunciado a vivir, y que irá desvelando, ante sí mismo y ante el espectador, una cobardía que excusa con el cuidado de su retoño. Bergman y la guionista Dana Idisis sobreexplotan las pertinentes alusiones a El chico (The Kid, Charles Chaplin, 1921), como si no terminaran de confiar en ese laconismo que era ya de por sí expresivo sin necesidad de subrayados. Es el único problema de relevancia que cabe achacarle a Here We Are, variación en absoluto cándida de la feel good movie, dispuesta a explorar las distancias emocionales sirviéndose de una significativa labor de enfoques y desenfoques.

    Los sueños de juventud y su mala digestión en la madurez están asimismo presentes en la excelente The Disciple (Chaitanya Tamhane, 2020), ficción de impecables hechuras que se sitúa en la intersección donde se cruzan el arte y la vida. La extrañeza de la película de Tamhane proviene, principalmente, de un factor inhabitual hoy por hoy: el velo que separa al espectador del protagonista es similar al que existe entre uno mismo y aquello que no se atreve a confesarse. La historia de Sharad, un ambicioso joven que desea abrirse paso como vocalista de música clásica india, nos interpela a todos; especialmente, a aquellos que tenemos abiertas inquietudes creativas. The Disciple nos sumerge en un ecosistema artístico apasionante, con su mitología particular, del que sabe hacernos partícipes. Con un aparato formal perfecto para escudriñar el enigma esencial del personaje y de los ritmos que intenta imponerse, allana un sinfín de sinuosos senderos reflexivos ligados a la experiencia humana. El autoengaño, el peso en nuestras elecciones de la tradición familiar y social, la obsesión por la aprobación ajena, el delicado estatuto del arte en la industria cultural, la persecución del éxito o la creación como vía espiritual son parte de una misma cuestión: ¿es posible otorgarle un sentido definitivo a nuestras búsquedas?

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    octubre 28, 2020

    Especial Seminci 2020 (II): Here we are / The Disciple / Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido / 180º Rule / The Reason I Jump / Josep

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | octubre 28, 2020

    SEMINCI 2020: Parte I

    Crónicas de la 65ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid.

    Jornadas del 24 y 25 de octubre:
    Nieva en Benidorm (Sección Oficial, fuera de concurso).
    Sweet Thing (Sección Oficial).
    Puppy Love (Sección Oficial, fuera de concurso).
    Eeb Allay Ooo! (Punto de Encuentro).
    El profesor de persa (Sección Oficial).
    The Best Is Yet to Come (Punto de Encuentro).
    Tierra de leche y miel (Doc.España).

    Tres años después de presentar en la 62 Seminci su largometraje La librería (The Bookshop, 2017), la barcelonesa Isabel Coixet vuelve a inaugurar el certamen vallisoletano con Nieva en Benidorm (2020). En la misma línea que otros cineastas españoles contemporáneos como Enrique Urbizu —No habrá paz para los malvados (2011)—, Alberto Rodríguez —La isla mínima (2014)— o Rodrigo Sorogoyen —Que Dios nos perdone (2016)—, Coixet hace de una parte de la geografía española y sus habitantes material de noir. Timothy Spall encarna a un viajero en tierra extraña —uno más en la filmografía de la directora— que se traslada al Levante español para visitar a su hermano, aunque lo que encontrará en su lugar serán sórdidas tramas inmobiliarias, una agente de policía obsesionada con Sylvia Plath, y a una mujer solitaria, misteriosa y sensual, en la más pura tradición del género, a quien da vida Sarita Choudhury. Coixet no consigue nada de lo mucho que pretende: desaprovecha la sugerente historia sociopolítica y cultural de Benidorm, satura los planos de citas cinéfilas sin rigor, su sentido del humor es tan artificioso y esforzado que no llega a funcionar, y el pretendido lirismo está siempre a la altura de las vulgares metáforas climatológicas que puntean la narración.

    Nos parece elocuente que los segundos postreros de Sweet Thing (Alexandre Rockwell, 2020) no estén dedicados a sus pequeños protagonistas, sino a los padres de estos, en pantalla Karyn Parsons y Will Patton. Y es que esta bella secuela espiritual de Little Feet (2013) habla de la infancia no solamente como un período vital, sino como un estado del ser. Hoy parece que la pobreza nos aburre, y hace tiempo que el indie estadounidense la abandonó como materia prima creativa. Rockwell recupera una fijación añeja con esa precariedad física que es, asimismo, la fragilidad de los cuerpos. A través de un delicado trabajo de encuadre e iluminación sobre los rostros de sus hijos Lana y Nico —quienes aportan toda la vivacidad que necesita la película—, el director de En la sopa (In the Soup, 1992) encuentra su voz para celebrar lo pueril, territorio que abonan el pavor y la vergüenza, pero también una esperanza imbatible. Se le puede discutir cierto histrionismo, pero incluso este aspecto es coherente con la fisicidad descarnada de las imágenes: zapatos agujereados, torsos sudorosos, peces eviscerados. En este mundo globalizado, únicamente los miserables se hallan apartados de una cultura común que cada vez conecta a más personas. De ahí que no rechine el anclaje de Sweet Thing en el Free Cinema, en John Cassavetes o en Gus Van Sant, reivindicación de otros modos, más aguerridos y honestos, de representar lo que pocos quieren mirar.

    También Michael Maxxis, quien hasta ahora había trabajado sobre todo en el ámbito del videoclip y del spot, revisa un sórdido imaginario ligado a los extrarradios americanos en Puppy Love (2020). Desentendiéndose de hacer referencias directas, ancla sus raíces no solo en el cine —ahí están Michael Madsen y Rosanna Arquette—, sino además en la fotografía y la pintura. Solo que a diferencia de Sweet Thing, los temas centrales y las imágenes que les corresponden son sometidos a una mirada socarrona y patética a la par. Ambientada en Edmonton (Canadá), Puppy Love se centra en la relación entre Morgan, un joven con daño cerebral, y Carla, una prostituta adicta al crack. Maxxis acierta cuando se trata de «desromantizar» el lado thug de la noche —en la dirección contraria que transita el pop—, y plantea dentro de sus confines una fabulación salvaje y reaccionaria, donde no cabe apenas diferenciar a los seres humanos de los animales. Este enfoque no excluye la extraña ternura que suscitan Morgan y Carla, pues ante todo Maxxis quiere hablarnos de la pureza esencial e inquebrantable de las almas simples. La claridad de su perspectiva y la inteligencia con que desarticula, a golpe de un cándido sentido del humor, toda suerte de clichés dramáticos, no salva a Puppy Love de caer en uno de los errores más típicos en las óperas primas: la pesada reiteración de situaciones y argumentos.

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    octubre 27, 2020

    Especial Seminci 2020 (I): Nieva en Benidorm / Sweet Thing / Puppy Love / Eeb Allay Ooo! / El profesor de persa / The Best Is Yet to Come / Tierra de leche y miel

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | octubre 27, 2020

    Seminci 2020: Introducción

    Anotaciones sobre la programación de la 65ª edición del Festival de Valladolid.


    En los últimos años, los festivales de cine han vuelto a situarse en el epicentro de múltiples debates en relación a su relevancia, su razón de ser y, por supuesto, a propósito de su futuro. Un porvenir cargado de incertidumbres que asoma en el horizonte no solo de los certámenes audiovisuales, sino de cada uno de los engranajes que integran la industria del cine. El ascenso imparable de las plataformas de streaming ha ido otorgando un protagonismo cada vez mayor al espacio doméstico como ámbito principal —las cifras hablan por sí solas— de exhibición cinematográfica. Ello ha acarreado, asimismo, una mutación paralela en los objetivos de producción y en los hábitos de «consumo» de películas y series: proliferan los productos concebidos para ser disfrutados en sesiones maratonianas, con todo lo que ello conlleva. Nos referimos a la masificación de un audiovisual que confunde la digestión rápida con la pobreza formal; cada cierto tiempo, la medianía general se disimula con el estreno de artefactos-evento llamados a satisfacer a diferentes nichos de público. Más allá de las peculiaridades o limitaciones que podamos señalar, así como de los juicios que quepa llevar a cabo, hoy los festivales tradicionales se han acabado por erigir en reductos a contracorriente para la apreciación fílmica. Con los largometrajes y cortos agrupados por géneros, trasfondo, enfoques o procedencia, se brinda al espectador y al crítico, en el mejor de los casos, la posibilidad de acercarse a una diversidad de panoramas del cine actual —pensamos también en las tendencias «festivaleras» y lo que ellas puedan decir de su marco de exposición y, en consecuencia, de nuestro presente.

    En los festivales europeos y españoles «triple A», la proyección de películas es un elemento más entre otros muchos, incluyendo la faceta turística. El lustre de las alfombras rojas, un par de ruedas de prensa bien planteadas o una masterclass memorable han sido capaces, en más de una ocasión, de salvar mediáticamente una cosecha cinematográfica discreta. En este sentido, la súbita expansión del Covid-19 a lo largo y ancho del planeta ha hecho temblar los cimientos de celebraciones que basan parte sustancial de su encanto en la presencia física del público. La cancelación del Festival de Cannes auguraba una temporada cargada de complicaciones. Sin embargo, con el precedente veneciano por delante, y pese a la crisis sanitaria y económica que sigue atravesando el viejo continente, los certámenes de qualité se las han ingeniado para salir adelante, aunque sea a costa de la limitación de aforos y de la inversión en rigurosas medidas de seguridad. Con la tierra moviéndose bajo los pies, la pervivencia de estos encuentros anuales pasa, más que nunca en mucho tiempo, por cuidar el aspecto estrictamente fílmico; es decir, devolverle la confianza a la audiencia y a los medios cuando otros elementos figurarán de manera esquinada. Y, en cuanto a incentivos para los asistentes, la 65 Semana Internacional de Cine de Valladolid no se queda corta, ofreciendo dentro de su Sección Oficial un ramillete de trabajos en una edición que aúna, nuevamente, vocación comercial y riesgo, grandes promesas y figuras reputadas.

    Inaugura esta Seminci lo nuevo de Isabel Coixet, Nieva en Benidorm (2020) [Fuera de concurso]. La barcelonesa recibe este año la Espiga de Honor, apenas unos meses después de que se le entregara, por su trayectoria, el Premio Nacional de Cinematografía. Obras recientes de la directora como Mi otro yo (Another Me, 2013), Aprendiendo a conducir (Learning to Drive, 2014), Nadie quiere la noche (2015) o La librería (2017), la habían adentrado en una inesperada e inexplorada vertiente artesanal. Últimamente su filmografía transita por un sendero discontinuo salpicado de títulos en los que ha vertido su personalidad creativa con resultados desiguales —Proyecto tiempo (2018), Elisa y Marcela (2019). Nieva en Benidorm, producida por los hermanos Almodóvar, promete ser su largo más ambicioso en mucho tiempo: un thriller de desapariciones con héroe obsesivo ambientado en el Levante, contando en su reparto con las presencias de Timothy Spall, Ana Torrent, Carmen Machi, Sarita Choudhury y Pedro Casablanc, entre otros. En todo caso, y si algo ha conseguido siempre Coixet con sus obras más reputadas, es captar la atención tanto de haters como de fans irredentos. Desde luego, Nieva en Benidorm promete devolver la atención pública sobre ella.

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    octubre 06, 2020

    Seminci 2020: Introducción

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | octubre 06, 2020

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