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    Especial Seminci 2020 (II): Here we are / The Disciple / Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido / 180º Rule / The Reason I Jump / Josep


    SEMINCI 2020: Parte II

    Crónicas de la 65ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid.

    Jornadas del 26 y 27 de octubre:
    Here We Are (Sección Oficial).
    The Disciple (Sección Oficial).
    Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido (Sección Oficial).
    180º Rule (Punto de Encuentro).
    The Reason I Jump (Tiempo de Historia).
    Josep (Sección Oficial).

    Si hay un valor claro en los trabajos del israelí Nir Bergman es el afán por problematizar narrativas consensuadas acerca de los afectos familiares, como ya demostraron Broken Wings (Knafayim Shvurot, 2002) o Gramática íntima (Hadikduk HaPnimi, 2010). Un diseñador gráfico retirado y su hijo autista se embarcan en un viaje revelador por lo melancólico y hasta oscuro que resulta. La tierna conexión entre ambos matiza lo que es, en el fondo, un recorrido demoledor por el pasado de un hombre maduro que ha renunciado a vivir, y que irá desvelando, ante sí mismo y ante el espectador, una cobardía que excusa con el cuidado de su retoño. Bergman y la guionista Dana Idisis sobreexplotan las pertinentes alusiones a El chico (The Kid, Charles Chaplin, 1921), como si no terminaran de confiar en ese laconismo que era ya de por sí expresivo sin necesidad de subrayados. Es el único problema de relevancia que cabe achacarle a Here We Are, variación en absoluto cándida de la feel good movie, dispuesta a explorar las distancias emocionales sirviéndose de una significativa labor de enfoques y desenfoques.

    Los sueños de juventud y su mala digestión en la madurez están asimismo presentes en la excelente The Disciple (Chaitanya Tamhane, 2020), ficción de impecables hechuras que se sitúa en la intersección donde se cruzan el arte y la vida. La extrañeza de la película de Tamhane proviene, principalmente, de un factor inhabitual hoy por hoy: el velo que separa al espectador del protagonista es similar al que existe entre uno mismo y aquello que no se atreve a confesarse. La historia de Sharad, un ambicioso joven que desea abrirse paso como vocalista de música clásica india, nos interpela a todos; especialmente, a aquellos que tenemos abiertas inquietudes creativas. The Disciple nos sumerge en un ecosistema artístico apasionante, con su mitología particular, del que sabe hacernos partícipes. Con un aparato formal perfecto para escudriñar el enigma esencial del personaje y de los ritmos que intenta imponerse, allana un sinfín de sinuosos senderos reflexivos ligados a la experiencia humana. El autoengaño, el peso en nuestras elecciones de la tradición familiar y social, la obsesión por la aprobación ajena, el delicado estatuto del arte en la industria cultural, la persecución del éxito o la creación como vía espiritual son parte de una misma cuestión: ¿es posible otorgarle un sentido definitivo a nuestras búsquedas?

    Here we are, Nir Bergman.
    The Disciple, Chaitanya Tamhane.


    Esta cuestión resuena, desde una óptica distinta, en otra película notable. La producción más lograda hasta la fecha de Lili Horvát confirma el talento exhibido por la autora en Sunstroke (Napszúrás, 2009) y The Wednesday Child (A Szerdai gyerek, 2015). Si en ellas superaba las constricciones del cine social europeo brindando preocupaciones de orden existencial a sus atribuladas heroínas, en Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido (Felkészülés meghatározatlan ideig tartó együttlétre, 2020) urde un arrebatado relato amoroso que prefiere pensar las emociones, en su frágil y fugaz fragor, que dejarse arrastrar junto a los protagonistas en su romanticismo. De ahí que la cámara escrute obsesivamente el rostro de una subyugante Natasa Stork, preguntándose una y otra vez, como ella misma hace, acerca de la naturaleza de aquello que deseamos. Entre los muchos pliegues de Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido conviven sin friccionar consideraciones científicas a propósito del funcionamiento de nuestro cerebro y poemas de Sylvia Plath. De hecho, no nos extraña que el largometraje arranque con unos versos de «Mad Girl's Love Song» en torno a esa ensoñación que necesariamente anida en el amor y que nos lleva a fantasear con el otro. Horvát ha firmado una obra hermosa, cuyo academicismo no debe despistarnos de la precisión expresiva con que ahonda en los recovecos psicológicos y líricos de la historia.

    Esa capacidad de horadar en sus argumentos sin perder pie se echa de menos en 180 Degree Rule, la ópera prima de Farnoosh Samadi. Tanto en sus colaboraciones con Ali Asgari —Delay (2018), Witness (2020)— como en sus propios cortometrajes —The Silence (2016), The Role (2018)—, cabía leer el cine de Samadi como una réplica acaso involuntaria, desde postulados casi existencialistas, a la filmografía de Asghar Farhadi. En todas sus piezas, un suceso fortuito sitúa a una mujer frente a una disyuntiva; y no importa lo opresiva que parezca la situación: siempre hay un margen para escoger ser responsable. En los cortos que ha dirigido, si algo brilla es la inteligencia para construir toda una visión del mundo a partir de un suceso anecdótico. Desgraciadamente, esto se diluye en 180 Degree Rule, como ya sucediera en el libreto de su primer largo como escritora, Disappearance (Ali Asgari, 2017). Lo que comienza con un gran retrato de personaje termina en una de esas narraciones que hablan a la vez de todo y de nada. Hay que reconocer que la tensión late en los planos hasta el final, pero es una lástima que, en el último tercio, los retruécanos dramáticos terminen por fagocitar el tema. En cualquier caso, aúna aspectos sobrados de interés, y su nada complaciente aproximación a la «nueva mujer» iraní merece la pena.

    Felkészülés meghatározatlan ideig tartó együttlétre, Lili Horvát.
    180 Degree Rule, Farnoosh Samadi.


    La complejidad laberíntica de la psique humana se resiste a ser acotada y definida por las instituciones tradicionales, como nos recuerda la variedad de experiencias sobre el autismo que ofrece el documental The Reason I Jump (2020), nueva prueba de la mirada atenta que ha caracterizado la trayectoria del documentalista Jerry Rothwell. El responsable de Cómo cambiar el mundo (How to Change the World, 2015) nunca ha supeditado lo conflictivo de los asuntos abordados a su confort ideológico o sentimental. The Reason I Jump no se contenta con ser una ilustración del libro homónimo de Naoki Higashida, obra autobiográfica que abrió nuevas perspectivas para millones de lectores al explicar el modo en que algunas personas autistas establecen la relación entre su mente, su cuerpo y el mundo exterior. David Mitchell, traductor al inglés de La razón por la que salto —junto a Keiko Yoshida—, facilita que comprendamos hasta qué punto Higashida marcó un antes y un después. Su propio hijo, junto a jóvenes procedentes de Estados Unidos, India o Sierra Leona, son las figuras centrales de un filme que no endulza la alambicada realidad del autismo, sino todo lo contrario. Si podemos referirnos a una «sensibilidad audiovisual Sundance», The Reason I Jump es un ejemplo evidente: sus imágenes nos resultan a menudo muy familiares. Esta es una sensación rara si tenemos en cuenta que la cámara pretende discurrir sobre una dimensión desconocida para la mayor parte de la humanidad. En todo caso, no podemos decir que la sólida realización reste eficacia a la propuesta.

    Terminamos con el único largo animado que compite en la Sección Oficial, Josep (Aurélien Froment, 2020), muy discutible a niveles varios. Froment, más conocido con el seudónimo Aural, ha dedicado buena parte de su labor como artista gráfico a cuestionar aspectos del presente desde una aguerrida militancia de izquierdas. Su película quiere ser un punto de encuentro con el mítico Josep Bartoli, comprometido dibujante y escenógrafo que, entre otras cosas, atestiguó los horrores que vivieron los exiliados españoles en campos de concentración al sur de Francia. El esfuerzo por inscribir en un relato los dibujos del catalán no es suficiente para otorgar entidad al conjunto. Fracasa como tentativa de comprender los procesos creativos de Bartoli, y tampoco está a la altura en la recreación de una época. En este último sentido, Josep es esquemática: está plagada de estereotipos culturales y despliega una visión mitificada del exilio y de la lucha contra el fascismo. Que a los dos minutos de desplazarse la acción a México ya hayan aparecido mariachis y Frida Kahlo pintando un mural, deja constancia del tipo de producto frente al que nos hallamos: progresista en su retórica, pero irónicamente saturado de lo más rancios clichés.


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


    The Reason I Jump, Jerry Rothwell.
    Josep, Aurélien Froment.

    A media voz

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