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    Samuel Benchetrit
    Samuel Benchetrit
    Asphalte

    Soledades compartidas

    crítica ★★★★ de La comunidad de los corazones rotos (Asphalte, Samuel Benchetrit, Francia, 2015).

    Dirigir el que fuese testamento cinematográfico de la malograda actriz Marie Trintignant –que fue su pareja sentimental y madre de su hijo Jules–, la simpática Janis y John (2003), y la comedia criminal de historias cruzadas I Always Wanted to Be a Gangster (2007) –premiada por su guion en el Festival de Sundance– habían sido los mayores logros hasta la fecha en la escueta carrera (cuatro películas) del cineasta Samuel Benchetrit, antes de rodar La comunidad de los corazones rotos (2015). Al margen de su faceta como realizador, el polifacético artista también obtuvo cierta fama como novelista gracias a obras como Historia de un gilipollas (2000) y, sobre todo, sus volúmenes de Las crónicas de asfalto, un ambicioso proyecto autobiográfico en el que echaba la vista atrás en el tiempo, hasta su infancia y adolescencia, mostrando las historias mínimas de la comunidad de vecinos de un bloque de viviendas de la periferia de París. Una mirada amable, nostálgica y bienintencionada que diseccionaba las existencias de los variopintos habitantes de aquella colmena –cada capítulo, independiente del resto, estaba dedicado a un piso– a través de pequeños pasajes, anecdóticos y sin demasiada importancia (esos momentos costumbristas que conforman la vida, ni más ni menos), retratados con gran sentido del humor, pero sin ocultar el gris trasfondo social, con temas como la violencia, las drogas o la falta de empleo sobrevolando sus tramas de forma sutil, sin cargar las tintas en la sordidez. Aquella obra, que fue calificada como una suerte de 13 Rue del Percebe –célebre serie de historietas creada por Francisco Ibáñez que derribaba la fachada de un edificio para dejarnos ver las desventuras de sus inquilinos– novelada, le ha servido a Benchetrit para poner en pie su quinto (y mejor) largometraje hasta la fecha, nominado en la categoría de mejor guion adaptado en los César.

    La cinta se abre con una conflictiva asamblea de la comunidad de vecinos de un destartalado edificio de los suburbios de la capital francesa. En ella, se debate el pago del mantenimiento del ascensor, algo a lo que Stenkowitz, el inquilino judío del primer piso, se niega, aduciendo que no necesita utilizarlo. Tras acordar con el resto de asistentes a la reunión que nunca usará el ascensor, el desdichado hombre sufre un accidente casero que le deja, durante un tiempo, en silla de ruedas. El karma en su manifestación más humorísticamente negra. Este es el punto de partida de una de las tres historias que Samuel Benchetrit nos regala en La comunidad de los corazones rotos, que, más allá de tener como protagonistas a personas que viven en el bloque que sirve de escenario, se pueden disfrutar de manera independiente las unas de las otras. Así, tenemos al huraño Stenkowitz (Gustave Kervern) escapándose cada madrugada de su casa para ver a una solitaria enfermera (Valeria Bruni Tedeschi) que sale a fumar un cigarrillo a la puerta del hospital colindante durante su turno de noche. Se trata de un precioso relato de amor incipiente, el de dos seres grises y amargados con sus vidas que, llegados a la madurez, casi se han resignado a pasar en soledad el resto de sus días. Mientras ella se dedica a custodiar a pacientes que, básicamente, solo duermen, él se inventa una falsa identidad con el fin de resultar más interesante a su pretendida, la de fotógrafo de éxito de una revista para la que realizaría apasionantes viajes a lo largo y ancho del planeta –una especie de sucedáneo del protagonista masculino del clásico del cine romántico Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995). Los encantadores Kervern y Bruni Tedeschi desprenden una química excelente y el sabor agridulce de su tierna historia de amor es potenciado por la magia propia de la nocturnidad que rodea a sus encuentros.

    por José Martín León
    marzo 11, 2017

    Crítica | La comunidad de los corazones rotos

    por José Martín León | marzo 11, 2017

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