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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    Mockumentary
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    What We Do in the Shadows

    Bat Fight

    crítica a Lo que hacemos en las sombras (What We Do in the Shadows, Taika Cohen, Nueva Zelanda, 2014)

    Entramos en la casa, y dos largas hileras de bolsas de basura, una a cada lado del pasillo, nos reciben y acompañan en un pestilente paseo hacia la sala de estar, un olor que se incrementa gracias a la aparición esporádica de prendas utilizadas de ropa interior que yacen en el suelo en posiciones inverosímiles. Al llegar al cuarto de baño, nos encontramos con un ejército de rollos de papel higiénico gastados que nos observan impúdicamente y, sobre el borde de la bañera, aparece estratégicamente situado un paquete de pañuelos que nos hace respirar aliviados. Por fin llegamos al salón, y a la invitación de “siéntate donde quieras”, procedemos “acomodándonos” levemente en un minúsculo espacio vacío entre un cuerpo (intuimos que con vida) y el resto de las prendas de ropa interior que, al parecer, se almacenan en el sofá. Nos encontramos en un piso de estudiantes, donde las reglas (mínimas) de convivencia parecen llevarse a debate una vez al año. ¿Quién no se ha encontrado en esta situación alguna vez? Lo que hacemos en las sombras (What We Do in the Shadows) supone un estudio documental sobre aquellas circunstancias delicadas en las que un grupo de personas tiene que aprender a (sobre)vivir en compañía. La única particularidad, y su principal atractivo comercial (para todos aquellos que no encuentren especialmente disfrutable observar las acciones cotidianas de gente corriente —como el 60% de la población adicta a la tele-realidad—) reside en que el habitante más joven de la casa, Deacon, tiene 183 años. Sí, efectivamente estamos hablando de un grupo de vampiros y, como veremos en este mockumentary, sus discusiones por la falta de entendimiento mutuo, no distan tanto de las de los simples mortales.

    Viago, el protagonista de la película, un vampiro de 379 años con un simpático acento criollo, nos guiará a través de los suburbios de Wellington para darnos a conocer los entresijos de la vida nocturna neozelandesa de estos chupasangres. El filme se inicia con la convocatoria de Viago a una reunión de inquilinos, en la que se discutirá la necesidad de llevar a cabo tareas domésticas como fregar los platos, que llevan años sin limpiarse; cinco años concretamente han pasado desde que le tocó el turno a Deacon y, para desesperación del resto, los vasos siguen amontonándose en el fregadero mientras la sangre se va resecando en ellos —con lo difícil que resulta de limpiar—. Sin embargo, parece que el joven bicentenario adoptó las despóticas costumbres de su antiguo jefe: Adolf Hitler, negándose a trabajar por el bien de la comunidad o, como es el caso, procrastinando perezosamente durante lustros sus obligaciones. Este pasado nazi del protagonista, quien tuvo que huir de Alemania tras la segunda guerra mundial para evitar ser ajusticiado, bien por los soviéticos bien por los caza-vampiros, actúa como analogía sarcástica entre los fascistas alemanes y los monstruos más terroríficos de la ciencia-ficción, aportando de esa manera al constante humor presente en la cinta, una alta dosis de ironía irreverente tan acertada como políticamente incorrecta. Esta abundante utilización de componentes cómicos, considerados dentro de las vertientes más conservadoras del arte como de mal gusto u ofensivos, nos hace pensar casi desde el comienzo del metraje que estamos ante una comedia camp, en la que la vulgaridad de los diálogos, el absurdo y explícito humor, y la jocosidad de los exagerados efectos especiales, son protagonistas tan evidentes en la puesta en escena que pueden no ser apreciados por todos los tipos de espectadores.

    por Alberto Sáez Villarino
    noviembre 30, 2014

    Crítica | Lo que hacemos en las sombras

    por Alberto Sáez Villarino | noviembre 30, 2014

    Un secuestro de andar por casa

    crítica de El secuestro de Michel Houellebecq | L'enlèvement de Michel Houellebecq, dirigida por Guillaume Nicloux. 2014

    De esta guisa se presenta Michel Houellebecq un 21 de agosto en Madrid: con zapatos mocasines marrones, calcetines de hilo que escalan como medias de futbolista por sus piernas, vaqueros oscuros, chaleco de scout o pescador bohemio que a duras penas si cubre una camiseta de tirantes, cigarrillo (casi) perpetuo entre los dedos corazón y anular, y un peinado eléctrico que remite instantáneamente a Emmett 'Doc' Brown (Christopher Lloyd) de Regreso al futuro. Nada en su rostro sugiere tranquilidad; tampoco nerviosismo. Es, sencillamente, un signo de interrogación que escruta la decadencia ante sí. Y el periodista forma parte de ella en tanto cómplice del cliché como estilo de vida profesional. No hay tregua. Houellebecq se sienta medio encorvado, carga con un peso fácilmente calculable: cincuenta y ocho abriles, seis novelas, varios poemarios y la biografía de H.P. Lovecraft que escribió en 1991, titulada H.P. Lovecraft. Contre le monde, contre la vie (traducida al español por la editorial Siruela). Su look rivaliza con el de cualquier excéntrico paseante o voyeur trasnochado en la Gran Vía de Madrid. Pero es famoso. Y francés. Se ha ganado cierto derecho a la heterodoxia. Así que, a pesar de estar a punto de darle un abrazo, o cincuenta céntimos, el plumilla se limita a seguir el guion. Pulsa el rec al tiempo que el entrevistado medita la respuesta y casi rumia entre susurros sus palabras. Si la pregunta es buena o en su defecto le provoca calor o frío, Houellebecq deja flácido el labio inferior, absorbe su rabia existencial y, de repente, es diez o quince años más viejo que hace sólo un instante: envejece y rejuvenece a capricho, según el nivel de mala hostia que se cocine en su interior. "Estás realmente solo", afirma uno de sus poemas, "te quedas atrás, atrás". Y tú vas con él, ya sea en El mapa y el territorio o en Plataforma, para que se te pegue algo, aunque sólo sea la espontaneidad para reírse de un mediocre adolescente; pero también su gusto por el vino Ribera del Duero o cualquier licor más o menos consumible. Houellebecq escribe como bebe: sin concesiones, aun sin perder del todo el control. Es serio y, asegura él, nunca llega tarde a una cita con su editor. Y bebe como escribe: no aspira a lo que no puede conseguir. La sobriedad de un genio absoluto.

    A Houellebecq un día lo secuestraron sin venir a cuento. Y sin un plan fijo. De vuelta a casa, tres hombres físicamente intimidantes con un enorme baúl metálico lo siguieron hasta la puerta de su apartamento en un piso veintitrés. El escritor tragó saliva y, a continuación, les pidió un cigarrillo a sus secuestradores, un cíngaro gordo, un culturista y uno de esos luchadores de MMA (Artes Marciales Mixtas) que igual te golpean con los puños que te asfixian con una llave de piernas estranguladora. Tras intercambiar unas palabras ("Tranquilo, no te haremos daño", "fumas bastante, ¿no?") le vendaron los ojos y lo transportaron en el cofre del tesoro hacia una casa a las afueras de la ciudad. Allí, ya en presente, hay dos entrañables ancianos con los que, sin demorar mucho, Houellebecq entabla amistad. Son los padres del luchador, quizá el más compasivo (o menos idiota) de los tres secuestradores. Y no es que los dos restantes sean crueles, sino más bien perezosos. Dice el líder —pelo rizado y barriga olímpica— que François Hollande pagará el rescate. Al fin y al cabo, Houllebecq es muy famoso y muy intelectual, y eso en Francia es razón suficiente para tirar la casa por la ventana. Y llegado este punto, freno en seco para decirles que tienen aquí una poderosa muestra de comedia a veces insospechada, a veces corrosiva, que apunta a todos y convierte el egocentrismo en materia de estudio. El director Guillaume Nicloux ofrece a sus no poco veraces creaciones una bicoca que, desgraciadamente, pasará inadvertida por el circuito de salas español. Premio Especial del Jurado y Mejor Guión en el Festival de Tribeca 2014, El secuestro de Michel Houellebecq es una simple pero retorcida máquina autorreferencial que, a golpe de sutileza, deviene sátira política de una Europa secuestrada, a través de un hombre no sólo inquietante sino lúcido y putero, cuya humanidad surge a fogonazos y se pliega en narrativa de colchón.

    por Anónimo
    agosto 29, 2014

    Crítica | El secuestro de Michel Houellebecq

    por Anónimo | agosto 29, 2014
    Paranormal Activity: Los señalados

    Más de lo mismo

    crítica de Paranormal Activity: Los señalados | Paranormal Activity: The Marked Ones, de Christopher Landon, 2013

    Hace poco más de un lustro se estrenaba Paranormal Activity (2007), una de las películas más rentables de la historia. Costó unos 15.000 dólares y su recaudación superó los 100 millones. Tras el éxito cosechado en su paso por distintos festivales (Sundance incluido) se distribuyó por todo Estados Unidos y poco después allende sus fronteras –bajo la tutela de dos grandes como DreamWorks y Paramount Pictures–. Un filme de miedo de bajo presupuesto, con pocos recursos pero muy bien utilizados, que obtuvo el beneplácito de público y crítica, amén de una campaña brillante de marketing. Una gallinita de huevos de oro llamada a convertirse en franquicia. Lo dicho, seis años después y vamos por la quinta entrega, un spin-off dirigido a audiencias hispano hablantes, con el que se busca oxigenar una idea asfixiada a base de secuelas. A pesar del cambio de escenario y de romper con la historia original la esencia es la misma. Paranormal Activity: Los señalados (2013) es continuista en su idiosincrasia, siguen vigentes las premisas que fueron su seña de identidad. La apariencia cutre y el hiperrealismo de la cámara de video de alta definición están detrás de cada escena. Siguiendo la estela marcada en su día por El proyecto de la Bruja de Blair (1999).

    La acción de esta suerte de found footage transcurre en una zona predominantemente latina de Estados Unidos. Cambian los sujetos y el espacio se amplia, la acción ya no se desarrolla entre cuatro paredes. No hay casa encantada como tal, pero sí un "ejército de señalados" por ahí fuera. Ojito con ellos. El trío protagonista se irá enfrentando a la angustiosa realidad de que uno de ellos –Jesse– empiece a estar dominado por fuerzas paranormales, una posesión diabólica que pondrá en jaque sus vidas. El inicio rehúye los fregados satánicos, tan sólo pequeñas pinceladas. El primer tercio de película se centra en presentar a los personajes con sentido del humor. Unas cuantas payasadas de video aficionado, coletazos cotidianos que dan pie a que nos familiaricemos con ellos. Todo empieza en un acto de instituto –a falta de boda o bautizo–, diplomita en mano y fiesta post-coital en familia. Una leve incursión en la cultura chicana. Preludio un tanto extenso que provoca una precipitación de los acontecimientos a posteriori y una leve confusión ¿no era una peli de miedo? Pregunta que me haré, también, al remate de la cinta, después de la secuencia final. Una bacanal desconcertante que dividirá a la platea –intuyo– entre los que se ríen y los que se asustan. Nadie llorará, la agonía no se prolonga en exceso. Son noventa minutos de metraje digeribles con un vasito de agua al lado –como el mazapán–. A pesar del intento por revitalizar y poder extender, hasta la extenuación, este sinsentido de saga, el concepto ha perdido la frescura de la cinta inicial. La coherencia del bajo presupuesto y la escasa calidad visual como principales atractivos se diluye en la clonación de la célula madre. La copia de la copia suele ser mala. Paranormal Activity: Los señalados no es una excepción, por mucho que quieran ampliar el público potencial y cambien de espacio y protagonistas. Que nadie se lleve a engaño, el lavado de cara tiene su razón de ser. El fiasco de la cuarta entrega profetizaba el fracaso de la quinta –que se estrena en octubre de este año que empieza–. Hay que ganar nuevos adeptos, o al menos recuperar a los desencantados para la causa. | ★★★

    Andrés Tallón Castro
    redacción Madrid

    Estados Unidos, 2013, Paranormal Activity: The Marked Ones. Director: Christopher Landon. Guion: Christopher Landon. Productora: Paramount Pictures. Fotografía: Gonzalo Amat.. Reparto: Richard Cabral, Carlos Pratts, Eddie J. Fernandez, Jorge Diaz, David Fernandez Jr.,Kimberly Ables Jindra, Tonja Kahlens, Frank Salinas.

    por Anónimo
    enero 05, 2014

    Crítica | Paranormal Activity: Los señalados

    por Anónimo | enero 05, 2014
    Mi loco Erasmus

    UNIVERSITARIOS Y OBSCENOS, DOS TÉRMINOS SINÓNIMOS

    crítica de Mi loco Erasmus | Carlos Padial, 2012

    sección oficial | Atlántida Film Fest.

    He de suponer que el señor sudoroso que enseña a cámara unos dibujos casi abstractos, negros y parcialmente rojizos, que representan “una lluvia de estudiantes de Erasmus” cayendo sobre el asfalto de Barcelona, padece algún tipo de trastorno que le impide consagrarse en el círculo underground, dentro de la categoría de excéntricos tan inasumibles como disfuncionales. El tipo se llama Dídac Alcaraz y describe pausadamente su visión acerca del mundo que le rodea, en aquella ciudad que se ha convertido en el mayor imán de los extranjeros con beca Erasmus, cuyas intenciones adquieren muy pronto la medida de coartada para estudiantes lógicamente hambrientos de nuevas experiencias, de eso tan saludable de “conocer mundo” y “otras culturas”. Nada inusual: el catálogo de bebidas (sobre todo alcohólicas) y personajes estrambóticos da buena cuenta del estado anímico real de cualquier grupo. Dídac es consciente del filón. Quiere rodar una película. Está decidido. No sabe ni cómo, ni cuándo finalizará. Pero está en ello. Se hace de noche y pasan los años. Descuiden: la producción sigue su curso, aplazada hasta que el creador encuentre a las musas. Vive la noche y, de cuando en cuando, se la bebe entre vídeos que graba a jóvenes ebrios, presuntos erasmus y claramente subversivos a ojos del tal Dídac. Sin pudor, escarba en Youtube y Google para combinar sus imágenes con las de otros fiesteros y con sus propios dibujos turbadores. No sabe cómo seguir, se halla en punto muerto, aunque tiene la certeza de que se hará rico. “Esto es un pelotazo… Es muy potente, algo que se escapa a la lógica”, nos anuncia con tono electrizante. Al mismo tiempo, dice —de manera figurativa— que ha visto restos de defecación y que el cine, los libros, la tele y el teatro están plagados de mierda. Que si uno opina tal o cual estupidez, el resto la repite sin pararse a reflexionar. El calificativo ‘friki’ es poco justo para definir a un hombre que pasa las horas en un sótano mitad almacén, mitad estudio, doblando en inglés —y con aroma de cartoon de serie Z— las voces de algunos guiris que se prestaban a ese juego de la grabación etílica.

    por Anónimo
    abril 29, 2013

    Crítica | Mi loco Erasmus

    por Anónimo | abril 29, 2013

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