Miguel Ferrari, la libertad de reinventarse
Entrevista al director venezolano de «La noche de las dos lunas».
La vida como cineasta de Miguel Ferrari se inició antes de dirigir su primer largometraje: una mañana, en la Caracas de finales de los 90, se levantó para ir a grabar una telenovela en la que actuaba –“una de esas que eran infinitas, de doscientos capítulos de una hora”, recuerda–, se vio en el espejo y se preguntó qué estaría haciendo dentro de veinte años. El espejo le reveló una imagen inquietante: se vio haciendo la misma telenovela, con los mismos personajes y las mismas fórmulas que ya interpretaba. Frente a su reflejo, tomó la decisión de irse a estudiar cine en Madrid. Dejarlo todo y empezar de cero. Eligió Madrid porque necesitaba marcar una distancia de seis mil kilómetros con su país para evitar la tentación de regresar. También porque en esos años vio
Tesis, la primera película de Alejandro Amenábar, y le gustó tanto que, cuando supo que el director tenía sólo veinticuatro años, se dio cuenta de que en el cine español había algo que le interesaba. Marcharse significaba renunciar a una vida privilegiada que incluía contratos exclusivos con los principales canales de televisión y papeles protagónicos en teatro.
–¿No tuviste miedo de perder lo que tenías?
–
Claro que lo tuve –dice Ferrari, en Madrid, un par de días antes de estrenar su segunda película– pero tuve más miedo de que llegara un momento de mi vida en el que me dijera ‘por qué no aproveché y probé, por qué no lo intenté’. No quería quedarme con esa frustración. Siempre en mi vida he tomado el camino más arriesgado. Además, mira chico, me gané un Goya. No me salió tan mal esa decisión.
***
El 17 de abril de 2014 el diario ABC hizo eco de una noticia: “Un hospital italiano implanta los embriones de una mujer en el útero de otra por error”. El titular llegó a los ojos de Ferrari y supo, de inmediato, que en esa equivocación había una historia. Se tomó su tiempo para investigar aspectos científicos y legales sobre el tema, desarrolló un argumento, delineó a los personajes y contactó a Lupe Gehrenbeck para escribir el guión. Lo trabajaron juntos durante un año, escribieron y reescribieron, hasta que, quince versiones después, pusieron punto final. El resultado, que puede verse en la cartelera española desde el 30 de agosto, fue
La noche de las dos lunas, un filme que navega entre el melodrama y la fábula infantil en el que se narra la historia de dos mujeres –interpretadas por las venezolanas Prakriti Maduro y Mariaca Semprún– que luchan por ser madres. Todo en una Caracas descontextualizada de su crisis actual.
–
A mí me interesaba abrir el debate en torno a qué es más importante: si lo afectivo o lo biológico. Me gusta poner de relieve el tema de la libertad de elegir. Todo lo moral, ético, religioso que se mueve en torno a estas cosas. Construyo una historia de ficción inspirada en un hecho real que ubico en un lugar que puede ser cualquier lugar del mundo. Quería que nos centráramos sólo en lo emocional que rodea a los personajes y no que influyera el contexto social y económico venezolano, que es tan particular. De hecho, inicialmente, la película se iba a rodar en República Checa.
–¿Te costó rodar en Venezuela?
–No sabes cuánto. Tuve que enfrentarme a cosas que ningún otro director en un país normal se enfrenta. La planta eléctrica, por ejemplo, todos los días se paraba, porque con el desabastecimiento en Venezuela no hay repuestos. También tuvimos que comprar el catering la primera semana de preproducción para que la devaluación no se comiera el presupuesto. Lo pagamos todo de una vez y se congeló.
–¿Y estuvo ocho semanas congelado?
–Me imagino que sí. Es lo que se hace.
–¿Nadie se indigestó?
–No, por favor. Todo estuvo muy rico.
***
Franceschino Ferrari migró de Italia a Venezuela cuando tenía dieciocho años. Hizo todo tipo de trabajos –incluido cargar botellones de agua– hasta que abrió su propia barbería en el bloque 4 de El Silencio, una urbanización popular de Caracas. Miguel, su hijo, lo acompañaba por las tardes y veía pasar frente al local a muchos de los intérpretes más famosos de la época que se dirigían a una emisora de radio cercana. Él, con siete u ocho años, corría tras ellos para pedirles un autógrafo. Los conocía porque su madre, Rita, –una ama de casa que ayudaba a la economía familiar al trabajar para un sastre– se ponía a coser pantalones mientras escuchaba sus radionovelas favoritas.
–Tenía que escucharlas porque mi mamá las ponía a todo volumen y yo terminaba enganchado a las historias. De pequeño mamé de todo eso.
Tanto las escuchó que pronto comenzó a escribir sus propios guiones de radionovela. Él, con diez años, interpretaba a los personajes masculinos y ponía a su hermana, de seis, a hacer los femeninos. Los grababa, efectos de sonido incluidos, y no dejaba de repetir cada capítulo hasta que sentía que le quedaba bien.
Eso que comenzó como un juego pronto se convirtió en una aspiración. De pequeño, ya quería ser actor. Sus padres se reían y decían que era una cosa de niños, que luego se le pasaría. Una tarde, con ocho años, se fue sólo al cine cerca de su casa y vio
El deseo de vivir (1973) –“la primera película que me conmocionó”, dice–. A partir de ese momento el cine lo acompañó siempre –las películas de Pedro Almodóvar y Giuseppe Tornatore lo marcarán después, ya de adulto–. Decidió estudiar Arte dramático en la Escuela Nacional de Teatro. Al graduarse, uno de sus profesores le recomendó hacer un casting en el Ateneo de Caracas. Ferrari fue a la prueba, presentó un monólogo y le dieron el papel. Su debut profesional fue con la obra
Mariana Pineda, de Federico García Lorca. Era 1986. Tenía veintitrés años cuando cumplió su sueño de niño.
***
–
Lo que se siente sobre las tablas es único, apasionante, pero yo lo que quería hacer era cine. En Venezuela nunca tuvimos una industria. Se hacían una o dos películas por año. Era el declive de la época dorada que comenzó en los 70. Recuerdo una cosa que me marcó mucho: un día fui a hacer un casting, estuve seis o siete horas de espera, para una película de Román Chalbaud. Cuando llegué abrí la puerta de la sala, Román me vio e inmediatamente me dijo: ‘No, el siguiente’. Fue una putada. Yo, con la ilusión, pensaba que era mi gran oportunidad. Le pregunté: ‘pero por qué no’. Me dijo: ‘Es que buscamos sólo policías y ladrones’. Yo seguí haciendo teatro. Me iba muy bien. Formé parte de la compañía estable de Rajatabla y tenía un sueldo nada despreciable. En 1990, Adolf Shapiro fue a Venezuela a dirigir El inspector, de Nikolái Gogol. Hice el casting, me eligió para uno de los personajes y me gané el Premio Juana Sujo, el mas importante que se daba en el teatro. Eso salió reseñado en la prensa y Marte TV, que buscaba caras frescas, se fijó en esos reportajes y me localizaron y me dijeron que querían hablar conmigo.
Cuando hacía teatro, en esa época, despreciaba la televisión. Me insistieron mucho. Les decía que no podía, que tenía giras. Me dijeron que me iban a respetar mis funciones teatrales. Firmé el contrato sin estar muy convencido y dije: ‘vamos a ver qué tal’, y la verdad es que esa decisión fue muy importante. Desde afuera veía la televisión de otra forma. Una vez dentro aprendí algo increíble: a resolver de forma creativa ocho, nueve o hasta quince secuencias diarias de memoria. A hacerlo de forma más que digna, a destacar, a decir con mucha verdad textos que no eran tan naturales. Mi trabajo en esa primera novela, La traidora (1991), fue muy apreciado y a partir de ahí tuve contratos exclusivos. Era lo más cercano al cine que podía hacer. Era ganar dinero con algo que me gustaba. La televisión fue una escuela que me dio muchas herramientas que luego utilicé en el teatro.
***