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    Max Walker-Silverman
    Max Walker-Silverman
    || Críticas | Karlovy Vary 2025 | ★★★★☆ |
    Rebuilding
    Max Walker‑Silverman
    Lo imperecedero


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: «Rebuilding». Dirección y guion: Max Walker‑Silverman. Compañías: Cow Hip Films, Fit Via Vi, Present Company, Spark Features. Festival de presentación: Festival de Cine de Sundance. Distribución en EE.UU.: Bleecker Street; internacional: mk2 Films. Fotografía: Alfonso Herrera Salcedo. Montaje: Jane Rizzo, Ramzi Bashour. Música: James Elkington, Jake Xerxes Fussell. Reparto: Josh O’Connor, Meghann Fahy, Lily LaTorre, Kali Reis, Amy Madigan, Jefferson Mays. Duración: 95 minutos.

    Repasando la ficha de producción, leo que el rodaje de Rebuilding tuvo lugar allá por 2022, esto es, hace una eternidad política, vital, emocional. Creo que es importante tener esa distancia en la cabeza para poder realizar una aproximación coherente que impida decir idioteces sobre la relación entre la cinta y la política de Trump, el auge ultraconservador del White Trash y otras mendacidades que, me temo, no tardaremos mucho en leer en los medios de costumbre. Antes, al contrario, la lectura de Rebuilding debe hacerse —si es que se quiere hacer justicia a la película— desde un territorio bien diferente: el de los rescoldos del western, esto es, desde las posibilidades de pervivencia del mito.

    El matiz es importante porque, de entrada, voy a realizar una afirmación un tanto osada. Puede que Max Walker-Silverman haya sido el único autor, al menos que yo conozca, capaz de negarle la mayor al plano final de Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956). El célebre reencuadre de Ethan (John Wayne) con la puerta que se cierra sumergiendo el encuadre en la oscuridad es, con todo derecho, uno de los momentos más emocionantes, cruciales y portentosos de la Historia del Cine. Me atrevería a decir que pocos teóricos, pocos analistas nos hemos privado de citarlo, reproducirlo, incluso vivirlo. Ahora bien, Rebuilding vuelve en su plano final a esa composición para modificarla con el máximo respeto. Ahora es el umbral de un tráiler recién pintado, la cámara está ligeramente escorada y no apuesta por la frontalidad. Al otro lado, un padre y su hija contemplan el horizonte. La puerta no se cierra.

    Podría ser un simple detalle anecdótico pero está lejos de serlo. No es una cita posmoderna. Es toda una declaración de intenciones. Una apuesta absoluta por el mundo, el cine, la comunidad y la vida.

    Es cierto que Dusty (Josh O´Connor) es algo menos que un héroe. No salvará a su sobrina de los temibles indios en un trayecto épico. Es, si se me permite, un simple hombre que cree en la posibilidad de actuar correctamente. Quiere ser un cowboy en 2022, en un mundo donde los que amenazan los asentamientos de las familias son los bancos y las políticas estatales que especulan y fagocitan todo. Quiere permanecer al lado de su hija, mantener una tregua honesta con su exmujer, cocinar para sus vecinos. Está delimitado por las barreras inevitables de la masculinidad contemporánea —la melancolía, la dificultad para expresarse emocionalmente—, pero las sortea con toda la elegancia y la complejidad que puede. Walker-Silverman le acompaña en ese devenir cotidiano a partir de una serie de escenas cortas, bien delimitadas, construyendo una estructura narrativa delicada a partir de un puñado de gestos más o menos simbólicos. El centro de la película (la «reconstrucción», como su propio nombre indica) acontece en muchísimas direcciones: en el plano íntimo, en el plano comunitario, en el plano geográfico. En la paternidad, en el lenguaje, en lo económico. Es el viejo sueño humanista tomado muy en serio y bañado, tal y cómo ocurrió en la época dorada del cine de Hollywood, con un inevitable baño de elementos netamente norteamericanos.

    La película confirma, aunque sea de manera tardía y en cierto sentido muy digna, que lejos de resurrecciones apresuradas o de «cantos crepusculares» hay un western que sigue muy vivo y completamente actualizado. Los que quieren enterrar con toda prisa el clasicismo deben tomar aire y comprender, en primer lugar, que en 2025 no puede regresar con los mismos mimbres y que, por otro lado, es algo que no está condenado a desaparecer. El relato clásico con su inagotable creencia en la nobleza universal del ser humano y su potencia para generar un marco de sentido en el que anclar la propia responsabilidad configura desde su origen mismo lo más profundo de nuestras narrativas y no es negociable. Puede parodiarse, modificarse, negarse o erosionarse. Puede ponerse al servicio de regímenes y religiones injustos y homicidas. Puede copiarse y desactivarse. Pero siempre, cada cierto tiempo, reaparece con un mecanismo nuevo y arrebatador. Se impone y destruye la tentación de caer en el cinismo o en la parcelación identitaria tan propia de nuestros días. Puede que Rebuilding sea la gran apuesta estadounidense del lustro para no dejar caer esa herencia, la película que nadie esperaba y de pronto se impone con una poderosa brillantez que no tartamudea.

    Está más allá de Trump, más allá de Estados Unidos, más allá incluso de 2022 y debería invitarnos a transitar sus inevitables localismos (los caballos, las praderas, las banderas y las autocaravanas) con la exigencia de los símbolos imperecederos. De no hacerlo, la película se desgasta y se agota y, lo que es peor, el espectador o espectadora puede negarse a tocar esa dulce seriedad, esa dulce trascendencia que lo impregna todo. Al final, Rebuilding habla de lo que realmente es importante: la vida, la muerte, el amor, la familia, la comunidad, la supervivencia, el lugar en el mundo. Y lo hace sin miedo y sin caer en simples citas nostálgicas al relato clásico.

    Es, sin duda, una gran película norteamericana.
    O, si me lo permiten, diría más: es una gran película. ♦

    por Aarón Rodríguez
    junio 05, 2026

    Crítica | Rebuilding

    por Aarón Rodríguez | junio 05, 2026

    Tócala otra vez, Sam

    Crítica ★★★☆☆ de «A Love Song», de Max Walker-Silverman.

    Estados Unidos, 2022. Título original: «A Love Song». Dirección: Max Walker-Silverman. Guion: Max Walker-Silverman. Compañía productora: Cow Hip Films, Fit Via Vi Film Productions, MacPac Entertainment. Dirección de fotografía: Alfonso Herrera Salcedo. Montaje: Alfonso Gonçalves, Max Walker-Silverman. Producción: Jesse Hope, Dan Janvey, Max Walker-Silverman. Intérpretes: Dale Dickey, Wes Studi, Michelle Wilson, John Way, Benja K. Thomas, Marty Grace Dennis, Felipe Jorge. Duración: 81 minutos.

    En ocasiones, el ánimo debe ser advertido de que la vida viene tan determinada por las decisiones que se toman como por las que se dejan pasar. A orillas de una balsa en Anarene, Texas, Sam «el León» reflexionaba en voz alta sobre este y otros asuntos en el que es hoy uno de los monólogos más célebres de la historia del cine (La última película, 1971). «Una vez traje aquí a una chica a nadar, hace más de 20 años», decía. «Estar loco por una mujer como ella siempre es lo correcto». También Faye (Dale Dickey) y Lito (Wes Studi) se enamoraron a orillas de un lago cuando eran jóvenes. Por aquel entonces, el rostro de Faye no estaba aún resquebrajado por el terremoto del tiempo; ahora, cincuenta años más tarde, las lágrimas han erosionado los surcos mientras contempla un punto fijo sin apartar la mirada. Se trata de la curva que traza la carretera de acceso a su casa antes de alcanzar un cambio de rasante y desaparecer. La casa en cuestión no es más que una caravana, y está bordeada por la misma charca donde ella y Lito se besaron por primera vez. El pico más alto de las Rocosas la custodia desde su atalaya privilegiada, regalando una estampa exquisita. Aunque Faye, a diferencia de Sam, sí aguarda a que algo suceda. El primer largometraje de Max Walker-Silverman, A Love Song (2022), ahonda en el amor inalterable por lo que ya no existe para encontrar, quizá, algo de belleza en la espera.

    Los contados libros que decoran la estantería de Faye definen su rutina: un compendio de los peces y crustáceos que captura cada mañana; un estudio ornitológico sobre aves americanas, cuyos nombres recita en la vigilia antes de que el atrapasueños que cuelga de su lamparita pueda apresarlos; y un libro de astronomía para divisar constelaciones a la luz de la hoguera. Su destino se lo encomienda al azar, cerrando los ojos frente al calendario hasta que el bolígrafo que sostiene cual péndulo de zahorí se posa sobre una fecha. Todo ello en compañía de una radio que, según ella, «siempre toca la canción perfecta» –una canción de amor, por supuesto–. La música country que suena en su caravana remite a un Johnny Cash de baja categoría o una Dolly Parton con la mitad de éxito. Cowboys de clase B que, como Faye, recorren los despoblados del oeste americano sin pena ni gloria. Las únicas disrupciones a esta repetición de gestos son las visitas esporádicas que recibe. Los primeros en tocar a la puerta son una comitiva de cinco vaqueros que vienen a desenterrar a su padre. La exhumación responde a los trabajos de extracción que se están llevando a cabo en el lago, los cuales alteran, advierten, el plácido descanso de su progenitor. La tropa, recién sacada de un guion de los Coen, viene encabezada por una niña pizpireta que saluda con un «howdy» tejano y actúa como portavoz de los cuatro machos. El contacto más frecuente de Faye es el encargado del correo postal, que se aproxima cada semana a lomos de un pony para anunciar que hoy tampoco trae cartas a su nombre.

    por Carlos Cruz
    enero 30, 2022

    Crítica | A Love Song

    por Carlos Cruz | enero 30, 2022

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