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    Martin Koolhoven
    Martin Koolhoven

    Venganza en cuatro actos

    crítica ★★★★ de Brimstone (Martin Koolhoven, Países Bajos, 2016).

    Parece mentira que, hace no demasiados años, un género como el western, tan clásico y que ha dado a la Historia del Cine semejante cantidad de obras maestras, fuese, prácticamente, dado por muerto. Por fortuna, en las últimas temporadas parece que las productoras se han dado cuenta de que aquel filón no ha sido aún tan exprimido como se creía, llegando a convertirse el salvaje oeste en uno de los escenarios más frecuentados por títulos de la más diversa índole, que han tenido la inteligencia de aportar variaciones novedosas a las viejas fórmulas clásicas para insuflarle nueva vida. Así, la acción espectacular de El llanero solitario (Gore Verbinski, 2013) y el remake de Los siete magníficos (Antoine Fuqua, 2016); el ingenioso humor negro de las incursiones de Tarantino en Django desencadenado (2012) y Los odiosos ocho (2015); el feminismo de Deuda de honor (Tommy Lee Jones, 2015) o La venganza de Jane (Gavin O´Connor, 2015), la mirada europea de The Salvation (Kristian Levring, 2014) o Slow West (John Maclean, 2015) e, incluso, mezcolanzas con el cine fantástico tan sui géneris como Young Ones (Jake Paltrow, 2014) o la brutal Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015), han mantenido la llama del western muy viva, algo que siempre agradeceremos los aficionados que comenzamos a amar el Séptimo Arte gracias a directores como John Ford, Howard Hawks, Anthony Mann o Sergio Leone. El caso de Brimstone (2016), último filme hasta la fecha del realizador holandés Martin Koolhoven –que rompe ocho años de silencio desde su anterior estreno, el drama bélico Winter in Wartime (2008)–, vendría a inscribirse dentro de los aires feministas que andan soplando últimamente en el género, colocando como protagonista absoluta a una mujer, interpretada por Dakota Fanning y la revelación Emilia Jones en sus distintas edades, secundadas por una galería de féminas tan concurrida como mimada en cada línea de guion (obra del propio Koolhoven). Una alternativa proveniente desde los Países Bajos que despertó división de opiniones entre la crítica a su paso por la competición del Festival de Venecia, sobre todo por la abundante carga de violencia explícita de muchas de sus imágenes.

    La historia nos traslada a finales del siglo XIX, a un pequeño pueblo del oeste en el que Liz (Fanning), una joven mujer muda y madre de una niña pequeña, vive con su esposo y el hijo de este en una granja donde trata de dejar atrás un pasado de lo más dramático y conflictivo. La llegada al lugar de un misterioso predicador, que coincide con un infortunado suceso en el que Liz está involucrada –la muerte durante el parto de un bebé al que ayudaba a nacer, ocupación que ejerce con regularidad–, supone el inicio de una pesadilla para la mujer y su familia. El acoso sin tregua al que el forastero les someterá desde ese momento tiene su origen, cómo no, en la vida anterior de Liz, tan desconocida como alejada a la que en la actualidad lleva. El director, huyendo del habitual recurso de los flashbacks, ha optado por ir desentrañando los entresijos de la relación que une a la protagonista con el predicador a través de cuatro actos bien diferenciados por medio de títulos provenientes de la Biblia –el primero, Revelación, que nos presenta a los personajes sin que sepamos nada de su pasado; Éxodo y Génesis, segundo y tercero, respectivamente, donde nos van poniendo en antecedentes, retrocediendo atrás en el tiempo, y Retribución, el segmento final, que ofrece un violento desenlace del conflicto– que, sin embargo, se cohesionan de manera sólida, formando un todo equilibrado y sin fisuras. El misterio que envuelve al personaje de Fanning –magnífica, alcanzando una madurez interpretativa que ya había apuntado desde temprana edad– es el motor que mueve a una obra bastante singular en su género, preñada de un halo de cuento de terror en el que el reverso tenebroso lo personifica un hombre de Dios, algo que potencia su aguda mirada crítica hacia los fanatismos y la doble moral, con esos actos atroces que, desde que el mundo es mundo, se han cometido en nombre de la religión.

    por José Martín León
    abril 28, 2017

    Crítica | Brimstone

    por José Martín León | abril 28, 2017
    Dakota Fanning en Venecia

    Religión y vida

    Crónica de la cuarta jornada de la 73ª edición de la Mostra de Venecia.

    Dos curas nos han recibido hoy, de buena mañana, con mano de hierro en la Mostra. Uno, dispuesto a todo por mantener el poder a buen recaudo; otro, a matar a quien se le ponga por delante para conseguir a la mujer que ama, su propia hija. Ninguna de las dos propuestas ofrece un retrato imparcial de la religión aunque su tratamiento sí dista mucho entre ellas. Por un lado, tenemos The Young Pope, la nueva producción de Paolo Sorrentino para televisión en coproducción con Mediapro y HBO de un total de diez episodios, de los que se han proyectado en Venecia dos; por otro, Brimstone (50/100), la octava película del neerlandés Martin Koolhoven que ha desconcertado a la platea con su entrega sin miramientos al maniqueísmo vengativo y nada disimulado personificado en el antagonista del relato. Este, un religioso interpretado con grimosa entrega por Guy Pearce, es el elemento más visceral de un guion levantado sobre las acciones misóginas del personaje buscando, por encima de todo, el aplauso final de un público abierto a la retribución que la víctima bien merece. Ella, una recuperada Dakota Fanning, es la fugitiva que debe hacerle frente y es el foco narrativo de una estructura que va de adelante hacia atrás a lo largo de cuatro capítulos que empiezan en el penúltimo acto; continúa con dos dedicados a su juventud y la génesis del odio, para terminar con el necesario epílogo que decida el destino de una vez por todas. Tal es la exageración propuesta por este western, que su violenta honestidad, provocadora de aplausos y gritos del respetable, es más propia de una muestra menor de cine de género.

    En el anverso del rol encarnado por Pearce, Jude Law daba una réplica altiva y mefistofélica en la prometedora nueva serie de Sorrentino, un abordaje al estricto mundo del Vaticano que, mediante el estilo elegante y solemne del italiano, a través de hipnóticos parajes musicales que contextualizan un ambiente tan pronto lúgubre como estático, nos sorprende con una escritura donde prima la ironía de un humor inesperado. En esta coyuntura en la que estatuas y religiosos se confunden en su quietud, el nuevo Papa, Pío XIII, concentra una actitud que confunde a sus ayudantes, quienes le menosprecian por ser el pupilo de un conservador que, no se sabe cómo, ha conseguido la mayoría de votos del Cónclave, elemento primordial del Gobierno del Vaticano ya que centraliza las figuras de influencia más importantes y es, por tanto, la razón de los juegos de poder que unos y otros establecen. Así, y a pesar de que la contemplación llena de belleza sigue presente en el sello Sorrentino, The Young Pope (80/100) sabe equilibrar el esteticismo con un guion afilado donde el manejo de hilos políticos entre personajes bien podría compararse a las idas y venidas de una corte fantástico-medieval salida de los Siete Reinos. La promesa que dejó en el aire al terminar ha levantado expectación ante su posible evolución. Una grata sorpresa que se desvelará por completo este otoño.

    The young pope
    The young pope, serie de Paolo Sorrentino para HBO

    The Young Pope sabe equilibrar el esteticismo con un guion afilado donde el manejo de hilos políticos entre personajes bien podría compararse a las idas y venidas de una corte fantástico-medieval salida de los Siete Reinos.


    Sorrentino ha dejado huella, sí, pero Spira Mirabilis (60/100) de Massimo D’Anolfi y Martina Parenti, nuestra última etapa del día, tampoco ha dejado indiferente. Se trata de una de esas divagaciones visuales en las que un documentalista registra, mediante un montaje algo azaroso, un concepto abstracto acerca del ser humano y su implicación con la naturaleza, utilizando solo imágenes; dejando que la música hable por él y sugeriendo al espectador revelaciones y digresiones de libre interpretación. Es una tipología de documental muy asidua en festivales, cercana al experimento de Denis Côté Joy of Man’s Desiring, donde máquinas de procesado y sus trabajadores eran filmados en sus rutinas sin más motivo que una reflexión liberada de cualquier ideología. Lo mismo es aplicable en este caso en el que, con la excusa de la conocida espiral maravillosa, bautizada así por el matemático Jakob Bernoulli, se hace un registro en el que se aúnan ideas diferentes, y en realidad tan indisolubles, como el nacimiento, la muerte, la música, el mar, la infancia o el arte, y, entremedias, nuestra relación con cada uno de estos elementos unificados aquí por tres seguimientos concretos: el de la manufactura de un tambor de hojalata con su perfecta forma circular y sus sonidos como presencia constante; el pulido y la perfección de angelicales rostros de yeso en un taller de restauración; y la observación minuciosa de un científico de una microscópica medusa con el don de la inmortalidad. Justo esta criatura y su virtud aún inexplicable para la ciencia es lo que unifica el conjunto de conceptos que plasma Spira Mirabilis, y lo hace con un nivel de ambición que a veces se asemeja al que un Terrence Malick menos emocional y más analítico le imbuiría a su obra. En este caso, el ensimismamiento es desmedido y, en ocasiones, resulta reiterativo. Con todo ello, la potencia de su iconografía logra un hueco en nuestra memoria. El tiempo dirá si de forma permanente.


    Gonzalo Hernández Espinosa
    © Revista EAM / 73ª Mostra de Venecia



    por Unknown
    septiembre 04, 2016

    Mostra de Venecia 2016 (IV) | Críticas: The young pope / Brimstone / Spira Mirabilis

    por Unknown | septiembre 04, 2016

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