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    Manuel Muñoz Rivas
    Manuel Muñoz Rivas

    A la orilla del tiempo

    Crítica ★★★★★ El mar nos mira de lejos (Manuel Muñoz Rivas, 2017).

    La contemplación de las ruinas nos permite entrever fugazmente la existencia de un tiempo que no es el tiempo del que hablan los manuales de historia o del que tratan de resucitar las restauraciones. Es un tiempo puro, al que no puede asignarse fecha, que no está presente en nuestro mundo de imágenes, simulacros y reconstituciones, que no se ubica en nuestro mundo violento, un mundo cuyos cascotes, faltos de tiempo, no logran ya convertirse en ruinas. Es un tiempo perdido cuya recuperación compete al arte.

    El tiempo en ruinas, de Marc Augé.

    Según los textos de los antiguos griegos, a pocas millas tras cruzar las Columnas de Hércules, se encontraban los restos de la ciudad de Tartessos, último vestigio de la que consideraban como la primera civilización de Occidente. Antaño rica y próspera, el paso del tiempo la había condenado a no ser más que un montón de escombros esparcidos frente el mar. Su leyenda ha llegado intacta a través de los siglos y han sido diversas las excavaciones que han intentado descubrir debajo del extenso campo de dunas los vestigios de su esplendor. Sin embargo, todos se han ido con las manos vacías. Parece que el viento es reacio a destapar uno de los misterios mejor guardados del sur de la península. En este lugar místico, hoy dentro del Parque Natural de Doñana, un puñado de hombres todavía resisten. No existe mejor verbo para definir sus vidas. Sus chabolas a pie de playa, hoy en un limbo jurídico, puede que sean las huellas más certeras de aquella ciudad misteriosa. En sus arrugas y sus manos corren los ríos de la historia; en sus costumbres permanece un halo de subsistencia primitiva; en su mirada solo cabe el mar. Manuel Muñoz Rivas, editor de películas como Dead Slow Ahead o Arraianos, nos propone un encuentro con esta especie de guardianes del pasado, con estos últimos representantes de un modo de vivir que aguanta estoico para no desaparecer engullido por las dunas.

    Muñoz Rivas nos regala un documental de observación que se encarga de topografiar un ecosistema donde cada una de las entidades resiste estoicamente y se relacionan entre ellas en un equilibrio siempre al borde de la desaparición.


    El director y su equipo son como arqueólogos cinematográficos que cambian las palas por la cámara para excavar en el recuerdo de un lugar vetusto, para desenterrar del olvido una forma de vida que se apaga. Y así, como buenos arqueólogos, observan y analizan el paisaje que se extiende frente a ellos desde múltiples perspectivas. Por un lado, el hombre, como conquistador de la tierra, que planta sus hitos allá donde puede. Por otro, la naturaleza, que sigue sus propios ritmos. Entre ellos, el tiempo, como elemento que los relaciona y cohesiona, que hace que estos dos entes converjan. Muñoz Rivas observa este territorio inhóspito con la voluntad microscópica de un científico y con la minuciosidad humanista de un etnógrafo. Desde el minúsculo grano de arena hasta la inabarcable profundidad del mar, esta porción del Parque Natural de Doñana se nos presenta como un gran plató natural en el que la abstracción de algunas imágenes choca con la realidad más mundana (los autobuses de turistas que recorren la playa, los trabajadores del parque que miden las chabolas). Con la mirada atenta de las olas, que siempre acudan a la cita, Muñoz Rivas nos regala un documental de observación que se encarga de topografiar un ecosistema donde cada una de las entidades resiste estoicamente y se relacionan entre ellas en un equilibrio siempre al borde de la desaparición. Quizás por ello, este documental de observación tenga más valor si cabe como documento por la forma puramente visual que le ha otorgado, a modo de imagen capturada de una realidad que puede que no tenga mucho recorrido futuro.

    por Anónimo
    enero 28, 2018

    Crítica | El mar nos mira de lejos

    por Anónimo | enero 28, 2018
    Aki Kaurismäki

    Estelas fugaces

    Crónica de la sexta jornada de la 67ª edición del Festival de Berlín.

    A la Berlinale la define la indefinición. Empezamos categóricos, ya lo ven, esta sexta crónica. Si pensamos en las principales plazas europeas que marcan el año cinematográfico, Berlín es la que menos asideros previos ofrece. Cannes tiene su catálogo de autores consagrados que permiten elaborar un mapa previo, Venecia y San Sebastián son dos festivales que llegan a final de año, cuando la cosecha cinematográfica está más por recoger que por sembrar, y que además suelen acaparar titulares por determinadas apuestas geográficas. Por el contrario, el de la capital alemana es un certamen que, más allá de un deje de compromiso sociopolítico (¿qué festival no intenta tenerlo, en mayor o menor medida?), no se presta a demasiadas etiquetas. Llega con el año fílmico en pañales, con un mercado en ebullición donde todas las distribuidoras apenas comienzan a definir sus agendas, donde la temporada de premios recopila sus primeros contendientes antes de volver a la hibernación. En cuanto a la crítica, la fuga de cerebros a Cannes nos deja una programación sin demasiados grandes nombres de cara a las listas de hits más esperados: en esta ocasión, poco más que los últimos trabajos de Guadagnino (reciclado de Sundance), Kaurismäki y un Hong Sang-soo que, al ritmo que va, terminará haciendo una película para cada festival de la temporada.

    La experiencia es parecida a la exploración de tierra virgen, si sustituyen las hogueras a la luz de la luna, el sudor y las heridas por salas de prensa abarrotadas y los ojos rojos y doloridos. Frustrante, confusa y apasionante cuando emerge algún tesoro oculto inesperado. Esta jornada nos deja una pequeña anécdota vivida justo antes de escribir estas líneas. En la rueda de prensa de The Other Side of Hope (a.k.a. Aki Kaurismäki dando lustre al certamen), el actor Sakari Kuosmanen se ha arrancado a cantar un tango en finlandés. El momento ha sido encantador, pero su contexto mucho más expresivo. La sala de prensa se llenaba de móviles en alto que grababan el recital. No solo eso, sino que en la entrada del Berlinale Palast, desde donde un servidor observaba, varios periodistas también grababan la pantalla gigante que retransmitía en directo la rueda de prensa. Si conocen la hipermoderna Postdamer Platz, podrán intuir lo paradójico de la situación. Un lugar plagado de pantallas y neones que bombardean estímulos visuales continuos, donde pequeñas pantallas grababan una pantalla que contenía una charla sobre lo que acabábamos de ver en una gran pantalla. Los smartphones reproducirán una, un par de veces acaso, al bueno de Kuosmanen entregado al tango. Dos días después, quizá ni él mismo lo recuerde. ¿A qué viene la batallita?, se preguntarán. Pueden atribuirlo a un intento, por parte de un crítico con la mente saturada de imágenes en movimiento, de transmitir lo fácil que es extraviarse en un festival plagado de imágenes sobre imágenes. Sin guías, sin mesura, sin tiempo. En consecuencia, lo difícil que resulta atisbar lo poco que permanecerá cuando la plaza Postdamer repliegue sus velas.

    por EAM
    febrero 15, 2017

    Berlinale 2017 | Día 6. Críticas: The other side of hope, Beuys, Berlin Syndrome y El mar nos mira de lejos

    por EAM | febrero 15, 2017
    Blue Heron
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