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    M. Night Shyamalan
    M. Night Shyamalan
    || Críticas | ★★★★☆
    La trampa
    M. Night Shyamalan
    Un asesino cualquiera


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: Trap. Dirección: M. Night Shyamalan. Guion: M. Night Shyamalan. Producción: Marc Bienstock, Ashwin Rajan, M. Night Shyamalan. Productoras: Coproducción Estados Unidos-Reino Unido; Blinding Edge Pictures. Distribuidora: Warner Bros. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Música: Herdís Stefánsdóttir. Montaje: Noemi Katharina Preiswerk. Reparto: Josh Hartnett, Ariel Joy Donaghue, Saleka, Alison Pill, Hayley Mills, Jonathan Langdon, Marnie McPhail.

    Que M. Night Shyamalan es un cachondo es una realidad de la que ya nos habíamos percatado desde hace tiempo. Ya con su primer gran éxito, El sexto sentido (1999), culminaba una solemne historia de fantasmas con uno de los finales más tramposos de la Historia del Cine, engañando a la gran mayoría del público que acudió en masa a verla. Tal vez, las expectativas creadas alrededor de este cineasta después de aquello fueran demasiado altas y no siempre se ha sabido valorar el carácter juguetón y desprejuiciado de la mayoría de sus obras -tomarse demasiado en serio títulos como La joven del agua (2006) o El incidente (2008) supone una pérdida de tiempo que hace que no se disfrute de unas historias tan bizarras como, en definitiva, originales, algo que hay que valorar en unos tiempos en los que las secuelas y los remakes están a la orden del día. Con la divertidísima La visita (2015), una suerte de Hansel y Gretel en clave de metraje encontrado, y Múltiple (2016), estupenda segunda parte de la trilogía iniciada con la fascinante El protegido (2000), Shyamalan volvió a recuperar un favor, el de la crítica, que parecía perdido tras varias cintas incomprendidas o directamente flojas -Airbender, el último guerrero (2010) o After Aarth (2013)-. Más polarizadas estuvieron las reacciones hacia sus últimos trabajos, Glass (2019), Tiempo (2021) y Llaman a la puerta (2023) y, sin embargo, todos ellos atesoran muchas de las mayores virtudes del director, en especial, ese gusto por el giro sorpresa final que se ha convertido en marca de la casa. Ahora llega a las carteleras la última película de Shyamalan, La trampa, cuyo tráiler parece contar demasiado sobre la trama, dando la sensación de que la posible “sorpresa” (la de un maduro Josh Hartnett ocultando su faceta como asesino en serie tras una adorable imagen de padre ejemplar) ha sido desvelada demasiado pronto. Pero es que, en esta ocasión, por encima de lo que se cuenta, prima el cómo se cuenta.

    El germen de la curiosa historia de La trampa, parece ser, nace de un auténtico operativo policial orquestado en diciembre de 1985, cuando se trató de dar caza a más de cien delincuentes a quienes se les había tendido una trampa en forma de invitación a un evento deportivo que estaría ampliamente vigilado por las fuerzas de la ley. En la cinta de Shyamalan el contexto es algo diferente, ya que el director aprovecha su nuevo estreno para que sirva de escaparate para su hija Saleka, una cantante de R&B que aquí interpreta a una estrella del pop que responde al nombre de Lady Raven y que recuerda sospechosamente a Taylor Swift. Por ello, la acción se desarrolla, durante los dos primeros tercios de película, en el interior de un recinto en el que miles de personas se han convocado para disfrutar de un concierto de la gran estrella del momento, una de estas jóvenes artistas capaces de llenar estadios. Allí acude Cooper (Hartnett), un bombero padrazo que acompaña a su hija adolescente, una entregada fan de Lady Raven, sin saber que el show en cuestión es, en realidad, un montaje ideado por la policía para darle caza, ya que, en realidad, se trata del buscadísimo asesino conocido como “El Carnicero”. La película comienza francamente bien, mostrando la estrecha relación entre Cooper y su hija, con la que se esfuerza en ir de “guay”, y cómo el amable rostro de este padre se va transformando en otro de preocupación conforme se va dando cuenta de que se ha metido en una ratonera. Josh Hartnett sorprende con una interpretación muy carismática, cargada de intensidad, logrando que el espectador se ponga en su piel. Consigue resultar simpático y encantador y, a la siguiente escena, aterrador y peligroso. Junto a él, la joven Ariel Joy Donaghue también está muy convincente como esa hija cada vez más aturdida ante el extraño comportamiento de su padre. Shyamalan se las apaña para alternar generosos números musicales del concierto de Lady Raven (había que mostrar lo completa que es Saleka como diva del pop) con la angustiosa situación de Cooper en el patio de butacas, sin por ello frenar la acción.

    Nos encontramos ante un ejercicio de suspense muy estiloso, del que conviene advertir que solo será plenamente disfrutable para quienes dejen la lógica y la credibilidad a un lado. El guion presenta un cúmulo de casualidades, situaciones que en otras manos habrían rozado el ridículo (aquí lo hace, pero se le puede perdonar) y resoluciones algo arbitrarias... Todo vale para que Cooper, como si del Gran Houdini se tratase, logre escabullirse, una y otra vez, de esos policías que, cada vez, estrechan más el cerco en torno a él. El director parece divertirse a lo grande con su nuevo artefacto de suspense, tan alocado que recuerda al Brian De Palma más desatado, el de En nombre de Caín (1993) o aquella Snake Eyes (1998) con la que comparte intriga en un escenario cerrado. Pero Shyamalan no recurre a elaborados planos secuencia como los de De Palma, sino que se limita, con esa maestría a la hora de mover su cámara, a seguir a su asesino por todos los recovecos del recinto del concierto, sorteando toda suerte de obstáculos. El tercer acto de La trampa es, sin duda, el más arriesgado, ya que el realizador parece entregado a la causa de rizar el rizo con cada nueva situación increible. Es entonces cuando Saleka encuentra su oportunidad para brillar también como actriz a medida que su Lady Raven se va revelando como una cajita de sorpresas. Sin ofrecer ninguna gran actuación, lo cierto es que la chica da la talla y aguanta bien el tipo ante Hartnett. Más anecdótica es la participación de una leyenda como Hayley Mills -la inolvidable niña Disney- como agente del FBI obsesionada con dar caza a El Carnicero. Y, cómo no, como ya nos tiene acostumbrados, el propio Shyamalan se reserva un papelito secundario que va más allá que los cameos que nos regalara el maestro Hitchcock en sus clásicos. Finalmente, La trampa queda como una artificiosa y muy lúdica obra menor en la filmografía de su director, que, no obstante, resulta mucho mejor que la mayoría de thrillers psicológicos que nos llegan cada año. Todo gracias a la personalidad única de un cineasta que ya no busca tanto sorprender a nadie como disfrutar rodando y hacer que su público pase dos horas de lo más divertidas (escena postcréditos incluida). Queda para la posteridad el villano que borda un inspiradísimo Hartnett, tan atormentado por los recuerdos de una madre castradora como el Norman Bates de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) y tan letal y escurridizo como el David de Dan Stevens de The Guest (Adam Wingard, 2014). ♦


    por José Martín León
    agosto 14, 2024

    Crítica | La trampa

    por José Martín León | agosto 14, 2024
    || Críticas | ★★☆☆☆
    Llaman a la puerta
    M. Night Shyamalan
    Sabes que va a ser verdad


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2023. Título original: Knock at the Cabin. Director: M. Night Shyamalan. Guion: M. Night Shyamalan, Steve Desmond y Michael Sherman. Productores: Marc Bienstock, Ashley Fox, Christos V. Konstantakopoulos, Ashwin Rajan, Steven Scheneider, M. Night Shyamalan. Productoras: Universal Pictures, Blinding Edge Pictures, FilmNation Entertainment, Perfect World Pictures, Wishmore. Fotografía: Jarin Blaschke y Lowell A. Meyer. Música: Herdis Stefánsdóttir. Montaje: Noemi Katharina Preiswerk. Reparto: Dave Bautista, Jonathan Groff, Ben Aldridge, Rupert Grint, Nikki Amuka-Bird, Abby Quinn, Kristen Chu.

    No hace falta haber leído La cabaña del fin del mundo (2018), la novela de Paul Tremblay en que se basa la última película de M. Night Shyamalan, para que un espectador medio intuya, con un alto porcentaje de acierto, que la situación que en ella se plantea va a ser verdad; que esta vez no hay una costura falsa en el dobladillo del guion. La triste razón es la misma que explica la irregular carrera de Shyamalan desde Airbender: el último guerrero (The Last Airbender, 2010) –aunque yo miraría más atrás, hasta la segunda mitad de El incidente (The Happening, 2008)–, y que no es otra que su decisión consciente de sustituir la sincronicidad por la causalidad como fuerza motora de sus historias.

    Muy fácil: las cosas que pasan en el cine de Shyamalan ya no se explican desde una simultaneidad entre experiencias psíquicas y fenómenos físicos, lo cual abría la puerta a un sugerente fantástico, llamémosle, espiritual, sino que funcionan a partir de la pura y dura fenomenología causa-efecto. Es lo que distingue la narrativa y el efecto subjetivo de El protegido (Unbreakable, 2000) con respecto a Glass (2019), o los de El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999) en relación con La visita (The Visit, 2015). Hace diez años, el director nos habría hecho dudar hasta el último momento acerca de las motivaciones que mueven a los intrusos de Llaman a la puerta; hoy la película es tan clara en sus intenciones, que por momentos Shyamalan parece estar cumpliendo una lista de condiciones típicas de una plataforma de streaming. Ha cambiado nieblas por tardes de paseo.

    Eric (Jonathan Groff) y Andrew (Ben Aldridge) son un matrimonio de homosexuales que disfrutan junto a su hija Wen (Kristen Chu) de unos días de vacaciones en una idílica cabaña. Mientras la pequeña juega en el campo cazando saltamontes, un grupo de extraños liderados por el imponente Leonard (Dave Bautista) alteran la paz del lugar al hacer una advertencia desconcertante. A menos que Eric, Andrew o Wen, uno de ellos, sea asesinado por sus propios familiares, se producirá el fin del mundo. Tras una presentación bastante eficaz de esta situación, que Shyamalan muestra a partir de una planificación cerrada de primeros planos y planos detalle, y de la composición de un cada vez mejor Dave Bautista –la misma jugada de Múltiple (Split, 2016)–, el cineasta trata de urdir, sin lograrlo del todo, una de sus características tramas de trampantojo. Esta vez, la cuestión consiste en dilucidar si Leonard y sus amigos son quienes dicen ser –ni más ni menos que los cuatro jinetes del Apocalipsis– o si, por el contrario, forman una banda de psicóticos enviados por alguna secta de carácter homófobo para asesinar a Eric y Andrew.

    La incertidumbre se disipa exactamente a la media hora de metraje, cuando Eric ve un destello divino detrás de la figura de Leonard justo antes de que éste dirija el primer «sacrificio ritual». Da igual que Eric haya sufrido una conmoción minutos antes. La puesta en escena de ese momento es tan concreta y explícita, porque la visión de la cámara no es subjetiva, que esa luz de dios no puede confundirse con una alucinación fruto del shock que sufre Eric. Pensemos, por ejemplo, en las visiones del personaje interpretado por Joaquin Phoenix en Señales (Signs, 2002) y comparémoslas con esta de Eric. Aquel Shyamalan sabía engañar o, mejor dicho, hacer partícipe al público de la fragilidad mental y las dudas existenciales de sus personajes, para después sumirlo y arrastrarlo hacia un desenlace necesariamente catártico, pero nunca incompatible con sus famosas trampas de guion. Este Shyamalan es incapaz de sostener el suspense de esa manera, por lo que recurre a flashbacks que aportan muy poco o nada al sustrato de la historia. Aunque las detesto, se hace necesaria otra comparación en este sentido: midamos el valor de los flashbacks en El bosque (The Village, 2004) y ahora hagamos lo propio con los de Llaman a la puerta. ¿Pero qué había que aclarar? Si hasta Leonard y sus compañeros se toman la molestia de presentarse ante la familia de Wen para que quede claro qué jinete del Apocalipsis es cada uno.

    Es evidente que a Shyamalan no le sienta bien manejar material ajeno. Sus peores películas, sin excepción, parten de ideas de otros, y todas son posteriores a El incidente. Como guionista de revelaciones que es –hay muchos y muy distintos entre sí en la historia de cine, de Murnau a Spielberg–, su escritura es incompatible con tener finales dados, porque le cuesta adaptar y trasladar la historia desde las coordenadas de otro autor hasta las suyas. Esta circunstancia además esquila las formas de un cine tan necesariamente simbólico como el suyo, puesto que le ofrece un escaso margen para crear imágenes propias. Aquí, la lluvia de aviones y poco más, que para colmo viene a ser una variación a gran escala de los suicidios El incidente y, al límite del plagio, de los desastres aéreos de Señales del futuro (Signs of the Future, Alex Proyas, 2009). Queda pendiente para otro texto la analogía/saqueo con respecto a esta película.

    Otra consecuencia alarmante de esta falta de tino es que Shyamalan visibiliza de una manera cada vez más torpe sus creencias religiosas, por otro lado absolutamente respetables. Como en su cine ya no hay lugar para la sincronicidad, esto es, lo fantástico o lo espiritual desnudando lo cotidiano, ahora sus asuntos de fe se presentan como sermones para creyentes. La redención de los pecados del hombre y la fe en la providencia –de eso trata Llaman a la puerta, de eso trata siempre el cine de Shyamalan– son ideas que piden sutileza y mimo tanto en las palabras como en las obras. Si la mejor definición es el ejemplo, escribió Sainte-Beuve, Shyamalan hace tiempo que predica mirando al suelo.


    por Raúl Álvarez
    febrero 05, 2023

    Crítica | Llaman a la puerta

    por Raúl Álvarez | febrero 05, 2023

    La vida en un hilo

    Crítica ★★★★☆ de «Tiempo», de M. Night Shyamalan.

    Estados Unidos, 2021. Título original: Old. Director: M. Night Shyamalan. Guion: M. Night Shyamalan. Novela gráfica: Pierre-Oscar Lévi, Frederik Peeters. Productores: M. Night Shyamalan, Marc Bienstock, Ashwin Rajan. Productoras: Blinding Edge Pictures, Universal Pictures. Fotografía: Mike Gioulakis. Música: Trevor Gureckis. Montaje: Brett M. Reed. Reparto: Gael García Bernal, Vicky Krieps, Rufus Sewell, Alex Wolff, Thomasin McKenzie, Abbey Lee, Nikki Amuka-Bird, Ken Leung, Aaron Pierre, Eliza Scanlen, Embeth Davidtz, Emun Elliott, Alexa Swinton, Francesca Eastwood.

    A estas alturas de la función, poco le queda que demostrar a M. Night Shyamalan como cineasta. Su categoría de autor «sui géneris» dentro del más reciente cine fantástico, le ha posicionado como un tipo que despierta entre público y crítica tantos fervientes amores como encendidos odios, eso sí, sin dejar nunca indiferente a nadie, lo que ya es un logro dentro de un panorama repleto de películas adocenadas y absolutamente rutinarias. Después de que el impresionante éxito de su tercer trabajo, El sexto sentido (1999), el director indio trató de estar a la altura de lo que se esperaba de él en cada nuevo título de su singular filmografía, esforzándose (a veces demasiado, por lo que se le veían las costuras) en seguir regalando al espectador esa sorpresa final que le pillara desprevenido, haciéndole sentir como que este, más que auténtico mago, hábil prestidigitador había vuelto a mantenerle engañado durante todo el metraje como lo había hecho (aquella vez sí) de manera maestra en aquel fascinante cuento de fantasmas con Bruce Willis y Haley Joel Osment. Pese a que jamás volvería a repetir una respuesta tan unánimemente positiva como la de esa cinta, Shyamalan puede presumir de tener espléndidos títulos que han ayudado a mantener intacta su posición entre esos pocos realizadores cuyos estrenos son siempre recibidos como un acontecimiento a celebrar en la cartelera, ya que son sinónimo de originalidad y controversia. Pese a que Glass (2019) no había sido demasiado bien entendida como cierre de una trilogía en la que El protegido (2000) y Múltiple (2016) habían dejado el pabellón muy alto, lo cierto es que se trataba de un filme arriesgado y muy libre, absolutamente a contracorriente de lo que los grandes estudios esperarían de una historia de superhéroes, quedando lejos de figurar entre los puntos más bajos de su carrera. Curiosamente, estos coincidirían con sus proyectos comercialmente más ambiciosos –las flojas Airbender, el último guerrero (2010) y After Earth (2011)–. Y es que está claro que Shyamalan se mueve mucho mejor con empresas pequeñas, como quedó demostrado cuando, tras aquellos dos pinchazos monumentales consecutivos, remontó el vuelo con la modestísima La visita (2015), experimento de found footage en clave de comedia negra que casi se podía interpretar como maliciosa vuelta de tuerca al cuento Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm.

    Ahora bien, entre las grandes películas del director y sus mayores desastres, está esa serie de obras que crearon los más encendidos debates, cintas imperfectas que, con sus desiguales resultados, representan lo más fascinante de su creador. Y no hablo de Señales (2002) –o cómo rodar una invasión extraterrestre desde el interior de un sótano– o El bosque (2004) –una atrevida fábula moral disfrazada de película de terror–, que aún cosecharon respetables críticas (aunque ya empezaba a aparecer esa polarización que hoy caracteriza a todo lo que hace), sino de las más denostadas La joven del agua (2006) y El incidente (2008), que, situadas en una atractiva tierra de nadie, llevaban al extremo los bizarros planteamientos de sus premisas, aun a riesgo de caer en el mayor de los ridículos, algo que solo se evitaba gracias al perfecto manejo de la cámara de su director y, sobre todo, a su innata habilidad para generar suspense desde situaciones de lo más cotidianas. Películas en las que los grandes hallazgos convivían con decisiones un tanto erróneas que, no obstante, formaban parte de su encanto único y especial. Tiempo (2021), el nuevo estreno de Shyamalan, toma la novela gráfica Castillo de arena, de Pierre Oscar Lévy y Frederik Peeters, para, lejos de realizar una adaptación completamente rigurosa, aportar elementos propios que llevan la historia a su terreno. La película presenta a una familia aparentemente idílica, los Capa, formada por el matrimonio, Guy (Gael García Bernal) y Prisca (Vicky Krieps), y sus dos hijos, Maddox, de 12 años, y Trent, de 6, que llega hasta un paradisiaco complejo turístico para pasar unas merecidas vacaciones. Muy pronto, se nos hará partícipes de que esta estampa de felicidad es pura fachada, ya que la esposa, aquejada de una grave enfermedad, está decidida a romper con su marido tras esta última escapada familiar. En la primera discusión que presenciamos entre la pareja, él le echa a ella en cara su modo de vivir anclada en el pasado–algo que relaciona con su trabajo en un museo–, mientras que la esposa le recrimina vivir continuamente mirando al futuro. Sea como sea, está claro que se trata de dos personas que no disfrutan de lo que de verdad importa: el presente.

    Esa es la moraleja que prevalece una vez vista Tiempo, una aterradora fábula que muestra cuánto de fugaz es la vida del ser humano y cómo este se empeña en desperdiciarla. Para llegar a esa conclusión, Shyamalan coloca a los Capa junto a un grupo de veraneantes en una aislada playa a la que se tiene acceso a través de un estrecho cañón montañoso, lugar que debería convertirse en perfecto enclave para pasar un día fabuloso, y que acaba tornándose en escenario de la peor de sus pesadillas. Por motivos que escapan a la razón, el paso del tiempo comienza a manifestarse de manera aterradoramente veloz en todas las personas que acampan en la orilla de la playa, siendo especialmente notorio en unos niños que pasan a ser adolescentes en cuestión de minutos. El grupo humano, formado por núcleos familiares que, en principio, no se conocen entre sí, se ve obligado a unir sus fuerzas, no solo para encontrar una explicación a la serie de extraños fenómenos a los que se ven expuestos –desde la aparición de objetos del hotel semienterrados en la arena a cadáveres que se descomponen de un momento a otro–, sino también para conseguir escapar de una playa sobre la que parece que hay una barrera invisible que les aturde cada vez que traten de salir de ella. Estos personajes son fugazmente presentados en el resort, descubriendo el espectador cómo el tiempo es un tema que se filtra sutilmente en sus diálogos –Trent se queja de no ser más mayor para poder asistir a clases de buceo; Prisca le dice a su hija que tendrá mejor voz para cantar cuando crezca–, o, directamente, este es un tema de preocupación para alguno de ellos. Concretamente, destaca el personaje de Chrystal (Abby Lee), la esposa de un cardiocirujano (Rufus Sewell) y madre de la pequeña Kara, que parece obsesionada con la idea de conservar una juventud y figura propias de la reina de belleza que se intuye que llegó a ser, por lo que los efectos de la playa sobre ella son más inmisericordes, si cabe, que sobre el resto, propiciando alguna de las escenas más escalofriantes de la película.

    por José Martín León
    agosto 01, 2021

    Crítica | Tiempo (M. Night Shyamalan, 2021)

    por José Martín León | agosto 01, 2021

    Superhombres de carne y hueso

    Crítica ★★★★★ de «Glass», de M. Night Shyamalan.

    Estados Unidos, 2019. Título original: «Glass». Director: M. Night Shyamalan. Guion: M. Night Shyamalan. Productores: Marc Bienstock, Jason Blum, Ashwin Rajan, M. Night Shyamalan. Productoras: Blumhouse Productions / Blinding Edge Pictures / Touchstone Pictures. Distribuida por Universal International Pictures (UI). Fotografía: Mike Gioulakis. Música: West Thordson. Montaje: Luke Ciarrocchi, Blu Murray. Reparto: James McAvoy, Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Sarah Paulson, Anya Taylor-Joy, Spencer Treat Clark, Charlayne Woodard, Luke Kirby, Adam David Thompson».

    19 años ha tardado M. Night Shyamalan en materializar su personalísima visión de los superhéroes de cómic en lo que al final ha sido, un todo formado por tres películas a cuál más extraordinaria. El descomunal éxito de El sexto sentido (1999), una de las películas de terror más hermosas de todos los tiempos, que trató el tema de los fantasmas desde una óptica más dramática y seria de lo habitual, nos descubrió a un cineasta único, provisto de una sensibilidad muy especial y unas señas de identidad demasiado marcadas (para bien y para mal) que, por desgracia, no siempre han sabido apreciarse. Tras las abultadas recaudaciones en taquilla y la lluvia de premios cosechadas por aquella, el director se ganó la confianza de los estudios para tener total libertad creativa a la hora de rodar la que sería otra de las grandes películas de su irregular filmografía, El protegido (2000), su primera aproximación a la fantasía superheroica. Después del excelente tándem que habían formado en El sexto sentido, Shyamalan y Bruce Willis volvieron a unir sus fuerzas para contar la historia de David Dunn, el triste guardia de seguridad cuya vida cambiaba radicalmente desde el momento en que se convertía en el único superviviente de un accidente de tren. De hecho, el hombre salía ileso, como si de un milagro se tratase, algo que acaparaba el interés de otro personaje, Elijah Price (Samuel L. Jackson), un hombre condenado a sufrir una existencia marcada por el dolor físico, ya que padecía una enfermedad degenerativa en los huesos que hacía que estos se rompiesen con la facilidad del cristal. Price, un apasionado de los cómics, estaba seguro de que Dunn era uno de esos superhéroes que poblaban las viñetas en las que se evadía de la realidad desde su más tierna infancia, que representaría todo lo opuesto a lo que es él, alguien con facultades sobrehumanas, fuerte e inquebrantable, destinado a salvar a los demás. Esta cinta llegó a las salas de cine el mismo año que la primera entrega de X-Men (Bryan Singer, 2000), una obra que sí ejemplifica todo aquello que es una aventura de superhéroes al uso y que sería de las que abrieron la veda para que este subgénero se convirtiese en lo que es hoy, una de las mayores fuentes de ingresos para las productoras. Por eso, El protegido tuvo poco de oportunismo, ya que surgió en una época en la que aún no teníamos Vengadores o Ligas de la Justicia que compitiesen por el monopolio, y, además, tocaba el tema desde un prisma muy diferente, más terrenal y minimalista, presentando a sus personajes como inadaptados de la sociedad que tratan de encontrar un sentido a sus grises vidas.

    No del todo comprendido en su momento, el filme fue ganándose, con los años, la categoría de título de culto, pero Shyamalan tardaría 16 años en subir el segundo peldaño en su trilogía. Múltiple (2016) fue posible gracias al inesperado éxito de una pequeña comedia de terror como La visita (2015), que había reconciliado al cineasta con crítica y público después de una serie de severos tropiezos. En aquella ocasión, el protagonista fue Kevin Wendell Crumb (un James McAvoy que se lució en un recital interpretativo de los que hacen historia), un joven que, tras sufrir abusos en su infancia, fue diagnosticado de trastorno de identidad disociativo, llegando a albergar en su interior hasta veintitrés personalidades diferentes que luchan por emerger, siendo la más peligrosa, la conocida como “La Bestia”. En esta entrega, más cercana al género de terror psicológico, el personaje de Kevin secuestraba a tres adolescentes, entre ellas Casey (Anya Taylor-Joy), una chica que también conoce lo que son los abusos en el núcleo familiar y que, de una extraña manera, se identifica con la atormentada mente de su verdugo, con el que comienza un peligroso juego mental en el que el objetivo sería salir con vida de su cautiverio. El desenlace de la película, además de ser fiel a esa tradición del realizador por entregar una vuelta de tuerca en el último momento, descubría su secreto mejor guardado, que no era otro que su condición de tardía secuela de El protegido, con la que enlazaba a través de un fugaz cameo de Dunn. El filme fue todo un triunfo, demostrando que Shyamalan volvía a estar en plena forma, así que no ha tenido que esperar demasiado tiempo para culminar su obra más ambiciosa con esta Glass (2019) que pone punto final a la trilogía. Teniendo en cuenta que El protegido y Múltiple son dos obras completamente distintas entre sí, sería un error asistir al visionado de la nueva entrega con cualquier tipo de expectativa preconcebida. Shyamalan es un creador en constante evolución, que se reinventa en cada nueva película y que esquiva caer en lo previsible. La clave en no salir decepcionado con Glass (e incluso acabar enamorado de ella) está en aparcar cualquier tipo de prejuicio a un lado, abrir la mente y dejarse embaucar por la maestría como prestidigitador de su director. Nos encontramos ante la culminación de una gran historia, dividida en tres películas y protagonizadas por tres personajes perfectamente dibujados, con sus luces y sombras, cuya cronología sigue a rajatabla las reglas de los cómics. Si en El protegido se nos presentó el origen de aquel superhéroe que le brindó a Willis una de las mejores interpretaciones de su carrera, Múltiple hizo lo propio con un supervillano a la altura, La Bestia.

    por José Martín León
    enero 20, 2019

    Crítica | Glass

    por José Martín León | enero 20, 2019

    La vigesimocuarta identidad de Kevin

    crítica ★★★★ de Múltiple (Split, M. Night Shyamalan, Estados Unidos, 2016).

    Para bien o para mal, está claro que el cineasta indio M. Night Shyamalan ha sido uno de los creadores que han dejado una impronta más fuerte en el cine fantástico de los últimos 20 años. Con guiones propios ha conseguido acercarse a todo tipo de subgéneros ofreciendo una voz única e intransferible, aportando unas dosis de espiritualidad y una extraña sensibilidad a sus historias, casi siempre protagonizadas por seres atormentados, inadaptados de la sociedad. Desde aquel pequeño Haley Joel Osment perseguido por apariciones de muertos –el menor de sus males, ya que sufría las humillaciones de sus compañeros de clase– en la indispensable El sexto sentido (1999) a esa anómala deconstrucción del superhéroe de toda la vida encarnada por Bruce Willis en El protegido (2000), pasando por la chica ciega (pero con el don de ver más allá que sus vecinos) de El bosque (2004), el director nos ha regalado una colección de personajes memorables, alejados de cualquier arquetipo y enfrentados a situaciones extraordinarias dentro de un entorno de lo más cotidiano. Casi perdió su personalidad en las dos películas más caras de su filmografía, Airbender, el último guerrero (2010) y After Earth (2013), vilipendiadas por crítica y público hasta extremos que rozan la animadversión. Hace un año, muchos fuimos los que quisimos ver en La visita (2015), aquella simpatiquísima relectura del cuento de Hansel y Gretel en clave de mockumentary, el primer atisbo de esperanza de que Shyamalan volvía a encontrar, poco a poco, el buen camino. El estreno de su última cinta, Múltiple (2016), por fortuna, viene a corroborar que sus seguidores podemos respirar tranquilos, ya que su recuperación artística y comercial –100 millones de dólares recaudados en todo el mundo en solo 10 días así lo confirman– es una feliz realidad.

    Una vez más, la gran baza de la nueva historia para no dormir del realizador reside en un personaje protagónico muy atractivo y complejo (tal vez el más complicado de su carrera), ese que representa Kevin Wendell, un tipo de apariencia normal y anodina que, sin embargo, alberga en el interior de su mente la friolera de 23 personalidades distintas que luchan por hacerse con el monopolio de su persona. Así, entre sus identidades están el tirano Dennis, la maternal Patricia e incluso un inseguro niño de nueve años llamado Hedwig. Este conflicto interno de Kevin le lleva a visitar con frecuencia a la Doctora Fletcher, una psiquiatra que vive implicada a la investigación del trastorno de identidad disociativo y que está fascinada por las posibilidades que le abre un enfermo de semejantes características. Al igual que en El sexto sentido, la estrecha relación entre paciente y psicólogo es llevada más allá de lo estrictamente profesional, estableciéndose unos lazos afectivos en los que la doctora vendría a sustituir, salvando las distancias, la figura de la madre ausente. Las escenas de terapia, con largas charlas entre ambos personajes en las que se intentan desgranar los misterios que encierra la mente de Kevin, así como las sucesivas apariciones de las variadas identidades, están rodadas, como es habitual en el director, con un intimismo y una sutileza dignas de sus mayores logros. James McAvoy es un espectáculo en sí mismo, haciendo absolutas virguerías interpretativas para dotar de profundidad a todas y cada una de sus 23 facetas, sin caer jamás en el ridículo. Toda una lección actoral del británico, que muestra un amplio abanico de estados de ánimo, miradas y registros de voz para elaborar uno de los monstruos cinematográficos más escalofriantes de los últimos años. Está de premio. Frente a él, la veterana Betty Buckley –recordada por los amantes del cine de terror por ser la comprensiva tutora de Sissy Spacek en Carrie (Brian De Palma, 1976)– entrega una réplica a la altura, desbordando sabiduría y humanidad en una creación de la que Shyamalan sabe sacar lo mejor gracias a unos expresivos primeros planos de la actriz.

    por José Martín León
    febrero 01, 2017

    Crítica | Múltiple

    por José Martín León | febrero 01, 2017

    La elección de Gretel

    crítica de La visita (The Visit, M. Night Shyamalan, 2015).

    Cuando M. Night Shyamalan aceptó el encargo de dirigir After Earth (2013), aquel caro (130 millones de dólares) capricho de ciencia ficción construido alrededor de la figura del hijo de Will Smith con la intención de convertirle en estrella de acción, pareció vender el escaso crédito que le quedaba a la industria. No se trató del primer proyecto de grandes proporciones en el que el realizador se embarcaba, ya que Airbender, el último guerrero (2010) había costado 150 millones, convirtiéndose en un sonado fiasco, sobre todo crítico, que acabó con sus aspiraciones de convertirse en saga. Tras estos títulos, poco o nada quedaba ya de su pasada maestría para construir atmósferas inquietantes en historias con gran componente espiritual y caracterizadas por unos finales sorprendentes en los que desvelaba cómo había jugado con el espectador durante toda la proyección. Las excelentes El sexto sentido (1999) y El protegido (2000) o, en menor medida, Señales (2002) y El bosque (2004), habían convertido el nombre de Shyamalan en toda una garantía para los aficionados del mejor cine fantástico que, a partir de La joven del agua (2006), se vio puesta en tela de juicio hasta el extremo de convertirle en uno de los directores más cuestionados en cada nuevo trabajo que estrena. Es por esto que el cineasta indio, escarmentado de grandes presupuestos, ha decidido rebelarse contra los grandes estudios y, en un acto de reinvención, se desmarca con La visita (2015), una pequeña producción de bajo presupuesto en la que invirtió 5 millones de dólares de su propio bolsillo.

    Con producción de Jason Blum, uno de los artífices de éxitos del nuevo cine de terror como Paranormal Activity o Insidious, La visita presenta la experiencia de dos hermanos adolescentes que son enviados por su madre a conocer a sus abuelos a una granja de Pensilvania. En un principio, las impresiones no pueden ser mejores, ya que se topan con una entrañable pareja de ancianos (ella aficionada a la repostería, él entregado a sus labores de la granja) con los que la convivencia se presenta previsiblemente plácida, pero, durante el transcurso de la semana programada, van descubriendo en ellos comportamientos cada vez más extraños que hacen que la imaginación de los chicos comience a volar, formulándose todo tipo de teorías conspiratorias. Lo primero que sorprende de la película es la decisión de Shyamalan de abandonar el habitual clasicismo de sus narraciones para apuntarse a una corriente tan en boga (y ya cansina) como es la del found footage, en la que todo lo que ocurre en la historia está recogido en las grabaciones realizadas por las cámaras de los dos hermanos, con la excusa de que están elaborando un documental sobre tan especial acontecimiento. Acostumbrados a los largos tiempos muertos y a la ausencia de auténtica acción de la mayor parte de títulos que nos han llegado de horror “de metraje encontrado”, La visita pronto destaca por su bienvenida apuesta por la diversión desde los primeros minutos. Resulta todo un hallazgo la construcción de sus personajes, empezando por esa pareja de esquinados e irónicos hermanos a los que con tanto desparpajo dan vida Olivia DeJonge y un Ed Oxenbould que, tras Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso (Miguel Arteta, 2014), se confirma como uno de los actores infantiles con mayor vis cómica de la actualidad. Becca es una fanática de la técnica cinematográfica, obsesionada con rodar una obra de arte, mientras que el aprendiz de rapero Tyler se dedica a estropearle todas las tomas con su verborrea incontrolada y sus continuas gamberradas. Luego están los geniales Deanna Dunagan —impagable su capacidad gestual, capaz de generar auténtico pavor con una simple mirada— y Peter McRobbie —más contenido pero no menos inquietante— construyendo dos de los personajes más surrealistas e imprevisibles surgidos de la fauna terrorífica de los últimos años: los abuelos.

    por José Martín León
    septiembre 12, 2015

    Crítica | La visita

    por José Martín León | septiembre 12, 2015
    Wayward Pines

    Nada es lo que parece

    crítica a Wayward Pines (2015).

    FOX | Miniserie de 10 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: Chad Hodge, basado en las novelas de Blake Crouch. Directores: Zal Batmanglij, Tim Hunter, M. Night Shyamalan, Nimród Antal, James Foley, Steve Shill, Charlotte Sieling, Jeff T. Thomas. Guionistas: Chad Hodge, Blake Crouch, Matt Duffer, Ross Duffer, Rob Fresco, Bill Hooper, Patrick Aison, Brett Conrad, Sang Kyu Kim, Steven Levenson. Reparto: Matt Dillon, Toby Jones, Melissa Leo, Shannyn Sossamon, Charlie Tahan, Carla Gugino, Reed Diamond, Hope Davis, Siobhan Fallon, Sarah Jeffrey, Chad Krowchuk, Tim Griffin, Terrence Howard, Juliette Lewis. Productora: Blinding Edge Pictures / De Line Pictures / Storyland / FX Productions. Fotografía: Jim Denault, Greggory Middleton, Amy Vincent. Música: Charlie Clouser.

    Twin Peaks (1990-1991) se ha convertido, para bien y para mal, en toda una referencia en el mundillo televisivo. Cualquier serie posterior que incluya pueblo o ciudad pequeña con misterio y/o la investigación sobre el asesinato de un/una joven tendrá que soportar injustas comparaciones. Pues bien, Wayward Pines no es Twin Peaks. Ni quiere serlo. La historia que Blake Crouch desarrolló en tres novelas (publicadas entre 2012 y 2014) y que Chad Hodge ha convertido en una miniserie de diez entregas parte de un enigmático lugar en medio de ninguna parte donde despierta un agente del FBI tras un accidente, pero pronto se convierte en otra cosa, y muta conforme las revelaciones se van produciendo. Hodge y sus guionistas –entre los que se encuentra el propio novelista– no pierden ni un segundo a la hora de extender las múltiples subtramas, presentar personajes y sobre todo jugar con las expectativas del espectador, que difícilmente podrá adivinar lo que va a acontecer entre el potente arranque con Ethan Burke y el cruel desenlace que tiene a Ben Burke como figura central. Wayward Pines es una miniserie que se puede llevar por delante, en cualquier momento, a los miembros más estelares del reparto, y que plantea con aciertos y errores unas reflexiones muy interesantes sobre las personas y sus roles sociales. La soberbia, el complejo de heroísmo, la condición innata de líderes o seguidores... todo está presente en una historia que empieza de manera espectacular, con una primera entrega dirigida por el caído en desgracia M. Night Shyamalan con su habitual buena mano para la creación de tensión y la puesta en escena.

    El misterio comienza cuando Burke despierta en el hospital de Wayward Pines, recordando los segundos antes de una colisión automovilística de camino a investigar la desaparición de dos compañeros del cuerpo, incluida su ex-amante, la agente Kate Hewson. El acartonado comportamiento de los habitantes de la ciudad y la negativa de las autoridades a darle una explicación decente o ayuda en su investigación hace que su instinto de agente se afile y comience a hacer preguntas incómodas. Paralelamente a sus pesquisas están las de su mujer e hijo adolescente, que parten en su propio viaje para tratar de recomponer una unidad familia rota, y en su búsqueda de información sabremos que no todo es lo que parece en este universo. Las respuestas que todos buscan vendrán poco a poco pero con frecuencia, y la audiencia no tiene sino la opción de aceptar el tumultuoso viaje que le espera, uno que no tiene miedo al ridículo pero que tampoco ofrece un momento de respiro. Mientras nos formulamos preguntas y hacemos conjeturas constantemente, las cuales van a ir cambiando conforme avance la historia, los estupendos títulos de crédito van cobrando más y más sentido y la verdad sale a relucir poco a poco. Hay que decir a favor de sus responsables que no nos engañan, que una vez dan respuestas, así se quedan éstas, y no hay marcha atrás. Es un apuesta arriesgada la que hacen, y que puede costarles parte del público, pero la asumen con todas sus consecuencias.

    por Anónimo
    agosto 01, 2015

    Crítica en serie | Wayward Pines

    por Anónimo | agosto 01, 2015
    After Earth

    EL CHISTE QUE NO LO ERA

    crítica de After Earth | M. Night Shyamalan, 2013

    Esto es una nave que sufre un accidente y… Corte… un corte de montaje, y justo después aparece Will Smith tendido en la hierba, pero no es Will Smith. O sí. La verdad (cuando escribes “la verdad”, ésta se convierte en una verdad a medias, como una mentira piadosa) es que tiene el rostro hepático, enfermizo, yo diría que no descansa plácidamente. No. Está más bien morado blancuzco. Y… Por dónde iba… La nave se entremezcla —golpe va, golpe viene, “¡daños críticos, señor!”— con una caravana de asteroides que pasaban por allí, o sea por el hiperespacio, como bólidos de carreras sin frenos. ¿La música? Fanfarria con toques new age. Todo muy grave. El simpático Will Smith aprieta la mandíbula al borde del llanto, un llanto que se acumula con violencia en su mirada. He de suponer que no cambia el gesto porque no le apetece: After Earth es su historia y el director del filme, que no es otro que el cuestionado M. Night Shyamalan, sometido (permanentemente) a ese último test que debe certificarle como realizador o como artificiero con tendencia al barroquismo formal y a la nadería dramática, se dedica a marcar los planos mientras fusiona estéticas retrofuturistas, en un mix distópico de Parque Jurásico, Los juegos del hambre, Avatar sin flores luminiscentes y en versión low-cost y algunas sobras del peor sci-fi, que describen de punta a cabo una historia informe, sin personalidad ni criterio. El joven Jaden Smith se postula, casi forzosamente, como estrella del circuito comercial más ramplón. Nadie posee (permítanme la licencia) ningún sexto sentido para adelantar acontecimientos, para contemplar a través de una ranura los triunfos o las decepciones de un actor imberbe, todavía por hacer. Aunque su dificultad a la hora de transmitir actitud, emociones, sentimientos, terror, energía, o dudas en su empeño por salvar obstáculos no sólo reales sino imperceptibles, que habitan más allá de cualquier lógica o referencia generacional, mucho antes de sus quince años, es manifiesta.

    por Anónimo
    junio 27, 2013

    Crítica | After Earth

    por Anónimo | junio 27, 2013

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