Boyhood interrupted
Crónica de la octava jornada de la 71ª edición de la Mostra de Venecia
Los largos y sentidos aplausos con los que se cerró la pasada jornada de la Mostra, que más parecieron premiar la ausencia de la presagiada tragedia que la verdadera calidad cinematográfica, no fueron más que un espejismo, una más que generosa respuesta de un público que daba un respiro a este vetusto festival en horas bajas que se resiente por su falta de atrevimiento. La octava jornada no ha hecho más que confirmar la necesaria llamada de atención a una organización un tanto acomodada, que no ha sabido hacer frente a las exigencias que un festival de estas características requiere. Presentaba el turco Kaan Müjdeci su ópera prima, Sivas, y la francesa Alix Delaporte su segundo filme, Le dernier coup de marteau. Dos películas que hubieran podido despertar la simpatía de la crítica si hubieran sido presentadas en otras condiciones pero que, al haberlo hecho en la recta final de un certamen con muy poco brillo, su proyección ha sido recibida con bastante hostilidad. Seguramente tengamos que esperar a que se calmen las aguas de los canales venecianos, y las cintas sean estrenadas comercialmente, para poder obtener la objetividad que estos neófitos directores merecen en su tratamiento de ese delicado proceso que supone la abrupta y anticipada pérdida de la juventud.