
Al término de la Segunda Guerra Mundial el cine norteamericano se inflamó de oscuridad. De manera especial el género negro, el cual si ya de por sí reflejaba lo más sórdido y siniestro del género humano, en ese segundo lustro de los años 40 vio cómo se apagaban definitivamente todas las luces que permitían la esperanza de vivir en un mundo mejor. En estas películas veremos desfilar soldados retornados de la guerra incapaces de encontrar su lugar en lo que antaño fuera su hogar, personajes sin entrañas capaces de todo por conseguir vivir lo más rápido y mejor posible, mujeres más malvadas que nunca, hampones sin escrúpulos, hombres desesperados que no ven ningún futuro posible y se lanzan en brazos de la delincuencia como único modo de vida… En fin, todo un plantel de películas protagonizadas por personajes que se movían en un contrastado juego de sombras y luces en blanco y negro que no era sino su forma de ver el mundo. Lo dicho: había llegado la hora de la oscuridad y la desesperanza. Los finales felices eran una imposición de las productoras. Pocos guionistas y directores se preocuparon por ocultar su carácter de impostura. Había caído la noche y sus sombras eran profundas.